En torno a la construcción y recuperación del exilio retornado a través de la figura de Claudio Sánchez Albornoz

Aránzazu Sarría Buil, Université Michel de Montaigne-Bordeaux3
Et vraiment, oui ! c’est le pays natal, le sol de la Patrie;
Ce que tu cherches, cela est proche et vient déjà à ta rencontre.

Hölderlin
Con la prudencia que exige el pensar desde un enfoque individualista la densidad de la historia, consideramos que entre las trayectorias personales que se entretejen con los acontecimientos del siglo XX español, una de las más significativas es la de Claudio Sánchez Albornoz. Su existencia estuvo pautada por las condiciones históricas de su tiempo en las que fue inscribiendo su doble e indisociable recorrido político y científico.
Diputado azañista, ministro de Estado en el gobierno Martínez Barrio en 1933 y vicepresidente de las Cortes en 1936, embajador de España en Portugal, Jefe de Gobierno de la República española en el exilio entre 1962 y 1971, su tradición familiar le llevó a adentrarse en el ruedo político desempeñando importantes responsabilidades. En tanto que historiador medievalista, vocación a la que entregó los años de exilio, su prolífica obra y su actividad docente comienza en la Universidad de Barcelona en 1918 y continúa dos años después en la de Madrid de la que fue catedrático y rector, y donde inició su estudio sobre las instituciones sociales y políticas del reino de Asturias.
Fuera de España, prosigue su trabajo de investigación en la Universidad de Burdeos en la que ocupó una cátedra entre 1937 y 1940 hasta que, ya residiendo en tierras argentinas, es creada una cátedra de Historia de España en la Universidad de Buenos Aires en 1945, lo que le permitirá instalarse definitivamente en este país donde fundó un Instituto de Historia de España y una revista, Cuadernos de Historia de España, referencia en materia historiográfica especializada en estudios hispánicos medievales. La labor que le ocupó toda su vida estuvo orientada a la búsqueda de los fundamentos antropológicos del homo hispanicus, lo que le hizo protagonizar una interminable polémica con Américo Castro, contribuyendo a la formación de esa retórica de la ontología nacional que ha marcado nuestra historia contemporánea (1).
A su regreso a España las diferentes facetas de su existencia adquirieron pronto el valor de representaciones: la del responsable político, la del historiador/-científico, la del exiliado, la del intelectual polemista, la del retornado.
Nuestro interés reside en comprender las claves de la construcción histórica de la que fueron objeto tanto su figura como su trayectoria personal durante los primeros meses de la monarquía de Juan Carlos I, y analizar qué aspectos de su compleja identidad política –liberal, republicana, demócrata– fueron recuperados en el proceso de transición en el que quedó enmarcado su retorno tras cuarenta años de exilio en Argentina. Para ello vamos a interesarnos en cómo la prensa diaria de mayor tirada cubre la información relativa al regreso y estancia en España de esta personalidad histórica que tuvo lugar el 23 de abril de 1976 por una duración de setenta días, hasta la vuelta del historiador a Buenos Aires el 30 de junio del mismo año.
Los diarios elegidos por contar con los mayores índices de difusión en el período que nos ocupa y ser considerados representativos de importantes sectores de la opinión pública son el monárquico ABC, el barcelonés La Vanguardia Española, y en muy menor medida debido a la fecha de aparición, el recién nacido El País. Se trata de una etapa llamada a introducir cambios estructurales en el ámbito periodístico pues los medios de comunicación, cuya actuación ha sido valorada como un factor de estabilización política en la democracia, tuvieron que evolucionar en un panorama cambiante que exigía la adaptación tanto a las funciones que les eran atribuidas en el tránsito del denominado parlamento de papel hacia la creación de las nuevas instituciones democráticas representativas, como a las exigencias de un mercado en proceso de mutación, demandante de reconversiones tecnológicas y laborales, como muestra la significativa evolución de las tiradas de algunas cabeceras.
El diario monárquico conservador ABC, fundado en Madrid en 1905, y rotativo de referencia en los años sesenta bajo la dirección de Torcuato Luca de Tena durante los que consiguió aumentar su difusión a 210 000 ejemplares (1967), entra en 1975 en un período de crisis que se saldó con una reducción de su tirada a una tercera parte entre 1976 y 1979, siendo directores José Luis Cebrián primero y Guillermo Luca de Tena después.
Editado en Barcelona, el periódico La Vanguardia que había sido fundado en 1881 por el conde de Godó y rebautizado tras la guerra civil por imperativos del gobierno con el adjetivo « Española », fue convertido en sociedad anónima en 1961 y su ideología responde a los intereses de un catalanismo moderado y burgués que supo crearse un espacio en el contexto de cambio político de los setenta basado en el equilibrio entre democracia y nacionalismo. A partir de 1978, con la culminación de la primera fase de la transición, también experimenta un cierto declive resultante de la competencia creada por la aparición de nuevos rotativos (2).
Finalmente, el diario El País, perteneciente al grupo PRISA, constituye una de las novedades más significativas del mapa periodístico de la época. Teniendo como trasfondo una serie de maniobras que lo intentan situar en el espectro político del centroderecha, emerge el 4 de mayo de 1976 bajo la dirección de Juan Luis Cebrián para terminar ocupando a finales de la década el espacio de una izquierda moderada, progresista y europea, lo que le reportará un rápido e importante éxito entre los lectores.
Mediante el análisis comparativo de los artículos incluidos en estos tres periódicos intentaremos presentar los discursos que se articulan en torno a un acontecimiento, el del regreso de una figura del exilio, y que contribuyen a modelar una única lectura sobre el fenómeno del exilio mismo y el papel que va a desempeñar en los albores del proceso de transición hacia la democracia.
