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Cuadernos de Ruedo ibérico a todos


En el número 41-42, Cuadernos de Ruedo ibérico comunicaba a sus lectores el fin de la primera etapa de su vida. Un año después podemos anunciar la reaparición de la revista, una nueva época de la misma, cuya justificación y cuyos objetivos vamos a exponer.

Se nos ha reprochado que no perseveráramos en la publicación de una revista que ocupaba un lugar destacado entre las publicaciones españolas de izquierda. Se nos ha acusado de haber hecho posible con el anuncio de nuestra desaparición la campaña de Ricardo de la Cierva («Liquidación por derribo», ABC, 1 de junio de 1974) que relacionaba este anuncio con la inutilidad de una revista como la nuestra fuera de las fronteras del Estado español, inutilidad que era consecuencia de la apertura de prensa dentro de sus fronteras. Toda gran mentira debe ser apuntalada con algún elemento de verdad. Y algo de verdad había en la base de aquella campaña. La que había en nuestro adiós de entonces : en la etapa que abría la desaparición de Carrero Blanco, continuar la publicación de Cuadernos de Ruedo ibérico aplicando el planteamiento que fue el suyo a lo largo de diez años era inadecuado.

A lo largo de nuestra primera serie, fuimos fracasando en nuestro intento de hacer de Cuadernos de Ruedo ibérico una tribuna libre en la que intervinieran los grupos o los individuos de la izquierda antifranquista, en la que se discutieran, partiendo de horizontes distintos, los problemas propios a esa izquierda. Este propósito tenía como corolario una indefinición política concreta. Fracasamos, pues nunca llegamos a ser otra cosa que una tribuna en sentido único. En nuestras páginas fueron publicados ensayos, cuya profundidad no excluía la dureza del ataque, que criticaban tal o cual aspecto de la línea política de este o aquel partido o las obras de ciertos autores, notoriamente clasificados en algún punto del abanico de la izquierda y que por ello iban a ejercer una influencia, que nuestros colaboradores calificaban de negativa, sobre las fuerzas sociales oprimidas. Los portadores de las líneas políticas criticadas y los autores de los libros puestos en causa dieron siempre la callada por respuesta.

Importan las razones de este silencio : falta de costumbre de los españoles -secuela franquista- en el ejercicio de la crítica y del diálogo; reminiscencias de estalinismo o sectarismo extendido entre los grupos de izquierda. Cuando alguno de éstos ha reaccionado desde las páginas de publicaciones propias contra los trabajos publicados en Cuadernos de Ruedo ibérico, lo hizo recurriendo a la agresión verbal. Pero la razón principal de nuestro fracaso como tribuna libre de la izquierda hay que verla en lo poco que sus grupos tenían que decir. Su discurso apenas daba para cubrir planfletariamente sus publicaciones periódicas. La pobreza teórica era entonces, y sigue siendo hoy, rasgo definidor de la izquierda española.

Si nuestra indefinición política e ideológica abría escasas perspectivas de ampliar el horizonte de colaboradores y el auditorio de la revista, era improcedente proseguir el camino emprendido; se imponía dar por terminada la etapa sin nada que la sustituyera o iniciar una nueva época inspirada en una línea política definida. La opción ha estado planteada durante un año. Muchas razones nos empujan hoy hacia la segunda posibilidad.

Estamos convencidos de que nuestra empresa tropezará con muchos obstáculos, pero también esperamos suscitar reacciones positivas. No somos un grupo cerrado y aceptamos trabajar con quienes se manifiesten de acuerdo en lo esencial con nosotros, y a polemizar con los que no lo estén.

