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  • De Seix Barral a Carlos Barral

    Historia de la edición y construcción de la memoria

    Aránzazu Sarría Buil
    Université de Bourgogne-Dijon

    En el panorama de la edición española durante el franquismo la presencia de la editorial Seix Barral marca un antes y un después en la medida en que la actividad desarrollada por su director, Carlos Barral, contribuyó a transformar el sector. En primer lugar, por su labor encaminada a abrir la edición española al ámbito internacional, lo que significaba poner fin al aislamiento que la había caracterizado durante más de una década. En segundo lugar, por el papel que desempeñó en la formación de una generación, al introducir una dimensión ética y una inquietud política que quedaba expresada en las decisiones de publicar obras y autores, y que más allá del ámbito estrictamente literario, conseguía impregnar a un lector cada vez más sensible a voces discordantes.

    El propósito de este trabajo es abordar brevemente las estrategias que la editorial Seix Barral desarrolló en torno a los años sesenta para incorporar esas tendencias novedosas, pero sobre todo valorar el cambio que provocó en las relaciones con el poder en la medida en que favoreció la llegada de nuevas prácticas entre editores, escritores y lectores, determinantes en la historia de la edición española. Si la preparación de colecciones (Biblioteca Breve), la convocatoria de premios (Prix International de Littérature) y la organización de encuentros (Formentor) representaron un momento álgido en la vida interna de Seix Barral, el dinamismo que esta política editorial introdujo en el ámbito cultural del país, sobre todo a través de las traducciones, coincidió con la gestación de una actitud crítica, eslabón necesario para todo proceso de transformación política y social.

    De ahí el interés que la vivencia de esta época suscitó en el propio Carlos Barral, pionero en convertir la vida del editor en objeto de la memoria y la escritura de la memoria en fuente, con las reservas que ésta impone, para la reconstrucción de la historia. Por ello, consideraremos sus Memorias (2001) no tanto desde la óptica del género literario sino como expresión del análisis de un profesional de la edición cultural, consciente de la labor desarrollada en unos años decisivos para la construcción de una memoria que no deja de oscilar entre la esfera individual y la esfera colectiva.

    Memorar la edición
    Ya en 1992, año cargado de referencias para los estudiosos de la España nacida de la Transición, el investigador Tzvetan Todorov proponía una reflexión sobre los riesgos del culto a la memoria y analizaba los abusos que éste podía provocar (1). Resultaba necesaria la labor encaminada a cuestionar el poder de una escena pública convertida en nuevo marco de debates que, alimentados por un elogio incondicional de la memoria, sobrepasaban las fronteras de la investigación histórica e interpelaban el presente. La condena del olvido que acarreaba la sobreabundancia de la memoria planteaba un nuevo problema y exigía estudiar las modalidades de intrusión en el pasado y los diferentes usos del mismo.

    Ese mismo año España estaba sumida en la vorágine del presente, con las miras puestas en la realización de unos actos llamados a convertirse en acontecimientos claves para la historia del país y la construcción de su imagen internacional. Haría falta llegar a la segunda mitad de la década de los noventa para asistir a un impulso social motivado por la necesidad y el deseo de retrotraerse en el tiempo con el fin de recuperar la memoria de aquéllos que habían formado parte de unos hechos del pasado reciente, la guerra civil, y que la historia oficial del franquismo había reducido a la categoría de vencidos, oponentes y enemigos. Apoyado por un sector de la sociedad civil, el objetivo era rescatar del olvido la memoria de las víctimas de una violencia ejercida desde el Estado a lo largo de un período de casi cuatro décadas, calificado por él mismo de guerra y de paz, que se quería cerrado y sobre cuyo cierre se habían asentado los fundamentos de la etapa democrática. Se trataba de una iniciativa de carácter colectivo que ha supuesto una búsqueda de la verdad a través de trayectorias individuales encerradas en el pasado, y que está siendo portadora de una multitud de memorias. El lugar que desde entonces está ocupando el recuerdo y el testimonio en torno a este pasado doloroso ha conseguido transformar el legítimo derecho de las víctimas en deber de recordar y de testimoniar, y al mismo tiempo ha extendido el interés que suscita la memoria a otros períodos más recientes de la historia en los que la experiencia individual sin estar necesariamente marcada por la condición de víctima sigue siendo considerada como fuente para la construcción de un pasado común.