El exilio, «esa larga noche»
El proceso de transición política en España constituye el marco histórico en el que ha quedado inscrita una de las constantes de la condición de exiliado a la que no escapó el de la diáspora republicana de 1939, la del retorno. Las numerosas y crecientes aportaciones de la historiografía del exilio desde la última década del pasado siglo, han puesto de relieve la complejidad que encierra este fenómeno, la experiencia del ser exiliado, que concentra en la decisión del regreso o de la permanencia en el exilio una de las expresiones más claras de su carácter plural. El componente de individualidad propio de esta encrucijada no sólo viene a superponerse a lo que había sido el acontecimiento fundador de una tragedia colectiva, la salida forzosa de España, sino que crea un espacio de incertidumbres y escenarios imaginarios en torno a la vuelta, inherente a la vivencia del tiempo del exilio en primera persona.
La muerte de Franco en noviembre de 1975 pone fin a un tiempo de espera y de resistencia, el que conllevaba el cumplimiento de una promesa que para muchos exiliados había condicionado su existencia en el país de acogida. La posibilidad de volver a pisar el suelo español reaviva el recuerdo del momento de la salida forzada del país al tiempo que remueve los fundamentos sobre los que fue construida la condición de exiliado a lo largo de trayectorias pautadas por el peso del pasado y la inapelable distancia de la que se nutre el desarraigo.
Si, cumplida la promesa, el camino del regreso se hacía factible, también esta posibilidad se convertía en fuente de nuevas angustias en la medida en que exigía un cuestionamiento de la situación política de España y del régimen instaurado tras la muerte del dictador como parámetro del que la valoración del exilio era tributaria. Asimismo permanecía vigente la condición reconocida jurídicamente en la figura del refugiado político que continuaba preservando su sentido en la prolongación de la lucha por la República.
Las claves para comprender la dificultad de poner fin a la vivencia del exilio se encuentran en la experiencia del retorno en la que el factor tiempo se entremezcla con un distanciamiento físico, geográfico, y con una conciencia política, lo que fue modelando cada uno de esos actos individuales que constituyen la realidad plural que caracteriza el regreso de los exiliados.
El retorno de Claudio Sánchez Albornoz el 23 de abril de 1976 constituye uno de los hitos del proceso de transición que ha quedado cristalizado en una imagen, la de su llegada al aeropuerto de Barajas de Madrid bajo un benevolente cielo azul, en unas declaraciones en favor de la paz y la reconciliación entre los españoles, y en un encuentro con el rey Juan Carlos I que tuvo lugar en el palacio de la Zarzuela el 30 de junio del mismo año, la víspera de emprender el regreso a Buenos Aires. « Esa larga noche » (3) fue la expresión utilizada por el eminente historiador para calificar, una vez realizado el viaje de retorno, la experiencia del exilio a la que ponía fin con la acogida y el reconocimiento otorgado por las instituciones españolas tras una ausencia que databa de 1937. Una experiencia dura y preñada de esperanzas y de desilusiones en el transcurso de la cual sobrevivir a Franco y volver entonces a España se convertiría en una especie de apuesta personal, según relata Reyna Pastor, una de sus más prestigiosas discípulas argentinas (4). Sin duda, esta valoración adolece de un fuerte componente subjetivo puesto que responde a una vivencia única tanto más intransferible cuanto que pensada, soñada, esperada, « todos los días de los cuarenta años que llevo en el exilio », como dejan entender estas palabras pronunciadas unos días antes de la fecha prevista para su regreso: « Cuando me enteré de la muerte de Franco, supuse que volvería pronto. Si por mí hubiera sido, hubiera partido en ese momento para España. Tengo tantas ganas de volver » (5).
No obstante, el valor intelectual, social y político que adquiere este retorno cubierto por los medios de comunicación, le concede una dimensión que va más allá del estricto acto individual. La labor desarrollada durante décadas en el terreno de la investigación histórica, la responsabilidad de los diferentes cargos asumidos al servicio de la República y el talante personal de quien había asociado el exilio a la espera del regreso embebieron su retorno de un carácter simbólico y ejemplar que incidió en la conformación de una serie de principios sobre los que fue asentándose la sociedad del momento en ese recién iniciado camino hacia la democracia: la necesidad de preservar la paz, interiorizar la reconciliación y cerrar una etapa de la historia de España poniendo punto final a un conflicto fratricida. Recientes estudios profundizan en la complejidad de esa identidad del exilio al analizar la existencia de una continuidad cultural y la permanencia de contactos entre la intelectualidad vencida y fragmentada del exilio y la del interior (6); al acordar un carácter excluyente a la historia de la literatura a pesar de las estrategias de recuperación del régimen (7); o al explicar la presencia obsesiva de la idea del retorno entre los republicanos españoles (8). Identidad que es redefinida a medida que evoluciona el régimen franquista para quedar cristalizada en el proceso de transición durante el cual la condición del exilio retornado, reducida a un valor testimonial e inerme, ya encerraba en sí misma la garantía de una inocuidad política.
A la espera del retorno o cuando el historiador a natura se impone al homo politicus
En 1975, a los 82 años de edad, Claudio Sánchez Albornoz publica en la editorial barcelonesa Planeta Mi testamento histórico-político, ensayo cuyo título refleja ese espacio de confluencia que el contacto entre historia y política puede crear a lo largo de una vida, y que adquirió tintes de zona de fricción en la experiencia del exiliado abulense. Desde las primeras páginas el autor siente la necesidad de justificar la utilización del término político en ese calificativo compuesto dado que será la condición de historiador la que constituya la piedra angular de su disposición testamentaria. A la par de un cierto oportunismo editorial, parece inevitable que en el horizonte de incertidumbre hacia el que dejaba apuntar un régimen abocado al fin biológico de su dictador, el lector acudiera a ese libro atraído por la dimensión política de las reflexiones de quien había desempeñado durante casi una década las máximas funciones del gobierno republicano en el exilio.