Los resultados de las discusiones entre los miembros del equipo redactor de Cuadernos de Ruedo ibérico -antiguos unos, nuevos otros- no pueden ser formulados en un programa semejante al de los partidos políticos españoles, concreto en la forma y de contenido vago. Esquematizarlos en forma de manifiesto no nos ha parecido eficaz. Optamos por construir el primer número de la nueva época de manera que queden fijados en él los puntos esenciales de la trayectoria que nos hemos fijado. Las páginas de esta presentación se reducirán a exponer con cierto desarrollo los hechos que nos parecen justificarla y algunos de los objetivos que pretendemos alcanzar.

La sociedad española, como toda sociedad sometida en épocas recientes a las tensiones que crea un desarrollo capitalista incipiente, ofrece una realidad llena de contrastes. Si en algunas de sus zonas rurales perviven formas de producción y condiciones de vida próximas a las de los países subdesarrollados, también se plantean en ella, con más crudeza que en muchos países industrializados, los problemas derivados del crecimiento de enormes concentraciones urbanas o de la instalación incontrolada de industrias poluantes. Paralelos al desarrollo de las fuerzas productivas, han tenido lugar en la sociedad española cambios importantes que afectan desde las relaciones de producción hasta la ideología y las instituciones del régimen franquista, pasando por las modificaciones operadas en la composición del bloque sociopolítico dominante, cambios incorrecta e insuficientemente estudiados. La importancia de esas transformaciones no ha modificado los caracteres esenciales del marco estatal impuesto por el triunfo en la guerra civil de las fuerzas sociopolíticas contrarrevolucionarias.

Durante los treinta y cinco años de dictadura franquista, la mayor parte de las fuerzas políticas que han integrado la oposición antifranquista definieron sus posiciones en función de esa forma concreta de gobierno, dejando para otro momento, o relegando a segundo plano, el definirse respecto a otros aspectos más importantes del sistema capitalista dominante en España y de su Estado. En aquellas posiciones predomina lo accidental sobre lo esencial, el corto plazo sobre el largo plazo, el antifranquismo sobre el anticapitalismo.

Nos enfrentamos hoy con los resultados de esa política tan corta de miras y tan larga en años. La dictadura toca a su fin por la inminente desaparición física de quien la ejerce, sin que exista alternativa alguna de «izquierdas» (1) capaz de remplazarla.

Paradójicamente, cuando se extingue la vida de Franco y se acentúan las tensiones en la cumbre del Estado, cobra nuevas fuerzas la idea, extendida de antiguo entre la oposición antifranquista de izquierdas, de que es necesario pactar con las fuerzas políticas de derechas para eliminar la superestructura franquista. El ansia de ser admitidos en la legalidad posfranquista lleva a los representantes de partidos políticos y de fuerzas sociales que combatieron al franquismo a utilizar siglas, militantes y «representatividad» social en el desempeño del papel de comparsas de la «democratización» del Estado franquista que pretenden hoy llevar a cabo -por necesaria para sus intereses clasistas- sectores profundamente integrados social, económica, política e ideológicamente en el régimen franquista.

(A medida que se modifique la superestructura dictatorial que corona al Estado franquista -no como resultado de un proceso revolucionario sino por sus propios determinismos-, aun manteniéndose intacto su carácter autoritario, el antifranquismo dejará de ser privativo de las «izquierdas» para diluirse en un movimiento fácilmente manipulable por fuerzas políticas de la burguesía, de la Iglesia, del ejército, firmes puntales hasta hoy del régimen franquista y mañana -como hoy- del sistema capitalista bajo otro régimen político. Las «izquierdas» habrán perdido el arma política -el antifranquismo- a cuyo perfeccionamiento sacrificaron el desarrollo de otros instrumentos de lucha.)