    Así, en este contexto de ampliación de las fuentes de la historia y de protagonismo de la memoria individual el universo de la edición ha escrito una página propia ya que ha contribuido a generar una escritura nutrida por la trayectoria profesional y las vivencias de los editores. Puede resultar un fenómeno relativamente reciente dado que la publicación de las obras de Esther Tusquets, de Jorge Herralde o de Mario Muchnik se inscribe en la última década, lo que puede interpretarse como una expresión de la conciencia del editor de pertenecer a una época y, en interacción con su tiempo, de su capacidad de incidir en el transcurso de un proceso de transformación cultural (2). Sin embargo, el recurso a la memoria del editor no es nuevo ni queda circunscrito al interior de las fronteras o a las especificidades de la historia nacional. Por un lado, estos autores han contado con la obra de un pionero en el género, la del poeta y editor Carlos Barral cuyas memorias comienzan a ser publicadas en 1975, con Años de penitencia, primer volumen de la trilogía que será seguido de Años sin excusa que aparecerá en 1987, y Cuando las horas veloces en 1988 (3). “Fiel a una forma de contar basada en la espontaneidad de la memoria, al compromiso de respetar sus lagunas e imprecisiones” (4), la obra quiere ser un reflejo del curso natural del recuerdo, por lo que su principal virtud no se encuentra ni en el rigor cronológico ni en la exactitud de los detalles sino en la capacidad de rememorar el ambiente de una época a través de la expresión de su vida pública. Convertidos en testimonio de su tiempo, no hay duda de que sus escritos se han convertido en un clásico del memorialismo contemporáneo español.(5)

    Por otro lado, el fenómeno es compartido por otros países europeos en los que desde intereses distintos se han hecho eco de las biografías de editores cuya labor profesional sobrepasa el ámbito de la cultura para engarzarse en el de la política. Los casos francés e italiano son representativos de una recuperación difícil de etiquetar en un sólo género literario. Así, Gaston Gallimard (1881-1975), el editor parisino que más ha influido en la literatura francesa del siglo XX, ha sido objeto de una biografía por parte del escritor y periodista Pierre Assouline (6). La trayectoria política de Giangiacomo Feltrinelli (1926-1972), el representante más significativo de la izquierda de la edición internacional de los años sesenta es reconstruida por su hijo Carlo Felitrinelli que revela la correspondencia profesional y privada con autores como Pasternak, Lampedusa o García Márquez, así como documentos inéditos de su vinculación política con el Partido Comunista Italiano y sus incursiones en la guerrilla.(7)

    En ocasiones, estas publicaciones dedicadas a historiar la trayectoria de editores y editoriales van más allá de la reconstrucción de una memoria para hacer intrusiones en la creación literaria. Aunque de recorrido profesional distinto, probablemente el caso que más se aproxima al ejemplo de Carlos Barral por haber tomado él mismo la pluma y por el valor testimonial de la obra firmada es el del librero y editor francés François Maspero quien recurre a los artificios de la literatura para narrar una experiencia personal que hunde sus raíces en los horrores de la segunda guerra, quedando impregnados en una trayectoria marcada por la constante necesidad de resistir.(8) Diversas características parecen compartidas: la vocación literaria que opone realidad y ficción, el carácter subjetivo de la memoria que hace del pasado y del presente un tándem indisociable, la necesidad de rescatar una historia individual que alcanza su verdadera dimensión en el transcurso de una historia colectiva con la que se entabla una constante dialéctica, el marco histórico de la segunda mitad del siglo XX que exige el análisis de la labor cultural del mundo de la edición y su dimensión política, y los convierte en hombres profundamente marcados por su época, son puntos comunes que aproximan las obras personales de ambos editores.

    No obstante, además de esta capacidad de sus protagonistas de construir memorias, el universo de la edición cuenta con otra fuente de conocimiento, de máximo interés para los historiadores, en la medida en que permite rastrear las trayectorias profesionales al mismo tiempo que escapa del siempre temido carácter utilitarista de la memoria individual ejercida desde el presente. Se trata de la producción del editor: la lista de las propias obras publicadas, en ocasiones recogidas en catálogos, expresión de una reveladora conciencia del valor de la conservación. La información que éstos procuran resulta más fiable y pone de relieve las elecciones realizadas en un momento dado pero también las ausencias tan interesantes como significativas de los límites del editor. La elección de cada título y la puesta en marcha de cada colección suponen una apuesta por una concepción de la escritura y un deseo de transmitir el valor de la palabra, a través de la expresión creativa o de un discurso crítico, por lo que contribuyen a generar una cultura. La decisiones editoriales de Carlos Barral tuvieron una incidencia en el ambiente literario de la época en general y en la amplitud de horizontes del universo del lector, en particular, lo que pone de relieve su participación en el proceso de transformación cultural que se produjo en España a partir de mediados de los cincuenta.