Sin embargo, ese ámbito de la política, al que Sánchez Albornoz confiesa haberse visto empujado de manera accidental y que había sido objeto en el pasado de una consagración tildada de fugaz, queda reducido con la perspectiva que le concede el tiempo a un interés por la vida pública que aparece exento de toda actuación y deslindado del terreno de la acción, como no deja de precisar:
“He sido y no he sido un homo politicus. Lo he sido y lo soy en cuanto he estado siempre atento a la vida pública de mi patria y aun del mundo; no en cuanto active participante en las encrucijadas de la actividad peculiar que solemos llamar política en el estricto sentido del vocablo. Ni siquiera lo fui cuando intervine durante un quinquenio en las andanzas de la República, ni lo he sido después en el destierro, aunque temporalmente haya tenido la responsabilidad de la dirección del exilio” (9).
Convencido de haber ejercido una actividad política de manera pasajera, explica su adhesión a partir de 1931 a Acción Republicana (AR), el partido de Manuel Azaña desde el que desempeñó cargos durante la Segunda República, por su oposición a las dictaduras de Primo de Rivera y de Berenguer, así como la aceptación de la presidencia del gobierno republicano en 1962 por la crisis institucional que se abrió tras la repentina muerte de Diego Martínez Barrio, quien había desempeñado la función de presidente interino de la República desde 1945, en su condición de presidente de las Cortes republicanas reunidas en México. En efecto, la aplicación de la legalidad constitucional hizo que el cargo vacante recayera en Luis Jiménez de Asúa quien pidió a Claudio Sánchez Albornoz, entonces en París impartiendo un curso en la Sorbona, que formara gobierno. Las claves de la aceptación de esta responsabilidad se encuentran en su convicción del cometido histórico de la República, en la confianza depositada en el talante de moderación de Luis Jiménez de Asúa y, acorde con su férreo antimarxismo, en la necesidad de bloquear el paso a la dirigente comunista Dolores Ibárruri, que desempeñaba la cuarta vicepresidencia de las Cortes estando la segunda y la tercera vacantes.
Por ello en su trayectoria política es necesario distinguir la intensa etapa de hombre público que se extendió a lo largo de la década de los 30 y en la que fue diputado de Avila durante las tres legislaturas republicanas, vicepresidente de las Cortes, ministro de Asuntos Exteriores y embajador de España en Lisboa, de los años en los que asumió la jefatura del Gobierno de la República en el exilio, ya desengañado de la política y consciente de que la tarea que iba a compartir con Jiménez de Asúa se limitaría a « mantener enhiesta la bandera de la República sin ninguna esperanza de lograr la restauración de ésta y, naturalmente, sin dos reales » (10).
El tiempo en el que asumió esta última responsabilidad política fueron años en los que primó la palabra sobre la acción. Entre el primer discurso pronunciado el 15 de marzo de 1962 y la presentación de su dimisión el 26 de febrero de 1971, la presidencia de Claudio Sánchez Albornoz postuló la reconciliación de los españoles en quienes se depositaba la confianza para alcanzar un régimen de paz y libertad que aparecía, en cada llamamiento, indisociable a la instauración de la República. Se trata de un discurso que se fue construyendo en las diferentes declaraciones y mensajes dirigidos al pueblo español al hilo de los principales acontecimientos que solicitaban la atención nacional e internacional: en el apoyo al texto de resolución presentado por Salvador de Madariaga al IV Congreso del Movimiento Europeo celebrado en Munich en junio de 1962 en el que se dieron cita algunos de los sectores de la oposición antifranquista; en la defensa de los movimientos de protesta de mediados de los sesenta, sobre todo de profesores y estudiantes universitarios tras la movilización de 1965 que se había saldado con la expulsión de sus cátedras de los profesores Tierno Galván, López Aranguren, Montero y García Calvo; y en las declaraciones del 25 de enero de 1969 en contra de la restauración de la monarquía, por considerarla un error histórico. En definitiva, eran ocasiones para manifestar la solidaridad con los grupos de oposición del interior y confirmar el rechazo desde las instituciones republicanas a la política franquista que se estaba articulando en torno a la Ley Orgánica del Estado de 1966.
En última instancia la respuesta desde el exilio a estos acontecimientos significaba un nuevo intento de afirmación de la soberanía del pueblo español y de llamamiento en favor de una tercera República que se quería liberal, democrática y social, pero que se sentía inalcanzable. Con el paso de los años, la capacidad performativa de este discurso cohabitó con una falta de eficacia de la práctica política como atestiguan los mermos resultados de unas acciones encaminadas a permitir el funcionamiento de las instituciones republicanas en el exilio, por un lado, y a conseguir la unidad del republicanismo, por otro, puesto que ambos objetivos se saldaron con un doble fracaso. En cuanto al primero, por los intentos fallidos de reunir el parlamento en el exilio cuyo último pleno databa de 1945; y en lo que respecta al segundo, por la incapacidad de superar el litigio que enfrentaba a Acción Republicana Democrática Española (ARDE), partido creado en 1959 que se consideraba como el continuador del republicanismo liberal en el destierro, con el grupo Izquierda Republicana (IR), cuyos miembros se encontraban en el origen de la creación del Ateneo Republicano Español en México en 1963, instrumento de acción política de los republicanos en la emigración.
Tras el fallecimiento del presidente Jiménez Asúa, Sánchez Albornoz renunció a su cargo y la formación de un nuevo gabinete gubernamental fue encomendada a Fernando Valera Aparicio por José Maldonado, quien asumía entonces la presidencia de las Cortes y de la República, inscribiendo su labor en la línea de la continuidad, esto es, en el mantenimiento desde el exilio de la legitimidad institucional republicana (11).
Los límites de la actividad política realizada durante esta etapa explican tanto la ausencia de un análisis detallado de la misma en su Testamento histórico-político como que, a lo largo de este ensayo, sean numerosos los fragmentos en los que la balanza se inclina hacia la investigación histórica. Ésta es entendida como vocación que el acérrimo catolicismo de Sánchez Albornoz atribuye a la Providencia y como marco en el que queda inserta y al que es supeditada la labor política, cuya dedicación es valorada en términos de entrega y de servicio a España. Desde una visión impregnada de catolicismo, la vida pública es asimilada a una tentación mientras la profesión de historiador simboliza el buen camino que pauta, ritma y orienta lo que en sus propias palabras iba a ser la ruta de su vida en la que incluso el exilio, fuente de aislamiento, es aceptado en tanto que suerte de desdicha puesta al servicio del estudio histórico.