En un editorial de Nuestra Bandera, el PCE subraya que «personalidades monárquicas habían conspirado de verdad, a su manera, contra Franco y que eran efectivamente antifranquistas ; que los managers de la nueva generación neocapitalista, cuando llegan a la conclusión de que les hacen falta libertades políticas, son más decididos y por su espíritu práctico son más fáciles de tratar que ciertas «vacas sagradas» cargadas de resabios anticomunistas...» Deducir como corolario de esos «hechos» que aquellos grupos han evolucionado hacia la izquierda es erróneo. El pensar que a la burguesía le «hacen falta libertades políticas» halla respaldo en el concepto ideológico de que la burguesía, en tanto que tal, tiene que ser liberal, y que sus representantes más dinámicos y clarividentes -calificados hoy con matiz elogioso de neocapitalistas- tienen que enfrentarse necesariamente a las fuerzas «tradicionales». Vuelven a salir a flote viejos planteamientos que consideran que la burguesía española es una burguesía débil que no ha realizado aún la revolución burguesa, que no ha sabido imponer la democracia formal que rige en otros países capitalistas, que no puede llevar a cabo ese proceso sin aliarse con la clase obrera. Se trata de olvidar -o de hacer olvidar- que el comportamiento político de la burguesía no tiene por qué ser democrático una vez que ha llegado a dominar el Estado. La historia da ejemplos de ello. La mera desaparición del dictador exige modificaciones en la cumbre del Estado franquista para que siga siendo instrumento del dominio del país por la clase capitalista. Los managers del neocapitalismo español no abandonan el Estado franquista como se abandona un barco que naufraga. Intentan llevarlo a carena para modificarlo con arreglo a sus necesidades en una nueva singladura.

Para alcanzar ese objetivo necesitan crearse una imagen que no esté empañada por el vaho de crímenes y de corrupción que envuelve al franquismo. La Iglesia encabezó ese proceso intentando liberarse de su pasado y renovar la ideología burguesa suscitando grupos demócratas cristianos y promoviendo la solución «centrista». En la cola de esa conga «democratizadora» van los grupos políticos que no pueden desprenderse, sin dejar de ser, de la herencia del 18 de julio, y que sólo pueden aceptar cambios de detalle. Por eso, la solución centrista pretende resolver el conflicto político en la forma menos dolorosa para esos grupos y más acorde con el interés de la burguesía de limitar al máximo las posibilidades de evolución democrática de la sociedad española. Es decir, introduciendo gradualmente modificaciones en la superestructura franquista. A esa voluntad corresponden los esfuerzos por propagar la ideología de que «todo» puede ser hecho en el cuadro de las Leyes fundamentales, sin necesidad de renunciar a la «legalidad» del 18 de julio, aunque ello imponga una «nueva» interpretación histórica de la guerra civil (2).

Otras fuerzas políticas de la clase dominante pretenden recuperar las reivindicaciones antifranquistas y democráticas de la oposición de izquierda. La degradación sistemática del vocabulario político facilita la consecución de este objetivo. Aquella recuperación, la utilización de un vocabulario vaciado de su contenido primigenio, y la alianza política transitoria con fuerzas tradicionalmente democráticas, disipará la mancha original franquista y las situará en posición de salvar el conglomerado sociopolítico del que forman parte. Las fuerzas políticas de la oposición clásica favorecen, en el plano político y en el plano ideológico, la realización de este proyecto.

Desmistificar estas posturas ideológicas es hoy urgente. Hacerlo exige profundizar en el análisis de las contradicciones que existen en el seno de la burguesía, incluso dentro del bloque político dominante, pero que no traducen aquella supuesta oposición entre «burguesía liberal» y «fuerzas tradicionales».

Basta leer las revistas españolas que se publican legalmente, incluso las más avanzadas, para percatarse de que todas ellas aceptan los esquemas ideológicos del sistema. Sólo las revistas de humor intentan «reventar» el lenguaje impuesto por éste. Las otras repiten que es necesario «modernizar» el país, reducen la guerra civil a la categoría de «trauma» que conviene cicatrizar.