    El período en el que han quedado enmarcadas sus elecciones se caracteriza primero, durante su estancia en la empresa familiar Seix Barral, por un contexto hostil a la libertad de expresión entre los años cincuenta y primeros setenta, contaminados por la práctica de la censura, previa o no pero siempre arbitraria (9); y después, en la editorial de su propio nombre, Barral Editores, por la acelerada transformación del valor del libro y de los cánones de la profesión, a partir de la segunda mitad de la década de los setenta. Los inicios de su acción entroncan con el proceso de deslegitimación cultural del franquismo mientras que el ocaso de su tarea editorial coincide con la creación de una cultura de Estado, que la transición hacia la democracia hizo imperativa (10). Por ello se puede afirmar que su actividad ha quedado inscrita en una etapa clave de la historia de la edición, que sin duda alguna contribuyó a modelar, de la misma manera que esa faceta de editor incidió de manera decisiva, y quizá consciente sólo con el paso del tiempo, en la construcción de su poliédrica identidad.

    Poder y política cultural en Carlos Barral: la dimensión ética del quehacer diario y la carga subversiva de lo extranjerizante

    Si ya es un lugar común considerar la cultura como un ámbito pionero en la resistencia y lucha entablada contra el franquismo, no es menos cierto el calado social que tuvo, desde los años sesenta y hasta la muerte del dictador, una extendida “conciencia subjetiva de mutilación cultural, de minoría de edad por decreto”, como la ha denominado José-Carlos Mainer (11). El carácter indisociable del binomio política/cultura queda reflejado en la trayectoria de Carlos Barral quien, desde su vivencia personal y desde su actividad como editor (1950-1977), se convierte en la expresión de un sentir ambivalente. Al mismo tiempo que experimenta la necesidad de escapar del corsé impuesto por las instancias culturales oficiales, confiesa la dificultad de afirmar una práctica política y asume un sentimiento compartido por miembros de su misma generación, esto es, una marcada incapacidad para la acción, consecuencia de la inhibición a la que un régimen con visos de perennidad les había acostumbrado. En su memoria, la concepción de la tarea de editor aparece vinculada a la conciencia del poder, y es narrada como si se tratase de una revelación que, no exenta de desarraigo histórico, le ofrecía el acceso a la madurez y, tarde o temprano, le abocaría inevitablemente a la política.

    “… de repente, me sentí en el punto de intersección de posibilidades, en una naciente posición social y profesional que los demás, algunos, admitían provisionalmente. Pensé mucho en ello aquella noche. [...] Descubrí, creo yo, en mi propio alrededor, los contornos de cinismo que hacen el poder, por pequeño que sea, real y ejercible. [...] Muchas otras gentes, críticos, cronistas e historiadores de la última hora, repartidores de becas, contertulios de oficio y literatos vivos en la etapa de la gloria civil [...] no habían pensado, y seguramente no tenían por qué, transformar ese poder en política y esa posibilidad se daban, en cambio, en mi vida y en mi trabajo cotidianos. Queda por saber por qué no se le había ocurrido antes a otro editor con ideas sobre la literatura y con intereses extraprofesionales en ella, pero seguramente el oficio no estaba entonces en eso y, además, contaban mucho en la gente un poco mayor que nosotros el acobardamiento histórico y las limitaciones ideológicas. La nuestra era probablemente, por ejemplo, la primera promoción literaria ni confesional ni anticlerical y exenta de fobias y fidelidades hereditarias de cualquier signo. Como ya dije, no éramos ni tan siquiera ya los hijos de la República.”(12)

    La discontinuidad cultural que había conllevado el ilegítimo golpe de Estado de 1936 quedaba plasmada en una opacidad social y saldada en la imposibilidad de recrear cualquier filiación con el modelo republicano. Aquella noche en la que a Carlos Barral le pareció evidente la pertenencia a una generación y el embrión de poder que la faceta de editor le podía procurar tuvo lugar en Colliure, en febrero de 1959. El homenaje a Antonio Machado que en el vigésimo aniversario de su muerte había reunido a escritores e intelectuales encabezados por el poeta José Agustín Goytisolo, se convertía así en el marco de una serie de cavilaciones que supondrían un punto de inflexión en la línea editorial de Seix Barral. Si desde 1950, año de entrada en la empresa familiar, el catálogo había dado suficientes muestras de la nueva orientación editorial, de una biblioteca escolar a otra literaria y humanista cuyo máximo exponente era la colección Biblioteca Breve creada en 1955, la década de los sesenta se iniciaba desde el deseo comedido de ejercer una resistencia intelectual. Aunque fuera planteado como un vano intento de paliar los efectos de la connivencia con el franquismo, el editor se resarcía de un sentimiento que había mermado la propia estima de toda una generación provocando el desprecio hacia el régimen y el desentendimiento, tildado de escandaloso en determinadas situaciones, de la realidad política nacional.