“La senda que del cultivo erudito de la Historia, por encendido amor a España, por férvido deseo de aliviar sus dolores y de sacarla de su atraso, iba al cabo a llevar al historiador a natura que yo era a intervenir en la vida política. La Providencia […] quiso, empero, apartarme de la peligrosa senda de la vida pública que sin duda hubiese frustrado a la larga mi generosa entrega a la Historia. Y para lograrlo, si primero puso en mi cuna mi doble vocación historiográfica, después me apartó drásticamente […] de mi entrega a la vida pública hacia cuya integral consagración quizá habría a la postre sucumbido. Me apartó llevándome al exilio, prolongado éste casi cuatro décadas y facilitándome en medio de amarguras y dolores –tributo que requería de mi parte su ayuda generosa– recursos y situaciones que me han permitido consagrarme integralmente al estudio y a la investigación de la historia de España y a meditar sobre su enigma histórico, cara al enderezamiento de las rutas hispanas. Con lo que a la postre colaboraba, de singular manera, eso sí, a la vida política española” (12).
Esta contribución a la comprensión de España y de los españoles por la vía de la investigación histórica es la que va a prevalecer en la prensa de la época a la hora de explicar las claves de su regreso a la tierra. La tercera parte de su ensayo introducida fehacientemente con el título « Frente al mañana » así como el epílogo del mismo constituyen la meditación del medievalista sobre el porvenir del país, en un intento de escapar del eterno pesimismo que le caracteriza, a partir de las lecciones que procura la historia y frente al temor a cometer los mismos errores que en el pasado. Ante la responsabilidad que los españoles tienen de cara al futuro, Sánchez Albornoz insta a evitar la improvisación, considerada rasgo temperamental y herencia del singular talante de la concepción del homo hispanicus que él mismo definiera a lo largo de su dilatada carrera, y centra las claves del período que se avecina, y que no confía en presenciar por su avanzada edad, en un sistema parlamentario propio de un Estado moderno y en la resolución de dos problemas, el religioso y el regional, tristes legados arrastrados en su opinión desde la Edad Media.
La apuesta por un parlamento en el que el poder ejecutivo pueda realizar su cometido sin abusos ni flaquezas, la defensa de la religión como vehículo hacia la fraternidad de los hombres y la viabilidad del federalismo como marco de armonización de la variedad y la unidad propias del territorio y en tanto que sistema capaz de evitar el despilfarro y garantizar la igualdad, conforman los ingredientes sobre los que elabora una tímida propuesta política tributaria de una serie de condiciones previas. Éstas consisten en la preparación de intelectuales y políticos, en el deseo de convivencia entre los españoles y en la necesaria superación del pasado, disposiciones que quedan amparadas tras su certeza del carácter inevitable del cambio en el tiempo histórico. Así, podemos leer:
“Importa prepararnos para evitar una nueva contienda fratricida. Debemos trabajar con fe y con éxito para que España sea madre y no madrastra de sus hijos, de todos sus hijos […]. No podemos cerrar los ojos a las lecciones del ayer y obstinarnos en vivir una vida aislada y al margen. Y que nadie olvide lo inexorable de la mudanza de todo en la Historia. Urge que en las diversas facciones enfrentadas hoy en España surjan mentes claras capaces de echar el pasado por la borda de la nave hispana” (13).
El hoy que será testigo del retorno de Sánchez Albornoz, aparece inscrito en una encrucijada de caminos, fuente de una confesada angustia por el futuro al tiempo que escenario último en el que prodigar el sentido histórico de un país integrante de la comunidad cultural y vital representada por Europa y Occidente. Sus postreras reflexiones dejan asomar el alma del que se definiera como demócrata, liberal, católico y socializante (14) y destilan su rechazo visceral tanto al fascismo como al comunismo, latente en su obra historiográfica e intacto tras años de exilio, polémicas y desencuentros. Serán precisamente estos valores los que permitan que la prensa presente una figura del intelectual exiliado acorde con los tiempos de la transición, esto es, convertido en símbolo de una libertad y democracia anheladas, y distante de esa España republicana cada vez más alejada de la lista de reivindicaciones de los sectores de la oposición antifranquista, ya reunida y configurada bajo el adjetivo federador de democrática el 26 de marzo de 1976.
El diario ABC fue el primero en anunciar la decisión del historiador de regresar a España. Pocos días después de la muerte de Franco, el 6 de diciembre de 1975, el periódico daba cuenta de la primicia mediante el artículo titulado « Sánchez-Albornoz anuncia a ByN su viaje a España » en el que publicaba un extracto de la carta manuscrita que Claudio Sánchez Albornoz había dirigido desde Buenos Aires al director de la ilustrada revista y en la que los lectores podían leer:
“Yo soy republicano, pero puede nuestra Patria encontrar su camino en la Monarquía liberal a la inglesa. No será fácil lograrlo. Pero supongo que usted no desmayará en el camino y con usted muchos españoles inteligentes. A mis años y enfermo nada puedo hacer útil. Dígame cómo puedo contribuir a forjar la nueva Patria. Si mejoro y recupero mis fuerzas, allá por el buen tiempo haré un rápido viaje a España” (15).
