Éditions Ruedo ibérico

Un comentario sobre Carrero Blanco


Leer libros fascistas y, más concretamente, los procedentes de la versión española del fascismo, no constituye una tarea agradable. La pobreza ideológica de que ya adolecía José Antonio Primo de Rivera se ha transmitido integra a sus sucesores; y en treinta años de franquismo la acción de gracias por la paz a sido la única ocurrencia original que haya venido a sumirse a las condenas gastadas desde 1940 sobre el liberalismo, el comunismo, la masonería, el ateismo, la democracia inorgánica y la lucha de clases. Con los años, el lenguaje vociferante ha dejado de ser cosa de todos los días, reservándose para las grandes ocasiones y los recuadros de la prensa falangista que sólo leen los adictos, como Arriba. Solitario en el Paraguay, Ernesto Giménez Caballero sigue delirando por su cuenta. Quizá por eso los estudios sobre la ideología son excepcionales dentro de la bibliografía acerca del régimen español, cuando a través de los mismos podría obtenerse una imagen bastante concreta del irracionalismo que preside su línea política. Intentaremos probarlo mediante unas notas de lectura tomadas de los libros del almirante Carrero Blanco, que, naturalmente, nunca se ha caracterizado ni por su finura mental ni por su capacidad constructiva en el terreno de la teoría política. Desde este ángulo, es un fascista más ; no obstante, el hecho es que el papel de Carrero Blanco en la situación española no debe desconocerse, y Carrero tiene publicadas el suficiente número de obras como para que sea posible una estimación válida de sus posiciones ideológicas. Este aspecto se ha ignorado hasta ahora en el momento de especular con su actitud política. Además, los escritos de Juan de la Cosa -seudónimo que utiliza- son una muestra insuperable del nivel mental y los métodos del régimen implantado en España desde 1939. No vamos a encontrar en ellos teoría política, pero sí los elementos más salientes del pensamiento “ ultra “ que determina la acción franquista en el orden político. Así que cuando el mismo Carrero dice, en España ante el mundo, con falsa modestia que su obra carece del más mínimo mérito intelectual acierta sin duda alguna: sólo es un elemento más de la situación política cuya sordidez y torpeza tan adecuadamente encarna.

Al explicar en 1968, ante los preparativos del primero de mayo que, frente a cualquier subversión, el régimen contaba con el pueblo y en su defecto, con el ejército, Carrero no hacía sino confirmar su confianza en la reacción a todo precio que defendiera tres meses antes en la entrevista que en Pueblo le hizo el inefable Emilio Romero : más vale perecer todos en una explossión atómica que convertirnos en una masa de esclavos sin Dios. Dicho con más corrección y menos tremendismo, mejor todos muertos que comunistas. El lector verá lo cerca que estamos de la represión de los años cuarenta, de la que el propia Carrero se convertiría en primer apologista desde las antenas de Radio Nacional.

De todos modos, puede pensarse que si Carrero ataca tan terminantemente la subversión, lo hará en defensa de algo y con unos supuestos mínimamente articulados. Es lo que él -o sus colaboradores pensantes- intentan hacer ver en un libro con el ilustrativo titulo de Las modernas torres de Babel (Madrid, 1956), donde se desarrollan y repiten las ideas de España ante el mundo, del año 1950.

En primer lugar, una visión histórica en la línea de un agustinismo degradado, común a casi todos los reaccionarios desde doscientos años a esta parte. La historia es pensada como la pugna sobre la tierra entre Dios y sus enemigos, encarnados primero (desde 1789 a 1848) por los demócratas y liberales y, desde entonces, por el socialismo. Es así como Donoso Cortés veía aparecer a Dios por un lado y al pueblo socialista por otro, y todavía hoy un catedrático de la Universidad de Santiago se atreve a escribir que cualquier revolución no expresa otra cosa que la rebelión del hombre contra Dios. Poco más o menos, esto es lo que cree Carrero :

“ El desprecio del hombre hacia el hombre: la explotación del hombre por el hombre y, en definitiva, la injusticia social, causa original de todos nuestros males pasados y presentes, es, por desgracia, tan vieja como el mundo, y pudiéramos decir que tiene su propio antecedente en el asesinato de Abel por su propio hermano. Los abusos de los caínes y las consecuentes rebeldías de los abeles, integran, a fin de cuentas, toda la historia universal. “

La falta de solidaridad entre los hombres les conduce a desoír los mandatos divinos y, por lo tanto, a caer una y otra vez en el error. Intentan resolver sus problemas dentro de un orden terreno secularizado, falto de la fe en que podría consistir la salvación : en resumidas cuentas, el hombre es malo, la sacralización de los problemas políticos resulta ineludible, y en la secularización de los dos últimos siglos hay que buscar las raíces de la situación presente, asimismo negativa. El nivel expositivo de Carrero recuerda al del clero rural ultraconservador por tanto tiempo mayoritario en nuestra Iglesia:

“ Ahora estamos constantemente barajando los conceptos de democracia, liberalismo, capitalismo, marxismo, comunismo, libertad, totalitarismo, etc., como si éstos fuesen causas del mal o sus remedios, cuando en realidad no son sino efectos de una sola causa madre : la falta de solidaridad entre los humanos, la injusticia social en el seno de las naciones y la injusticia social en el mundo internacional, y sus consiguientes reacciones surgidas de una manera natural, y si se quiere hasta lógica, pero con la tara congénita que tuvo la torre de Babel : la tara de prescindir de Dios cuando se trata de resolver los problemas de los hombres. “

Pronto veremos cómo, efectivamente, Dios y el Diablo andan implicados en todo hecho histórico, y sobre todo en la aparición providencial del orden franquista. No en vano la historia española es terreno abonado para semejantes intervenciones (“ el imperio español, que no fue fruto de conquista guerrera, sino donación providencial [...] “).

Sin embargo, existió en la historia ese momento ideal de acercamiento del hombre a Dios : la sociedad corporativa, artesanal, bajo la forma de gobierno de la monarquía tradicional.

Con el artesanado, se alcanza un orden social, jerarquizado, progresivo, sin conflictos fundamentales. El artesano es a un tiempo capitalista y obrero ; encuentra en los gremios “ un sindicato laboral perfecto “ y colabora a través de los parlamentos en el gobierno nacional. Por su parte, “ el campesino tiene una vida dura, pero no conoce otra “, bajo el dominio patriarcal de los señores. Será el maquinismo quien desencadena la injusticia y la explotación. Políticamente, este orden corporativo se integra en las “ monarquías tradicionales “, absolutas y de origen divino, donde el poder real se compensa con la acción de las cámaras estamentales [..]“.

“ Este binomio, rey y Cortes representativas, que caracteriza todo el periodo de la monarquía tradicional, es la forma de gobierno casi perfecta que preside en la mayoría de las naciones sus épocas de esplendor, de poder y de prestigio. “

No es difícil darse cuenta de la confusión que, para la mente de Carrero, existe entre Estado estamental y monarquía absoluta, y en consecuencia es que, para él, esa armonía entre rey y Cortes la encarna, entre otros ejemplos, la España de Felipe ll. El proceso es como sigue : “ Las monarquías patrimoniales del Bajo Medievo que, en su proceso de evolución, se convierten en las monarquías autoritarias del Renacimiento y, posteriormente, en las monarquías tradicionales del siglo XVI, acaban siendo, hacia 1640, monarquías absolutas. “ La monarquia absoluta era injusta pero, según piensa Carrero, los hombres se equivocaron buscando refugio, lejos de Dios, en el racionalismo. La descripción que hace de este último no deja de ser divertida :

“ Los filósofos racionalistas, inspirados sin duda por el Diablo e incurriendo en el propio pecado de Luzbel, la rebeldía ante Dios, son cegados por su propia soberbia al elaborar la doctrina de lo que se llamó la Ilustración o la Enciclopedia [..] una obra con la que se intenta hacer tabla rasa de toda la cultura anterior mediante una crítica, negativa, superficial y pedante. “

Ya tenemos al diablo firmemente asentado en la historia, pues no sólo provocará por medio del pueblo francés, “ borracho de vino y de euforia en los primeros días de la revolución “, las primeras conmociones revolucionarias, sino también las grandes ideologías surgidas a partir de entonces. Liberalismo-comunismo-masonería serían las piezas claves de la acción diabólica. En pocas palabras, Carrero nos explica su intuición :

“ El diablo ínspiró al hombre las torres de Babel del líberalismo y del socialismo ; con sus secuelas marxismo y comunismo en las formas en que ellas han tenido realidad, y para ello dispuso de un magnífico instrumento, que es esa tenebrosa organización, de orígenes un tanto misteriosos, que se llama la Masonería, personaje que, aunque entre bastidores, asume el papel principal de la tragedia, que es la vida del Mundo, por lo menos en los últimos dos siglos. “

Para, a renglón seguido, preguntarse :

“ ¿ Tiene su origen la Masonería en algo demoníaco que surgió en el seno de la Orden de los Templarios, allá en el siglo XIV, con ocasión de la ejecución del gran maestre Jacobo de Morlay ? ¿ nació como consecuencia de la lucha entablada en la Edad Media por las clases populares para librarse de la presión del feudalismo, o se debe su fundación a los judíos ? “

Así, la masonería resulta ser el poder infernal que ha servido de cauce a la perdición de la humanidad desde el siglo XVIII. Veamos qué intermediarios utilizó para tal obra.