    “La aparente eternidad del franquismo no nos había adormecido, nos había puesto fuera de combate [...], condenándonos a una resistencia escéptica, limitada a la intermitente protesta sin muchos riesgos y a una generalizada demostración de repugnancia que impregnaba no sólo los discursos sobre temas políticos e históricos, sino toda clase de actitudes referidas a la vida colectiva y las opiniones y manifestaciones relativas al acontecer cotidiano en sus particulares más simples e intrascendentes. Porque el desprecio al Estado franquista, que nos humillaba, se contagiaba a la sociedad entera que lo soportaba y no sé sabía hasta qué punto lo sostenía mayoritariamente, contaminaba el inmediato alrededor y a nosotros mismos y aún más a las personas que detentaban una parcela, por diminuta que fuera, de poder [...]. Odiar, despreciar y manifestarlo dentro de los límites de seguridad de nuestros pequeños e inconfesados privilegios era una vía mediocre de exculpación, una representación constante de nuestra marginalidad, insuficiente, sin embargo, para eximirnos de la sensación de estar también pringados. [...] Más adelante, ya entrados los años sesenta, las detenciones, las repetidas setenta y dos horas en los calabozos de la policía, las mañanas en el Palacio de Justicia y los interrogatorios con amenazas vendrían a recalcar ese consuelo y en apoyo de la propia estima, pero no dejaban de ser muy poca cosa. Ser resistentes de tertulia, cachorros rebeldes, ahora ya adultos, de la paz fascista, intelectuales vigilados y con ficha policíaca, no era suficiente.”(13)

    Los primeros pasos del camino a seguir ya habían sido dados. La atracción por lo que acontecía más allá de las fronteras nacionales había supuesto un manifiesto interés por las vanguardias europeas y la colección Biblioteca Breve empezaba a hacerse eco de la literatura de posguerra de los países vecinos. Pero fueron los Encuentros Formentor los que constituyeron una encrucijada, término utilizado por el propio editor, que permitió el acceso de Seix Barral a la gran edición europea. El primer encuentro, que adoptó el nombre del hotel mallorquín sede del evento, tuvo lugar en mayo de 1959 y albergó las “Conversaciones Poéticas” y el “Primer Coloquio Internacional sobre Novela”. Las primeras, auspiciadas por Camilo José Cela, pretendían aportar una reflexión sobre el género, por lo que había conseguido reunir a los mejores representantes de la poesía española: integrantes de la Generación del 27 como Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso y Gerardo Diego; y escritores ya reconocidos como Dionisio Ridruejo, Gabriel Celaya, Blas de Otero, Carlos Bousoño, José Hierro, José Agustín Goytisolo y Jaime Gil de Biedma, entre otros. Además, el interés de la cita residía en la presencia extranjera de autores de diferentes nacionalidades como Yves Bonnefoy, Robert Graves, Alastair Reid o Anthony Kerrigan (14). Por su parte, el Coloquio en torno a la narrativa había reunido a los allegados de la editorial, esto es, a Víctor Seix, José María Valverde, Josep María Castellet, Juan Petit y Jaime Salinas; y a una serie de invitados entre los que recuerda a Mercedes Salisach, Juan Goytisolo, Jesús López Pacheco, y a Alain Robbe-Grillet, Italo Calvino, Henry Green y Monique Lange, entre los extranjeros. El encuentro fue la ocasión para proyectar la creación de un premio internacional y sentar las bases de un funcionamiento conjunto con los representantes de las grandes editoriales europeas, que entre 1961 y 1967 hicieron de Formentor “un signo literario, una cita de la literatura exigente y una marca de cohesión de la intransigencia editorial” (15).
    Para el régimen franquista el carácter subversivo de estos encuentros residía en primer lugar, en la presencia extranjera de editores como el italiano Giulio Einaudi, el francés Claude Gallimard, el alemán Heinrich Ledig-Rowohlt o el norteamericano Barney Rosset. Si el encuentro de 1961 significó la capacidad de Seix Barral de reunir a los representantes más prestigiosos del universo editorial europeo y americano, por su parte, el de 1962 marcó el límite que podía alcanzar la permisividad del régimen, provocando en Carlos Barral la toma de conciencia necesaria para protagonizar, gracias al apoyo de sus colegas europeos, la batalla frontal contra la censura y la represión intelectual que se avecinaba (16). En efecto, una vez superados los prejuicios que el conjunto de editores podían tener de colaborar con una “cultura del franquismo, ya que no franquista”, el lanzamiento de dos premios, el Prix Formentor y el Prix International de Littérature, significó el compromiso colectivo a publicar simultáneamente.(17) Consecuencia de lo anterior, el segundo peligro para el régimen procedía de la incorporación al catálogo de Seix Barral de traducciones. Desde los inicios del franquismo, la traducción había sido considerada como bestia negra de la política cultural oficial basada en la protección a ultranza de la literatura nacional, lo que había desencadenado una campaña contra lo que se consideraba un exceso de traducciones. La creación literaria había quedado así equiparada a cualquier otro tipo de producto susceptible de ser sometido a los criterios de prohibición impuestos por la política económica autárquica de la época por lo que parecía evidente la necesidad de frenar las importaciones literarias.(18) Si bien la introducción de autores extranjeros continuó realizándose a través de determinadas editoriales, la coyuntura de los sesenta impuso al régimen un nuevo reto de adaptación que pasaba por la utilización de armas más eficaces y sutiles que las desarrolladas en el marco de la Ley de 1938 cuyo principal pilar había sido la aplicación de la censura. El régimen adoptó una nueva estrategia cuando la Dirección General de Cultura Popular y Espectáculos creó el Boletín de Orientación Bibliográfica (1963-1976)* con el objetivo de informar sobre obras publicadas en España o fuera del país que pudieran tener un especial interés para la Patria. Se trataba de aportar una lectura sesgada de las obras elegidas, de carácter político, social, religioso, económico o literario, lo que ponía de relieve el interés del franquismo por mantener un control sobre toda producción procedente del exterior.