La oposición de izquierda clásica tiene acceso a esos medios de información de masa -hoy muy influyentes-, a través de sus economistas, de sus sociólogos, incluso de sus líderes políticos, si no para exponer sus intenciones políticas inmediatas, sí para abordar problemas generales concretos. Las soluciones propuestas por ellos hay que considerarlas reflejo de la ideología subyacente en los programas de las fuerzas de oposición de izquierda clásica, ideología que promueve o permite la política de alianzas a que se entregan. Ejemplos. Las fuerzas de la oposición antifranquista clásica y sus publicistas afirman su vocación antiimperialista. Ninguna de ellas le ha dado contenido práctico a la hora de abordar los problemas más inmediatos en este plano. Su antiimperialismo se acantona en el provincialismo del que no lo sacan las proclamas sentimentales de solidaridad tanto más fáciles cuanto que el alejamiento de los hechos que las suscitan imposibilita su canalización práctica. Ante el aumento del precio del petróleo, su posición está en consonancia con la perspectiva burguesa, ajena a lo que sería reflejo de un planteamiento revolucionario, que exige ese primer intento exitoso de hacer pagar más a los países ricos por las materias primas que se extraen de los países pobres, contribuyendo con ello a la crisis del capitalismo. Frente al problema de Sahara, se lamenta la posibilidad del casi monopolio que el control de sus fosfatos puede dar a Marruecos, lamento cuyo transfondo es la defensa del mercado internacional concurrencial que empobrece a los países pobres y sobre el que se asienta el desarrollo capitalista. La balanza comercial española está gravada por las fuertes importaciones de piensos. Los economistas integrados en la oposición antifranquista entran en el juego de sugerir la sustitución de la producción de cereales y leguminosas de consumo humano por la de forrajes, es decir, mantienen la ideología del desarrollo capitalista al aceptar el modelo de dieta impuesto por él, modelo cuya aplicación hay que excluir en un mundo más igualitario: todos los habitantes de la tierra no pueden alimentarse a base de carne.

El relajamiento de la censura ha incorporado a publicistas de las fuerzas políticas de la oposición antifranquista de izquierda a la defensa ideológica de los fundamentos del sistema sociopolítico en que se asienta el Estado franquista. Más significativo es todavía el que importantes fuerzas políticas de izquierda utilicen en sus publicaciones clandestinas el lenguaje del enemigo, renunciando por tanto al análisis en profundidad y a la denuncia global del sistema. Nosotros estimamos que llamar a las cosas por su nombre es exigencia revolucionaria.

El golpe que supuso para el régimen franquista la ejecución de Carrero Blanco, lejos de disuadir a la oposición antifranquista clásica, reforzó su fiebre pactista. Esta fiebre se acentuó en el verano de 1974 con la enfermedad del dictador. Los dirigentes de las fuerzas de izquierda perdieron toda compostura en la búsqueda del pacto que les asegurara una situación de «poder» en la nueva escena política española, cuyo telón parecía ya alzarse. Las precarias posiciones de fuerza en que se basan sus propuestas de pacto obligan a la oposición antifranquista de izquierda a hacer continuas y exorbitantes concesiones de principio. Santiago Carrillo es un caso doblemente característico por su «representatividad» y por lo desmesurado de su celo pactista. En su declaración conjunta con Calvo Serer, afirma la necesidad de la desaparición del régimen franquista para mantener la continuidad del Estado (3).

Ciertos «socialdemócratas» han ido más lejos todavía por ese camino, al participar con grupos centroderechistas en la constitución -con el consentimiento de Arias Navarro- de una «Conferencia Democrática» que asegurara el paso al posfranquismo sin «traumas» para la «sociedad» española. Los grupos que se prestan a este juego asumen la máxima de que «el fin justifica los medios». ¿Pero qué fin puede justificar esos medios? ¿Qué fines permiten alcanzar esos medios?