Los argumentos empleados por el historiador aparecen convincentes en las páginas del periódico que no duda en resaltar los méritos de quien se había negado a volver a España mientras estuviera el dictador en vida. El talante liberal parece convertirse en la clave capaz de hacer compatible, bajo el signo de la inteligencia, la condición de republicano con la confianza en una monarquía de corte británico. Si a ello se le añade la terminología patriótica compartida por el régimen, el carácter inofensivo asociado a la vejez y a la enfermedad, y el anuncio condicional de un viaje que se prevé corto, podemos comprender los elementos en los que reposa el éxito institucional y mediático de este regreso. El periódico, desde sus firmes convicciones, se muestra favorable al retorno de quien es valorado como « gran historiador », « apasionado de España », « español insobornable », y al que le es loado su « alto españolismo » y una hidalguía que roza lo quijotesco, sentando así las bases de la construcción de un relato elogioso anclado en lo simbólico. Atrás quedaba la imagen fraguada durante el franquismo para denigrar la obra de los exiliados pues Sánchez Albornoz venía a contradecir las supuestas taras de esos antiespañoles que habían elegido permanecer en el exilio: ni había renegado a la patria, ni mantenía una visión idealizada de los años de la República ni expresaba un ápice ni de claudicación ni de resentimiento.
Tras unos meses de espera, en los primeros días de abril de 1976 el conjunto de la prensa se hace eco del anuncio de la fecha del viaje de regreso del historiador, previsto para el día 23 de abril. En La Vanguardia, si bien la discreta nota informa erróneamente desde el título de una estancia de un año, puesto que no permaneció más de dos meses, tiene el mérito de indicar los primeros detalles del programa previsto, visitas a Avila, Madrid y Oviedo, y sobre todo, revela la ausencia de significación política de las actividades programadas que se limitarán a una serie de conferencias de carácter histórico (16). El diario enmarca el regreso de los exiliados en un proceso que tiene como fin último la recuperación de la historia desde la veracidad y del que forman parte los viajes de personajes clave de la Guerra Civil como Diego Abad de Santillán o Rodolfo Llopis, junto a los anunciados del historiador medievalista y del intelectual liberal Salvador de Madariaga: « Es la hora de la historia como documento veraz, pasada por el crisol de las generaciones que han vivido más de la esperanza que del dolor. […] Historia es igual a verdad. Esta es nuestra batalla: despropagandizar, desectarizar, destruir la falsedad donde esté » (17).
La historia de los primeros regresos, puesto que no todos fueron definitivos, había ya atravesado diferentes etapas pues a los tempranos retornos de los republicanos arrepentidos como el de Gregorio Marañón en 1942 se habían sucedido los de intelectuales como José Ortega y Gasset en 1948, Ramón Pérez de Ayala en 1954, José Bergamín en 1958, y ya en los últimos años del régimen, los de Max Aub en 1969 y Ramón J. Sender en 1974, que despertaron un gran interés entre los medios de comunicación (18). En el caso de Claudio Sánchez Albornoz, se trataba de un viaje de ida y vuelta, de un regreso temporal de dos meses que expresaba el deseo del historiador de ver España antes de morir para, seguidamente, retornar a Argentina, país que tras casi cuarenta años representaba más que un lugar de acogida, un auténtico lugar de vida, su « segunda patria ». Las declaraciones desde Buenos Aires que precedieron al viaje dieron el tono honorífico y de reconocimiento que marcará su estancia en tierras españolas.
Recuperar un símbolo de libertad: declaraciones y palabras para un regreso
La disposición de las instituciones españolas ante el inminente regreso de Claudio Sánchez Albornoz comienza a ser perceptible el 8 de abril, día del acto homenaje que le fue rendido con motivo de su ochenta y tres cumpleaños en la capital argentina por la Institución Cultural Española y presidido por el embajador español Gregorio Marañón. Sólo el diario ABC cubre esta información a partir de las declaraciones del historiador, cuyos extractos servirán de titulares tanto para la edición nacional como para la de Andalucía: « Reconciliación entre los españoles, por encima de todo y cueste lo que cueste » y « Eliminemos nuestras rencillas después de una guerra fratricida », respectivamente (19).
La prioridad del discurso está puesta en la necesidad de dar cierre a ese pasado bélico cuyo grado de hostilidad queda reducido a riña como sugiere el empleo del término « rencilla », y en el consecuente espíritu de reconciliación, circunscrito al ámbito del perdón cristiano, mientras omite el contexto político del momento, tanto los fallidos intentos aperturistas de Arias Navarro como las reivindicaciones proamnistía que en esas mismas fechas estaban protagonizando los sectores de la oposición institucionalizada y, por ende, democrática. La religiosidad prevalece tras un « Hay que perdonar antes de rezar el padrenuestro y pedir a Dios que nos perdone », mientras el patriotismo se impone a cualquier ideología como garantía para la superación de las diferencias del pasado. La presencia del embajador es interpretada por el homenajeado en este sentido como testimonio de fraternidad, prueba de paz y solidaridad, y olvido de diferencias ideológicas causantes de las separaciones de tiempos pasados.
“Reconciliación, reconciliación entre los españoles, por encima de todo, cueste lo que cueste. Acabemos de una vez y para siempre con la fratricida lucha entre las dos Españas. Este acto de hoy es un claro testimonio de esa reconciliación que anhelo con todas las venas de mi ser. Aquí hay hombres de todas las tendencias políticas. Republicanos –como yo–, monárquicos, liberales, no liberales. Pero se sienten españoles, hermanos entre sí […] cada uno con su sentir y pensar, pero todos como imbuidos del amor a España, anhelantes de su paz, de su paz, de su paz” (20).
En las declaraciones de los días que preceden al viaje, Claudio Sánchez Albornoz insiste en transmitir una historia en la que la finalidad moral aparece indisociable de la búsqueda de la verdad por lo que sigue nutriendo el mito del carácter violento del pueblo español. Se desmarca de aquéllos que tomaron las armas al afirmar tener las manos y la conciencia limpia, y pone de relieve el empeño puesto, en el pasado y en el presente, en predicar la paz y ello pese al fracaso de las gestiones que en su día llevara a cabo encaminadas a evitar la Guerra Civil como la petición al embajador de Argentina de enviar tropas hispanoamericanas. Hace de su salida de España un acto de conciencia al distanciarse de los dos bandos enfrentados en la contienda reafirmando su incapacidad de sumarse a ninguno de ellos, al franquista « porque iba en contra de todo lo que yo había escrito siempre, amado, sentido, y al otro tampoco porque ya los republicanos no pintábamos nada; eran los socialistas, los comunistas, los anarquistas los que se hicieron con el poder » (21). La experiencia del pasado queda así inscrita en esa lectura de la historia en clave moral que hace de la continuidad en las ideas y el respeto de las convicciones los requisitos sobre los que reposa su propia coherencia que se quiere diacrónica y acorde con principios morales.