    Tras sufrir en carne propia los zarpazos de la censura (19), Formentor conoció las dificultades del exilio a partir de 1963. Corfú, Salzburgo, Valescure y Túnez fueron las ciudades que acogieron a la flor y nata de la edición internacional y que sirvieron de escenario a la entrega de premios. La apuesta por las literaturas “infrecuentes” exigía una política de traducciones que topaba inevitablemente con las arbitrarias y caprichosas directrices del Ministerio de Información y Turismo. (20) Sin embargo, a pesar de las dificultades y las exigencias de gestión, la aventura Formentor duró hasta 1967 año en el que comienza el principio de una etapa de crisis en el seno de Seix Barral que se zanjará con el abandono de Carlos Barral en 1969. Más allá de su actuación inmediata, su política editorial marcó una pauta que será respetada por los responsables literarios de la firma, el helenista Joan Ferraté, hermano del poeta Gabriel Ferrater, entre 1970 y 1973, y el poeta Pere Gimferrer, después (21). Si recurrimos a la consulta del catálogo para valorar con la perspectiva del tiempo las elecciones realizadas, podemos constatar que en los cinco primeros años de la colección Biblioteca Breve (1955-1961), antes de la llegada de Formentor, más de la mitad de publicaciones son traducciones, treinta de cincuenta y seis: del inglés, francés, alemán e italiano. Por su parte, entre 1962 y 1980, la colección Biblioteca Formentor incluye ciento dos referencias que dejando de lado las reediciones corresponden a ochenta y nueve títulos. Sesenta y tres de estos títulos, es decir, más de dos tercios del listado, son traducciones de las siguientes lenguas: dieciocho del ingles, de obras de autores británicos o norteamericanos como William Faulkner o John Updike; dieciocho del italiano, de escritores como Giorgio Bassani o Giovani Arpino; nueve del francés de autores como Le Clézio o Pierre Drieu La Rochelle, cinco del alemán como es el caso de la obra de Ernst Jünger, cinco del portugués como la obra de João Guimarães Rosa, tres del japonés, y una del checo, Milan Kundera, una del danés, una del sueco, una del finlandés y una del noruego.

    La brecha abierta por Formentor fue apuntalada por la dimensión comercial de los Premios y por la asistencia a las Ferias de Libro internacionales como la de Francfort. El reconocimiento como editor llegaba avalado por las relaciones mantenidas con Einaudi y Gallimard, y le introducían en esa especie de aristocracia, “de vedettes de la clerecia editorial”, en la que le tocaba representar el compadecido papel del editor español. Tarea incómoda y penosa a juicio de Barral en la medida en que a los consabidos obstáculos a la libertad de expresión había que añadir su percepción de una literatura nacional, reflejo del deterioro del país. (22) En los últimos años de la década de los sesenta se producen una serie de acontecimientos que transformaron las relaciones de poder y el funcionamiento interno de Seix Barral: la muerte de Juan Petit, la marcha de Jaime Salinas, la desaparición de Víctor Seix, figuras todas ellas en torno a las que se había creado un equilibrio que había favorecido la dimensión internacional de la editorial. 1969 marca la ruptura con la empresa familiar, y 1970 el inicio de un nuevo proyecto, la fundación de Barral Editores, pronto acompañada de dificultades financieras vinculadas a la gestión de la empresa que cesará la actividades en 1977. Se anunciaba una nueva época caracterizada por el declive de la edición artesanal, reverso del proceso de industralización del sector que conllevó la transformación del libro como objeto de consumo y producto de rentabilidad económica. El testimonio del editor es revelador de la profundidad de dicho cambio:

    “No sabría explicar cómo empezó ese fenómeno, ese proceso de descaro de la profesionalidad entre la gente de letras que se fue contagiando a los letraheridos. De pronto todas las conversaciones derivaban a asuntos relacionados con el éxito y el dinero. Sin ningún pudor por parte de sus practicantes y de los aspirantes, la literatura era una cuestión de mercado y se hablaba de ella en los términos que hasta entonces habían sido privativos de la infraliteratura y la escritura para el consumo. Por fin los escritores eran productores, pero en el peor sentido de la palabra (…) Los nuevos escritores aspiraban a triunfar y no a escribir, y la rotundidad de sus obras les importaba muy poco. Eran los más escribidores con vocación de comisionistas por prestación de nombre. Probablemente había nacido un atroz desequilibrio en la cotización de los derechos de autor, provocado por la selectiva eficiencia de los agentes literarios y por el mercadeo desenfrenado de los grandes premios editoriales. Todo el mundo sabía que esa teoría del oficio hacía prestigios efímeros y olvidos eternos, pero eso parecía importar muy poco. (…) Las ventanas del editor eran observatorio privilegiado de aquella tormenta de barro y calderilla. Pienso también que esa nueva consideración del oficio tiene que ver con el enmudecimiento temporal de muchos de los escritores de mi generación entre esos años y los del inicio de la llamada transición democrática..” (23)

    El enmudecimiento temporal se transformó en su caso en el tan ansiado compromiso político, que terminó imponiéndose a partir de 1977, año de su incorporación al PSOE. En 1982 Carlos Barral fue elegido senador en la provincia de Tarragona y en 1986 representante en el Parlamento Europeo. La tarea de editor encaminada a transformar el poder en política cultural daba paso a una nueva concepción que pasaba por tener el poder para ejercer la política.

    Su experiencia editorial pone de manifiesto tanto la evolución de las prácticas de intervención de la dictadura franquista como la capacidad del ámbito cultural de crear brechas susceptibles de destabilizar dicho régimen. En este sentido, la apertura hacia la edición internacional supuso un intento de paliar los efectos de la destructuración de la vida intelectual española y de la discontinuidad cultural que supuso la derrota republicana. Su vivencia personal constituye un paradigma, compartido por toda una generación, de las frustraciones experimentadas ante una libertad de expresión hipotecada y de la constante necesidad, más o menos explícita, de salir de las fronteras impuestas. Por último, su escritura de la memoria, referencia literaria ineludible y fuente complementaria para el trabajo del historiador, es el reflejo de una búsqueda permanente de la identidad que convierte el universo de la edición en piedra de toque de un complejo proceso de construcción personal.

    Publicado in ORSINI-SAILLET, C. (ed.), Mémoire(s). Représentations et transmission dans le monde hispanique (XXème-XXIèmesiècles), EUD, Dijon, 2008, pp.67-78.

    Notas

    1 Fue en el transcurso del congreso « Historia y memoria de los crímenes y genocidios nazis” organizado por la fundación Auschwitz y celebrado en Bruselas en noviembre de 1992 cuando Tzvetan Todorov presentó su primera versión de un texto que aparecería publicado en 1995, bajo el título Les abus de la mémoire, Arléa. Paris. La traducción al castellano tendría que esperar unos años más: Los abusos de la memoria, Paidós. Barcelona. 2000.

    2 Los títulos de las obras de estos editores convertidos en autores son: Jorge Herralde, Opiniones mohicanas, El Acantilado, Madrid. 2001; Mario Muchnik, Lo peor no son los autores 1966-1997, Taller de Mario Muchnik, Barcelona. 1999 y Esther Tusquets, Confesiones de una editora poco mentirosa, RqueR, Barcelona. 2005. Un interesante artículo comparativo que pretende adentrarse en los entresijos de la noción de edición cultural a través de las obras de estos editores en Javier Fresán, “Editar la vida”, TK n° 17, dic. 2005. Asociación Navarra de Bibliotecarios, Pamplona, pp. 43-58.

    3 La trilogía está recogida en Carlos Barral, Memorias, Península, Barcelona. 2001.

    4 Ibidem., p.298.

    5 En la tesis doctoral que María A. Semilla Durán dedica a Carlos Barral argumenta el carácter paradigmático de su obra, que queda expuesto en los siguientes cinco puntos: “por ser el primero en permitir la renovación del género e inaugurar una nueva etapa de la reflexión literaria retrospectiva sobre un pasado que acababa de tocar a su fin, en 1975, con la publicación del primer volumen; por ser un ejemplo prácticamente único en el panorama de la literatura española contemporánea, tanto en lo que concierne la obsesión autocéntrica [...] como en lo que concierne la multiplicidad de los caminos por los que aborda la práctica introspectiva: autobio-grafía, memorias, ficción, poesía, diarios; por su extensa dimensión pública, la de editor primero y senador después, que demues-tran un compromiso histórico asumido y la coherencia transcendente de su búsqueda de identidad; por el juego de imágenes de sí mismo que escenifica y en la que cada una representa la encarnación de una tensión constante de lo imaginario a partir de ciertas obsesiones fundadoras; por su ejemplaridad generacional y simbólica.” (la traducción es nuestra) María A. Semilla Durán, La littérature de signe autobiographique dans l’Espagne contemporaine: Carlos Barral ou les chemins de l’introspection, Thèse de Doctorat Études Romanes bajo la dirección del catedrático Guy Mercadier, Universidad de Provence Centre d’Aix,1994, Vol. I, pp. 9-10.