Las fuerzas políticas de la oposición de izquierda hacen un flaco servicio a la democracia que propugnan -por formal que ésta sea en la imagen que de ella se hacen- al continuar definiéndose en función de un talismán : el antifranquismo. Pero el mantenimiento de esa postura es imprescindible para pactar con aquellos de cuya mano se cuenta entrar en el tablado del posfranquismo. No definirse en función de ese talismán implicaría la denuncia del juego de las fuerzas políticas que han sostenido al franquismo y con las cuales se pacta hoy, y luchar por el reconocimiento político real, sea o no legal, con una estrategia autónoma de la de esas fuerzas.

Sin embargo, una estrategia política autónoma acabaría con la escisión que hoy divide la acción contra el sistema social, el Estado y el régimen político en dos planos sin relación dialéctica : las maniobras políticas en la epidermis de la superestructura franquista; las luchas de masa -especialmente las obreras-, heroicas y sectorialmente eficaces, pero a las que aquellas maniobras impiden integrarse en un movimiento socio-político global.

Los conglomerados de fuerzas políticas que pueden ser agrupados bajo las expresiones oposición antifranquista clásica u oposición antifranquista de izquierda no tienen sentido unificador para quienes se quieran revolucionarios. Estos conglomerados antifranquistas tenderán a dispersarse con la próxima desaparición de la persona de Franco y solamente se justifican como medio de integración y reconocimiento formal en el Estado posfranquista.

En esta nueva etapa, Cuadernos de Ruedo ibérico quiere ir más allá del antifranquismo caduco y miope de aquellas fuerzas, analizando la sociedad capitalista y sus manifestaciones políticas e ideológicas en una perspectiva amplia y no dogmática, denunciando la miseria de la ideología dominante y su reflejo en las fuerzas políticas de la oposición antifranquista.

La fiebre pactista de la oposición antifranquista se estrella contra el problema de las nacionalidades. El escollo baliza los límites políticos de sus objetivos. El PCE ha mantenido en los últimos años una posición de principio abierta con respecto a la cuestión nacional (4). Pero en su primera excursión fuera del ghetto en que le confinaba el conjunto de la fuerzas políticas españolas, ha abandonado esa posición que al parecer sólo servía para andar por casa. El manifiesto fundacional de la Junta Democrática defiende la integridad del Estado unitario español. Las diferencias de matices no hacen esencialmente diferente el planteamiento de la Junta al adoptado por el PSOE en su último congreso. Las referencias al problema de las nacionalidades en programas de las fuerzas políticas de la oposición antifranquista clásica son cláusulas de estilo de fácil sacrificio en la partida aliancista que se juega.

La satisfacción de las reivindicaciones de los nacionalismos no puede ser considerada tarea de una supuesta revolución burguesa pendiente, ni se puede atribuir a priori carácter burgués o pequeño burgués a los movimientos nacionales, ni considerarlos simples reminiscencias arcaicas. El cariz revolucionario que el centralismo franquista suscitó en los nacionalismos otrora moderados, pone en entredicho el carácter burgués que -para no romper un esquema previo- se les atribuye corrientemente. Ni la democracia ni la solución de la cuestión nacional constituyen un fin en sí para la burguesía.

El instrumental al uso no facilita la interpretación satisfactoria de los nacionalismos. No se ha aplicado el método marxista al estudio de las nacionalidades en el marco del Estado español, ni se han actualizado los conceptos al respecto de los federalistas y de los anarquistas que, mucho menos respetuosos ante la majestad del Estado que los democristianos, socialdemócratas y comunistas, pudieron aceptar sin reservas y para siempre los derechos de las naciones sometidas a él.

Desentrañar el verdadero carácter de los nacionalismos actuales que se manifiestan con pujanza en el Estado español es esencial para las fuerzas revolucionarias y ésa será una de nuestras tareas.

La ruptura entre la antigua y la nueva etapa de Cuadernos de Ruedo ibérico la exige el reciente desplazamiento hacia la derecha de buena parte de los componentes de la oposición antifranquista. El trasiego actual de individuos de un grupo a otro pone en evidencia ese desplazamiento.