A falta de comentarios directos sobre la situación política del momento, ABC reitera el recurso consistente en extraer de las declaraciones que el historiador acuerda a los medios de comunicación mensajes con una resonancia particular que se convierten en titulares o incluso en la frase destacada de la sección La Semana Política, destacando así las motivaciones patrióticas que mejor servían al presente. Es el caso de la nada banal « con el comunismo no hay democracia posible » (22), que supone un claro rechazo de las tesis postuladas por el PCE, que también hacían de la reconciliación la clave del proceso de transición ; o de la explícita « Albornoz: ni comunismo ni ‘bunker’» (23) donde se transcriben declaraciones del historiador en las que no duda en equiparar a comunistas y franquistas entre los sectores políticos contrarios a un sistema parlamentario, y en mostrar los peligros que implicaba el liderazgo del PCE en el bloque de oposición, lo que adquiere un significado especial en el contexto de crisis gubernamental que atravesaba la presidencia de Arias Navarro y que el periódico se encargaba de negar. Manteniendo siempre las distancias con respecto a la política desplegada por la Junta democrática desde su creación en julio de 1974, Claudio Sánchez Albornoz anticipa la percepción que desde España pueda hacerse de su propia trayectoria e insiste en su talante liberal que no duda en reivindicar, más allá de su condición de exiliado republicano. A la pregunta que exigía un posicionamiento en el seno del republicanismo en el espectro de las izquierdas o del conservadurismo, contesta desde el relativismo:
“Se es reaccionario siempre para alguien y se es rojo siempre para alguien. Yo creo que soy un republicano liberal […] Ahora el ser liberal me parece que también es ser reaccionario. ¡Qué cosa mejor que vivir libremente !, entenderse, gobernarse mediante el voto, que gobiernen los que el pueblo quiera, que se haga con respeto al adversario, de modo que para algunos seré un reaccionario y para otros un rojo; creo que de rojo yo no tengo nada; he sido y moriré siendo liberal, hombre de diálogo, de concordia, comprensivo, amante de la justicia por sobre todas las cosas” (24).
Definiciones y adjetivos identitarios de los que se va despojando conforme se acerca el día del regreso hasta que, la víspera de iniciar el viaje, en el transcurso del almuerzo ofrecido por el embajador español Gregorio Marañón en su sede oficial, es un español sin calificativos ideológicos el que vuelve a su país desprendido de todo discurso partidario y defensor de una moral que hace del hermanamiento el único mensaje que le acompañará y defenderá con afán a lo largo de su estancia: « Voy a España, a nuestra España. Sé que algunos van a tacharme de rojo, de réprobo. No me importa. Yo sé lo que soy: un español de buena voluntad que sólo quiere para sus hermanos lo que repito y repetiré mil veces reconciliación, concordia, paz » (25). Sobre ese sentimiento de fraternidad y de pertenencia a un país común está tejiendo un discurso de cohesión social que rechaza todo tipo de violencia y con el que se protege de las posibles acusaciones que pudieran emanar tanto de aquéllos que seguían viviendo la realidad trágica del exilio como de quienes compartían un imaginario colectivo en el que la República quedaba reducida a la actuación de los rojos. Desmarcarse de ambas críticas suponía exorcizar el horror de la guerra. Las palabras de conclusión del autor del artículo contribuyen a esta valoración del que fuera presidente del gobierno republicano, designándolo por sobre todo como « un gran español » (26).
El alcance de estas declaraciones favorables a la libertad y de invocación a la convivencia de los españoles, es amplificado en la prensa por los efectos del regreso de Salvador de Madariaga, cuya presencia en Madrid posibilitaba la lectura de su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, tras una espera de cuarenta años puesto que había sido elegido miembro académico el 20 de mayo de 1936. Ambos se convierten en personajes de referencia, « fervientes demócratas y liberales », cuyas palabras « deben ser oídas y atendidas por todos » (27), por su calidad de hombres independientes, de gran cultura y autoridad moral y, por su larga experiencia de vida, exentos de apasionamiento y sectarismo. Los artículos de opinión de la pluma de un José María Ruiz Gallardón o un Emilio Romero apuntalan el valor de las declaraciones de ambos exiliados y no escatiman en enaltecer la figura del historiador para denigrar la política pactista por la que estaba optando la oposición al gobierno y que reunía a democristianos, socialistas y comunistas. El primero, publicando un 14 de abril una nota en la que partía del peligro comunista puesto en boca de los ilustres exiliados retornados para terminar argumentando sobre la incompatibilidad de esta ideología con un régimen de libertades. El segundo, escribiendo un editorial en el que reflexionaba sobre la política del primer gobierno de la monarquía, promoviendo la vía del reformismo que pasaba por la necesidad de pactar con las fuerzas del franquismo. Y para ello, hace suyo un consejo de Sánchez Albornoz, « que no seamos locos », a quien le atribuye el mejor conocimiento de la historia del país, pero también olfato de historiador y de político (28). Por su parte, el escritor y columnista de La Vanguardia, Manuel Pombo Angulo resaltaba el valor ejemplar y el eco social de las declaraciones de ambos retornados, considerados « dos veteranos de la libertad, la ideología y el exilio, [que] daban una lección de prudencia y patriotismo » por el carácter moderado de su discurso y el tesón en evitar que los errores del pasado fueran reproducidos (29).