    6 Pierre Assouline, Gaston Gallimard, Un demi-siècle d’édition française, Seuil, Paris. 1984.

    7 Carlo Feltrinelli, Senior Service. Biografía de un editor, Tusquets Editores, Barcelona. 2001.

    8 François Maspero, Les abeilles & la guêpe, Seuil, Paris. 2002. Una reseña sobre esta obra en Pierre Assouline, “Les carnets”, Lire, noviembre 2002. Ya en su anterior novela Le Figuier, el editor recreaba el ambiente parisino de finales de los cincuenta y sesenta en torno a un taller de imprenta y evocaba el compromiso político que arrancaba con ocasión de la guerra de Argelia, Seuil, Paris. 1988 [ndlr] publicado por Anagrama con el título La higuera].

    9 El carácter arbitrario de la censura aplicada en vigencia de la Ley de Prensa de abril de 1938 queda puesto de manifiesto por Justino Sinova, La censura de Prensa durante el franquismo (1936-1951), Ed. Espasa Calpe, Madrid. 1989. Los efectos de la arbitrariedad bajo la Ley de marzo de 1966 en Georgina Cisquella, José Luis Erviti y José A. Sorolla, La represión cultural en el franquismo. Diez años de censura de libros durante la Ley de Prensa (1966-1976), Anagrama, Barcelona, 2002 (1977, primera edición), pp.47-53.

    10 Juan Pablo Fusi, Un siglo de España. La cultura, Marcial Pons. 1999, p.39. José-Carlos Mainer, « La cultura de la Transición o la Transición como cultura”, en Carme Molinero (ed.), La Transición, treinta años después. De la dictadura a la instauración y consolidación de la democracia, Península, Barcelona. 2006, pp.156-160.

    11 José-Carlos Mainer, op.cit., p. 156. La reflexión en torno a la precocidad del postfranquismo cultural en, José-Carlos Mainer y Santos Juliá, El aprendizaje de la libertad, 1973-1986, Alianza Editorial, Madrid. 2002, pp.85-91.

    12 Carlos Barral, Memorias, op.cit., p.430. Las relaciones del editor con dos de sus más íntimos colaboradores Juan Petit y Jaime Salinas muestran una cierta admiración hacia estos hombres cuya experiencia del exilio les convertía en víctimas -directa e indirecta respectivamente- de la interrupción del impulso creativo que supuso la guerra civil, y en representantes de una conciencia moral de la Historia, María A. Semilla Durán, Tesis citada, p. 198; pp.225-226.

    13 Carlos Barral, Memorias, op. cit, p.462. La calificación de escandaloso aparece formulada de la siguiente manera: “estábamos mucho más atentos a la actualidad internacional y a sus posibles interpretaciones que a los ocultos asuntos internos de los que nos informaba escuetamente la cotidiana lectura de Le Monde. Supimos mucho más y opinamos mucho –gracias a Les Temps Modernes- de la comedia de Suez o de la crisis de Hungría que de los primeros intentos de huelga general en Asturias. Lo que era bastante escandaloso.” p.460-461.

    14 Los otros participantes citados por Carlos Barral son Clementina Arderiu, José Luis Cano, Celso Emilio Ferreiro, Carles Riba, Jaime Salinas, Santos Torroella; el gallego Aquilino Iglesia Alvariño y los mallorquines Miquel Forteza, Blai Bonet y José María Llompart. Ibidem., p. 467.

    15 Ibidem., p.466.

    16 El Encuentro Formentor de 1962 tuvo lugar pocos días antes del Congreso Trienal de la Asociación Internacional de Editores de Barcelona, donde los efectos del control gubernamental y la complicidad de los funcionarios de la Unión Internacional de Editores provocaron la siguiente denuncia de Barral: “La censura era un negocio confidencial y en gran medida secreto que no perjudicaba a la mayoría de los industriales del libro, totalmente ajenos a los problemas de la cultura viva. Los grandes patronos sindicales y gremiales de la profesión no disimulaban su cólera en sus contactos y roces por fuerza de cortesía con nuestros corros de decididos conspiradores.[...] el congreso fue un forcejeo para hacer saltar las ponencias inocuas e introducir a toda costa el tema de la libertad de expresion”, Ibidem. p.502. Significativas fueron las dificultades de Jaime Salinas para obtener los permisos necesarios para la organización del encuentro en Mallorca, p. 497 y ss.