Nuestra trayectoria nos va a oponer necesariamente a las formaciones antifranquistas de izquierda con mayor violencia que en la etapa precedente. Los resultados de nuestros análisis se vuelven contra la política de las grandes formaciones de esa izquierda; impugnan la línea política que se han trazado y que hoy aparece con nitidez insultante. Serán considerados inoportunos, contraproducentes, provocadores. Esta ha sido ya la reacción suscitada por uno de nuestros trabajos, la larga introducción de Colectivo 36 -en el que se agrupa parte de nuestra redacción- a un libro (5) que desvela el papel desempeñado por la ACNP en la construcción del Estado franquista. Cuando muchos grupos de la oposición antifranquista clásica están pactando con sectores centristas animados por la jerarquía eclesiástica, es impertinencia de nuestra parte demostrar documentalmente la vanidad de la especulación fundada en el carácter progresivo de esos sectores.

Durante años, en medio de la euforia desarrollista, algunos de nosotros hemos insistido en la necesidad de fundar la acción política en el análisis del presente y del pasado inmediato de la sociedad española. La coyuntura económica y política estimula hoy a perseverar en nuestro empeño. La crisis energética, ecológica y alimenticia demuestra la inviabilidad del tipo actual de desarrollo económico en cuyas perspectivas se fundan las políticas tanto de las fuerzas -franquistas o antifranquistas- que representan a la clase dominante española, como de las que se proclaman socialistas. El momento exige análisis intransigentes que sirvan de base a una acción política a largo plazo.

Contribuir a la crítica de la sociedad actual y de las ideologías que la legitiman es inseparable del esfuerzo por definir una nueva sociedad. En nuestro caso, el interés por esa tarea se ve reforzado por la evidencia de la escasa aportación de la oposición antifranquista de izquierda en ese sentido, circunstancia que obedece a dos series de motivaciones.

Los grupos de la oposición antifranquista clásica, aquejados de histeria pactista -juntas, conferencias, mesas o asambleas democráticas- están incapacitados para el análisis de la sociedad española, como lo están para crear un modelo de nueva sociedad y una estrategia política que conduzca hacia ella. En su literatura, los hechos son silenciados, falseados, potenciados de acuerdo con las más inmediatas necesidades tácticas (6). La crítica del sistema social actual y la construcción del modelo revolucionario de sociedad que lo remplace exigen una labor libre de compromisos con fuerzas que dominan ese sistema y luchan por su conservación. La ausencia de un modelo de sociedad futura, considerado exigencia utópica y anarquizante, en nombre de un materialismo histórico empobrecido, hace posible asumir la escala de valores burguesa cuando así lo exige el momento táctico. En los programas de las fuerzas políticas de la oposición antifranquista clásica -y, más allá, en los textos no programáticos de sus publicaciones- no se percibe el eco de una crítica de las formas de relación humana que caracterizan a la sociedad burguesa : vida familiar y sexual. Entre los miembros de la oposición antifranquista clásica se admite el movimiento de liberación de la mujer -cuando se admite-, pero esa admisión no se traduce en afirmaciones programáticas concretas : constituye un adorno, que en este caso no es para ir por casa, pues en las familias de dirigentes y militantes de la oposición la división del trabajo adopta el modelo tradicional en la mayoría de los casos. La familia monogámica indisoluble es una institución con un pasado y un presente, pero con escaso futuro. No obstante, la alianza entre los «sectores progresistas» de la Iglesia -y las fuerzas políticas que éstos inspiran- y la oposición de izquierda clásica no sólo perpetúa la tradicional negligencia de ésta en lo que respecta a las luchas concretas por la transformación de las formas burguesas de relación humana (7), sino que hacen imposibles en el terreno estrictamente político las reivindicaciones de este tipo, hoy para no alarmar a las capas conservadoras de la sociedad española, mañana para no poner en peligro la alianza política. (Se impone recordar aquí el caso italiano, cuya sociedad global tiene, sin embargo, una escala de valores cualitativamente superior a la de la nuestra.) Las alianzas hoy selladas y las alianzas perseguidas dificultan la impugnación de la prohibición del divorcio, del tabú de la homosexualidad, de la hipocresía que rodea al problema del aborto, del doble standard de moralidad sexual masculino y femenino, plasmado en la legislación sobre el adulterio, de la represión de la sexualidad juvenil, la denuncia de la división de los niños españoles en hijos naturales (como si pudiera haber hijos artificiales) y legítimos. Esas alianzas excluyen la crítica de las políticas demográficas burguesas que vaya más allá de lo demagógico y que se traduzca en textos legales.