El día 23 de abril el vuelo 992 de Iberia procedente de Buenos Aires en el que viajaba Claudio Sánchez Albornoz acompañado por su hijo Nicolás y sus nietos, aterrizaba en el aeropuerto de Barajas de Madrid. La imagen fue recogida por las cámaras de la TVE y sus primeras palabras difundidas en el conjunto de los medios de comunicación. ABC concede a esta información el editorial en portada de los días 23 y 24 a través de la pluma de los periodistas Luis Calvo, director del diario en los años cincuenta y del que fuera en la misma época corresponsal de ABC en París, Pedro Rocamora, así como una página gráfica con las fotos del regreso y las declaraciones en las secciones Vida nacional y Vida cultural, respectivamente. Por su parte, La Vanguardia tras anunciar el acontecimiento con un artículo en la portada del día 23, lo ilustra con una única imagen en portada y una página al completo, al día siguiente. La información relativa a los detalles de un recibimiento envuelto en la emoción de la que testimonian los numerosos abrazos y aplausos, es compartida por ambos periódicos y, como era de esperar, tras haber pisado suelo español, las primeras declaraciones de quien se reivindica un viejo de ochenta y tres años que predica el entendimiento entre los españoles son retranscritas integralmente en las páginas de ambos diarios. Aquí nos limitaremos a resaltar el extracto que nos parece más relevante por la difusión que le fue acordada:
“Dije que vendría llorando y llorando estoy. No tengo más que una palabra: Paz. Nos hemos matado ya demasiado. Entendámonos en un régimen de libertad poniendo todo de nuestra parte lo que sea necesario de un lado y otro de la barricada. Son muchos cuarenta años. No hay históricamente nada que resista el tiempo. Todo es caduco y perecedero. […] Hay que hacer una España nueva entre todos los españoles. Yo no soy más que un viejo predicador de paz y de reconciliación entre los españoles. […] Tendamos de una vez por todas la mano al adversario de ayer para discutir, dialogar en unas cortes nuevas la suerte de España” (30).
Sin embargo, mientras el diario monárquico detalla el regreso del Sánchez Albornoz historiador, el barcelonés se refiere también desde la entradilla de los artículos al político republicano. Para ABC, en palabras de Luis Calvo, las condiciones infrangibles del retrato del abulense son patriotismo y catolicismo netos, a las que le sigue su talante liberal. El homenaje que acompaña al recibimiento es al maestro indiscutido merecedor de los honores de la Academia de la Historia, a quien fuera el continuador de la obra del catedrático Eduardo Hinojosa y cuya ingente obra de investigación le había convertido en «personalidad gigante en el mundo de la Historia y de las Letras» (31). Su presencia en el país es interpretada como el cierre de una brecha histórica y sus declaraciones como la renuncia a una España republicana en favor de la construcción de una nueva España, resultado del entendimiento entre los españoles. Es Pedro Rocamora quien convierte al historiador que ha enseñado el amor a la Patria en la personificación de la reconciliación y hace de su prédica por la libertad y la paz el « lema aúreo para esta nueva era política que se abre hacia el porvenir español » pues considera la instauración de ambos conceptos en la conciencia nacional como la clave de una Monarquía europea (32). La Vanguardia, al publicar un resumen de las declaraciones concedidas por Sánchez Albornoz a la periodista Carmen Sarmiento –y que fueron objeto de un libro que ve la luz coincidiendo con el retorno del exiliado– aporta un testimonio más vital. En él incluye la dimensión política del historiador, su experiencia en el gobierno republicano y el tiempo del exilio marcado por la pasión de la historia de la que se deriva ese refugio en la investigación que en su aseveración « trabajé tanto para olvidar… para no tener tiempo de pensar » alcanza tintes de antídoto al trauma de la guerra (33). El diario también recoge las repercusiones de este retorno entre los círculos del republicanismo, tantos años sumido en la tensión entre el interior y el exilio, al hacerse eco de la presencia de un nutrido grupo de republicanos y socialistas históricos en el aeropuerto de Barajas. La única representación política procedía de los miembros del comité ejecutivo de Acción Republicana Demócrata Española (ARDE), partido creado en el exilio resultante de la fusión entre Izquierda Republicana y Acción Republicana, del que el propio Sánchez Albornoz había sido fundador y desempeñado las funciones de presidente desde julio de 1963. Allí estaban su entonces presidente Régulo Martínez, ex-presidente de Izquierda Republicana, Andrés Márquez, secretario de relaciones y Julián Calvo, quienes a la emoción y efusividad del encuentro largamente esperado, expresaban la satisfacción de poder manifestar su pertenencia ideológica bajo un régimen al que habían combatido, lo que hacía de ese 23 de abril un « gran día para todos los republicanos » y una ocasión de reivindicar el sempiterno valor de libertad que siempre habían defendido:
“La visita de Claudio Sánchez Albornoz nos ha llenado de alegría, porque indica que las cosas van entrando por el cauce de la normalidad y de la convivencia. Si no se puede ser republicano en España sin rebozo, no se puede hablar de libertad ni de Estado de Derecho. Durante la República, los monárquicos conservaron todos sus derechos; por lo tanto en la monarquía también los republicanos deben conservarlos” (34).
Asímismo, los exiliados residentes en México estaban representados en la figura de Luis Ruiz-Dane, quien había hecho expresamente el viaje desde la capital mexicana para saludar al que siendo presidente del gobierno republicano en el exilio había arbitrado por una conciliación en el litigio que en los años sesenta había enfrentado a los representantes de ARDE con el Ateneo Republicano Español de México –constituido por los miembros de IR– a propósito de la acción política que debía desarrollarse en el interior. Doble representación en el espacio impersonal de un aeropuerto que sólo puede ser interpretada como una reminiscencia inocua de la nunca conseguida unidad del republicanismo español.