El capitalismo acabó con la situación artesanal, instituyendo la explotación de la clase obrera y, por consiguiente, la injusticia social. Como reacción apareció el socialismo, ateo y provocador del desorden social, por un cauce que indudablemente hubo de inspirar el diablo, “ encarnación del mal sobre la tierra, que por inexcrutables designios de Dios actúa incansable con positivo poder para arrastrarnos hacia nuestra perdición “. El socialismo conduce a la revolución, destacando entre sus difusores Carlos Marx, “ ateo y rencoroso “, Luis Blanc y Proudhom [sic.] : por otro camino, surgía el anarquismo bajo la direcci ón de Bakuvin [sic.]. En el sentir de Carrero, El Capital no es más que un “ voluminoso galimatias “ y los escritos de Proudhom [sic.], blasfemo y “ filósofo de vía estrecha “, se encuentran “ vacíos de ideas pero cuajados de barbaridades “.

¿ Por qué los obreros se inclinan por el socialismo ? En parte, como respuesta a la opresión capitalista y en parte por el sueño de poder vivir en él sin trabajar a costa del amo tras la revolución. Carrero describe así este mecanismo:

“ Si éste [el obrero] no corresponde a la mejora social con toda su voluntad para el trabajo y con el aumento de su rendimiento, no se podrá nunca llegar al bienestar de las clases humildes. Una propaganda criminal ha hecho creer al obrero que puede tener más sin trabajar, y esto es un disparate que le conduce a la esclavitud marxista. “

La solución del problema, a escala individual, consiste en la fe ciega en la Bondad divina, y socialmente en un orden represivo, nacionalista y cristiano :

“ Contra la amenaza del siglo, que pone en peligro toda libertad efectiva y toda idea de Dios y de Patria, no hay otra fórmula que corregir el mal del que arranca el peligro presente, que es la injusticia social consentida por el liberalismo, fundiendo lo social con lo nacional bajo el imperio de lo espiritual, y resistir con la máxima intransigencia a todo intento de debilitación. “

Esta formidable síntesis de lo social, lo nacional, lo espiritual es el logro de la España de Franco. Por eso puede decir, en España ante el mundo, que en el mundo sólo existen el Comunismo, el Occidente -equivocaciones monstruosas, que encarnan el mal- y el Cristianismo -al bien-, reducido a España. Desde semejante maniqueismo, las cosas se ven claras :

“ Este es precisamente el problema español : España quiere implantar el bien y las fuerzas del mal, desatadas por el mundo, tratan de impedírselo. “

Incluso el Occidente odia a España, sin darse cuenta de que ésta, con su represión integral, ha encontrado la clave del enigma:

“ Todas las naciones peligran hoy de invasión comunista ; todas tienen dentro el caballo de Troya; todas, por desgracia, tienen en su seno la injusticia social. Nunca el peligro ha sido tan común para todas las naciones. ¿La Fórmula de salvación? Pues también igual para todos : orden interior, anticomunismo, labor social y solidaridad ante el enemigo común. “

Tal es el orden surgido de la “ Cruzada “, y quien no comulgue con él se convierte inmediatamente en aliado del mal y, si la disconformidad se traduce en actos, en objeto de la represión. En 1946, y refiriéndose a los miembros del gobierno Giral, Carrero profería las siguientes palabras :

“ Los que os vencimos, los que tenemos el mandato de nuestras víctimas, jamás, oidlo bien, jamás seremos vasallos de ningún extranjero, y tú y tu cuadrilla seguiréis corriendo por el mundo en vergonzosa súplica de ayudas, sumisos como perros sarnosos, entre el asco y el horror de las gentes honradas. “

Fiel a su postura, Carrero Blanco evocaba con idéntica brutalidad la guerra civil en diciembre de 1966, para mostrar la exigencia del voto afirmativo en el referéndum.

También por los años cuarenta, en otra alocución radiofónica, exponía su condena de toda amnistía política, y la fe absoluta en las virtudes de la represión a ultranza. Dice soñar Carrero que ha regresado el rey y se han implantado la amnistía de delitos políticos y la libertad de prensa. Vuelve la democracia y vuelven los exilados. Un antiguo alférez provisional representa la voz de la casta militar frente al posible compromiso :

“ Sí el 37, cuando me batí en Brunete como alférez provisional, le hubiera cogido a usted dentro del alcance de mi pistola, le hubiese volado la tapa de los sesos. “

Turbas de desarrapados queman iglesias bajo la guía de los masones. Aterrado, en este punto Carrero Blanco despierta :

“ Encendí la luz para desvanecerlo totalmente y mi vista se fijó en el crucifijo de mi mesilla de noche. Señor, imploré casi sin darme cuenta mientras rezaba, sálvanos. Líbranos, Dios mío, de los imbéciles, y haz que en todo momento seamos dignos de aquellos que por ti y por España cayeron. “

Carrero puede todavía hoy dormir tranquilo. La represión por él implorada prosigue su actuación, casi un cuarto de siglo después, y con él más cercano al puesto de mando.

En definitiva, lo que importa no es que en una sociedad existan personas cuyo pensamiento alcance el grado de anormalidad al que llega Carrero Blanco, sino el trágico peso del grupo social, cuyos modos de pensar interpreta, sobre la sociedad española determinada por la guerra civil.

Emilio Benítez (Antonio Elorza)

In Cuadernos de Ruedo ibérico nº 26/27, agosto-noviembre 1970