Otro factor, menos coyuntural y más importante, merma las posibilidades de contribución a aquellas tareas de las fuerzas políticas de la oposición antifranquista de izquierda. Unas porque toman sus instrumentos teóricos en el arsenal ideológico del capitalismo. Otras porque adoptan esquemas caducos o inadecuados. Unas y otras divulgan en su literatura posiciones doctrinales preestablecidas. Descartemos a las primeras para centrarnos en las segundas. Tras un siglo de luchas obreras y de transformaciones de la sociedad capitalista, movimientos que pretenden ser revolucionarios siguen aferrados a postulados teóricos e ideológicos establecidos en su mayor parte en el siglo XIX y comienzos del XX, sin que hayan sentido la necesidad de una revisión a fondo que ponga en claro el papel que han desempeñado y desempeñan en la transformación de la sociedad.

Esta revisión se revela cada día más necesaria para revitalizar el movimiento revolucionario. Los viejos esquemas han conducido a una serie de fracasos. Estos esquemas se revelan inoperantes para abrir el camino de la revolución en muchos países. Las esperanzas que inspiró a tantos hombres la Revolución de Octubre y la fuerza adquirida por el «bloque socialista» a raíz de la segunda guerra mundial, se vieron empañadas por las deformaciones autoritarias del Estado soviético y por su política exterior inconciliable con su pretendido internacionalismo revolucionario. Las experiencias revolucionarias medianamente exitosas que han tenido lugar en otros países con posterioridad a la Revolución de Octubre se situaron al margen del esquema ortodoxo impuesto por el movimiento comunista internacional. La revolución china, la yugoslava, la argelina, la cubana, son fenómenos que escaparon a las directrices del movimiento comunista internacional. Sólo a posteriori -tras la conquista y la conservación del poder- fueron aceptadas por éste para incorporarlas a su seno. La revolución española de 1936 no ha sido ni siquiera considerada por la ortodoxia comunista, que ha tratado de escamotear su proceso presentándolo como lucha de una república burguesa contra el fascismo.

La incapacidad para dirigir la lucha revolucionaria de los partidos y organizaciones que tradicionalmente han asumido la representación del proletariado se manifiesta en la proliferación de acciones espontáneas al margen de su iniciativa. La proliferación de grupos «marxistas», situados fuera de la ortodoxia, y de movimientos «apolíticos», que podrían ser considerados manifestaciones de la corriente antiautoritaria, en los que se agrupa una parte importante de la juventud que impugna el orden establecido, revela el escaso atractivo que para ella ofrecen los grupos de la oposición antifranquista convencional, el volumen alcanzado por los grupos e individuos dispuestos a la acción revolucionaria al margen de ellas.

La pujanza del movimiento estudiantil, el incipiente movimiento de liberación de la mujer, los movimientos de barrio que reivindican mejores condiciones de vida, los movimientos contra la instalación de industrias poluantes, contra la privatización o destrucción de la naturaleza el desarrollo y la revitalización de nuevos y antiguos nacionalismos, el recurso victorioso a formas de lucha condenadas por arcaicas o contrarrevolucionarias, prueban la insuficiencia de los planteamientos revolucionarios convencionales, basados en la interpretación economicista y canija de la lucha de clases, planteamientos que en ocasiones actúan como freno de la lucha, desembocando en posiciones similares a las de la burguesía.