    17 “Un prejuicio que no sólo les afectaba a ellos como personas y como marcas editoriales asentadas sobre la garantía de la independencia de la cultura escrita, sino a sus colaboradores más relevantes e imprescindibles y a la totalidad de los medios de comunicación que, en cada uno de sus países, juzgaban de la honestidad y de la mixtificación en cuestiones de cultura.”, Ibidem. p.472-473.

    18 En 1943, el Instituto Nacional del Libro Español (INLE) había hecho la siguiente recomendación: “todo librero español tiene el deber indeclinable de exponer en sus escaparates de manera bien visible y preferente, aquellas obras nacionales cuyo fondo dogmático o de doctrina política, contribuya a la mayor difusión y a la más exaltada loa de las glorias o epopeyas patrias”. Citado en Xavier Moret, Tiempo de editores. Historia de la edición en España, 1939-1975, Ed. Destino, Barcelona. 2002, p.68. El periodista reproduce una serie de declaraciones que ilustran perfectamente la responsabilidad acordada a la traducción a la hora de valorar las dificultades de la desprestigiada literatura nacional de los cuarenta: en 1942, las de Miguel Herrero, jefe de la sección de Ordenación Bibliográfica del INLE, y de Patricio G. De Canales, secretario nacional de Propaganda; en 1944, artículos publicados en El Español, o declaraciones de escritores y editores a la Estafeta Literaria como las de Juan Antonio Zunzunegui o Luis de Caralt; en 1946, esta última publicación dedicó un número extraordinario al tema. Xavier Moret enumera una serie de editoriales catalanas como Janés, Caralt, Juventud, Éxito y La Nave, entre las consideradas responsables de la introducción de autores extranjeros.

    *[ndlr] véase el estudio de la misma autora sobre el BOBen
    http://www.ruedoiberico.org/regimen/estudiobob.php

    19 Carlos Barral recibió una propuesta de exilio forzoso por un período de cinco años de la parte de los representantes del propio Ministerio de Información y Turismo, el director general de Información, Vicente Rodríguez Casado y el Comisario General de Desarrollo, Laureano López Rodó, en sendas entrevistas. Carlos Barral, op. cit., pp. 504-509.

    20 “En caso de traducción, que era lo más frecuente, aunque se recomendaba la presentación del texto castellano, recomendación de difícil cumplimiento, por lo que representaba de azarosa inversión, se admitían ejemplares de la edición original, siempre que no estuviesen impresos en “lenguas infrecuentes”. Para traducir del danés o del sueco, y no digamos del ruso (…), era indispensable presentar traducciones francesas, inglesas o italianas (la elección de la traducción tenía consecuencias previsibles) con lo que el camino de la prioridad en la traducción exótica quedaba absolutamente vedado. Porque los criterios de cada censor eran absoluta y salvajemente personales, dictados por las manías y las frustraciones de cada uno. (…) …las lenguas latinas convocaban la intransigencia en cuestiones atenientes a la moral, las buenas costumbres y la ortodoxia religiosa; convocaban la hipocresía jesuítica, el cerrilismo clerical. Las germánicas suscitaban el dogmatismo político, como si el alemán hubiera sido aprendido en la División Azul, y el inglés en la escuela preparatoria para las oposiciones a la Armada y lo practicasen los concursantes rechazados, pero dotados de un gran espíritu patriótico y militar. Al contrario, las lenguas romances debían haber echado sus raíces en el seminario.” Ibidem., pp. 399-400.

    21 Sergio Vila-Sanjuán, Pasando página. Autores y editores en la España democrática, Ed. Destino, Barcelona. 2003, p.70.

    22 Carlos Barral, op.cit., 482; 484-485. Para el caso francés, Pierre Assouline data la introducción del marketing en la edición en 1953, así como la incipiente aparición del proceso de concentración, fenómeno que transformará el panorama editorial diez años más tarde. Pierre Assouline, op. cit., pp.469.

    23 Ibidem., p.666.

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    Un comentario para “De Seix Barral a Carlos Barral”

    1. [...] 100 AÑOS DE SEIX BARRAL Publicado el junio 22, 2011 por sargentomargaret En el aniversario de esta importante editorial, hoy perteneciente al Grupo Planeta, queremos recordar el trabajo de Aránzazu Sarría Buil titulado De Seix Barral a Carlos Barral, Historia de la edición y construcción de la memoria. Este documento se puede leer integro en la página web de Ruedo Ibérico. [...]

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