La corrección de los «desviacionismos» en la aplicación de las viejas recetas no basta para dar nuevo impulso al proceso revolucionario. Es necesario que sea revelada la insuficiencia actual de los análisis en que esas recetas se fundan. Es necesario elaborar nuevos planteamientos teóricos de los que se desprendan líneas movilizadoras de actuación política. Es necesario crear bases organizativas que favorezcan la toma de conciencia previa al cambio revolucionario y que permitan integrar los problemas y las luchas sectoriales en una estrategia revolucionaria global que prefigure la nueva sociedad.

En esta nueva etapa que iniciamos hoy, nos esforzaremos en contribuir a la crítica de las bases teórico-ideológicas que han inspirado al movimiento obrero revolucionario para descubrir el carácter de las mismas; para ver en qué medida el mito sustituyó al análisis o los esquemas preconcebidos condicionaron los resultados de sus luchas; para hallar la explicación de los procesos degenerativos de las organizaciones revolucionarias, la relación entre las ideologías, las estrategias y las tácticas políticas asumidas por ellas y aquellos procesos.

La búsqueda de interpretaciones más ajustadas a la realidad o de formas organizativas y de líneas de acción política que canalicen de forma fructífera las aspiraciones de transformación de la vida, del orden social vigente, se verá facilitada por la tarea de desbroce que permita distinguir en el arsenal teórico-ideológico del movimiento revolucionario aquellos elementos que siguen siendo útiles de aquellos otros que no constituyen hoy, o no constituyeron nunca, más que un lastre para el mismo.

Pues clarificar los problemas generales que tiene planteados el movimiento revolucionario es primordial para abordar la problemática particular a que se enfrentan los revolucionarios en nuestro país.

Cuadernos de Ruedo ibérico

In Cuadernos de Ruedo ibérico nº 43-45, enero-junio 1975


1. Aunque uno de los ojetivos que nos planteamos sea la crítica del vocabulario político para intentar devolver a las palabras un significado exento de ambigüedad, en este texto tendremos que recurrir más de una vez al vocabulario confuso de la ambigua "izquierda" antifranquista.

2. Una política de silencio sobre la guerra civil, sobre la represión de la posguerra, aumenta las posibilidades de "liberalización" del régimen franquista. Olvidar la guerra civil en aras de una pretendida "reconciliación nacional" significa para las fuerzas revolucionarias aceptar el carácter fundamental del franquismo y la "legitimidad" de su Estado, dar de lado sus enseñanzas, sacrificar un arma de lucha ideológica importante.

3. "La continuidad del Estado exige hoy, por razones de dignidad y de responsabilidad nacionales, la no continuidad del régimen". (Declaración de la Junta Democrática de España.) Más claramente aún: "De una manera general, de lo que se trata hoy es de que el más amplio abanico de fuerzas políticas se ponga de acuerdo para remplazar a un poder que se hunde y para que esta sustitución se haga sin traumas inquietantes para unos y otros." (Mundo Obrero, 30 de octubre de 1974)

4. Dolores Ibárruri: España, Estado multinacional.

5. A. Sáez Alba, La "otra cosa nostra": La Asociación Católica Nacional de Propagandistas, Ruedo ibérico 1974, p. I a CXIII.

6. En este número se exponen numerosos ejemplos de manipulación de los hechos.

7. No están tan lejos -en tiempo político, se entiende- los obstáculos que sus colegas izquierdistas opusieron en 1936-1937 a Juan García Oliver en su ataque legislativo frontal contra la organización burguesa de la vida familiar y sexual de los españoles (ver El eco de los pasos, Ruedo ibérico 1978)