El historiador al honor: el programa científico de una estancia
Durante los dos meses de estancia en España, Claudio Sánchez Albornoz formó parte de la actualidad ocupando un espacio periodístico nada desdeñable. Apenas recién llegado y aunque no formara parte del programa previsto, la coincidencia le hizo convertirse en actualidad por su participación en dos actos relevantes. Primero, al presidir el 30 de abril una sesión de la Real Academia de la Historia por ser el académico más antiguo y quedar la dirección vacante tras el fallecimiento de Jesús Pabón y Suárez de Urbina, acontecido en esos días y que dio lugar a un homenaje póstumo. Y poco después, al poder asistir el 2 de mayo al discurso de ingreso a la Real Academia de la Lengua del también recién retornado Salvador de Madariaga, titulado « De la belleza en la ciencia », y que fue pronunciado con motivo de la toma de posesión de su sillón tras cuarenta años de espera.
El programa de actividades se desarrolló a lo largo del mes de mayo y le llevó de Madrid a su Avila natal, a Oviedo desde donde había previsto desplazarse a la mítica Covadonga, y a Valladolid. Los actos que protagonizó así como los desplazamientos realizados respondían a un mismo motivo, los sucesivos homenajes que le fueron rendidos por instituciones universitarias y municipales por su calidad de académico e historiador. Respetando un criterio cronológico, podemos enumerar los siguientes: la bienvenida oficial procurada por el ayuntamiento de Avila en sesión extraordinaria el 4 de mayo por la que se le otorgó el título de hijo adoptivo de la ciudad; el homenaje que el 8 del mismo mes la Universidad Complutense de Madrid rendía al que había sido su rector entre 1932 y 1934; la ceremonia de investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Oviedo el 21 de mayo; el recibimiento del título de miembro de honor del Instituto de Estudios Asturianos el día 24; el homenaje tributado el 26 del mismo mes por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid, creada por Sánchez Albornoz siendo rector; el caluroso recibimiento en la Universidad de Valladolid en la que pronunció una conferencia titulada « Lo que a España debe el mundo »; la presentación el 31 de mayo de la edición inglesa de España, un enigma histórico, por Pedro Sáinz Rodríguez, presidente de la Fundación Universitaria Española que fue seguida de una conferencia de Sánchez Albornoz sobre « El porqué de España, un enigma histórico »; y el almuerzo en su honor ofrecido por Alfonso de Borbón, presidente del Instituto de Cultura Hispánica, el 28 de junio.
Para Claudio Sánchez Albornoz cada uno de estos eventos fue la ocasión de reiterar el mismo discurso, de predicar la paz, de explicar sus teorías históricas destacando la deuda que Europa había contraido con España a lo largo de la historia y de proclamar machaconamente sus convicciones religiosas. Mientras, los organizadores reiteraban su vocación histórica y cargaban más o menos las tintas en las cualidades sobre las que había reposado el unánime recibimiento del exiliado: el amor entrañable a España, su capacidad de perdonar, su talante conciliador, su profundo catolicismo o su defensa del liberalismo. En ningún momento, las actividades políticas de su pasado republicano hacían inclusión en los discursos de reconocimiento cargados de elogios y la única referencia al período de la Guerra Civil, si la había, permitía retomar la interpretación de las dos Españas con objeto de superarlas. Desde el deseo, el historiador declamaba: « Las dos Españas enfrentadas en el siglo XIX, y no antes, son las de ayer y hoy, pero pido a Dios que no sean las de mañana », al tiempo que las palabras de reconciliación incluidas en su Testamento histórico-político se convertían en objeto de escultura. Palabras que se querían proyecto y que quedaron talladas en la piedra de una de las placas ofrecidas al homenajeado como recuerdo imborrable de su regreso al país: « ¿Dos Españas fraternas y enemigas ? Quizás podamos transmutar la bipolarización de las dos Españas en una pluralidad, si no fraterna, de posible convivencia. En una lógica pluralidad de opiniones, de anhelos, de proyectos, de esperanzas » (35).
Las interpretaciones ante el futuro que deja traslucir entre los diversos actos están basadas en su concepción del sincronismo que había caracterizado la experiencia de las tres revoluciones en el caso español, la política, la religiosa y la social, y que condicionaba las relaciones con Europa. En lo que respecta a la organización territorial del Estado, el recién nacido periódico El País es el único que se hace eco de las ideas del historiador, partidario de un federalismo que permitiera una igualdad de derechos en cada una de las regiones y que había dado su apoyo a la Alianza Regional de Castilla y León, a cuyo acto de presentación tuvo la ocasión de asistir para recalcar su visión sobre el papel histórico desempeñado por Castilla y loar su heroicidad (36).
Los medios de comunicación y en concreto la prensa más conservadora también contribuyeron a hacer del denominado « reingreso a la Patria » y, sobre todo, de la figura de Claudio Sánchez Albornoz un tema de actualidad, rindiendo una vez más homenajes por su calidad de historiador. El grupo de periodistas de « La Tertulia » presidido por el colaborador de El Alcázar, Millán Clemente de Diego, acordó conceder al académico la F de oro de famoso, galardón que más allá del reconocimiento de una fama resultaba de una encarnación de « la auténtica Historia de España » (37) a la que se quería elogiar. La F le fue impuesta por Carlos Sentís, director general de Coordinación Informativa en nombre del Ministerio de Información y Turismo, el 7 de mayo, en el transcurso de un acto proclive al juego semántico pues tras la F en cuestión se fueron atribuyendo una serie de cualidades al homenajeado como fidelidad de principios, fecundidad, pero también fenomenal y formidable, mientras éste recordaba haber cumplido con su deber y servido a la gloria de España en los años de destierro (38).
Por su parte, el Consejo de Dirección del diario ABC, eligió al historiador « Figura del mes » por lo que organizó un almuerzo-homenaje el 17 de junio. Presidido por Torcuato Luca de Tena, presidente de la Junta de Fundadores de Prensa Española, el acto se convirtió en un intercambio de encomios y agradecimientos. Tras hacer un recorrido por su obra investigadora y ser calificado de erudito universal, « sin duda el más glorioso en el campo de la historiografía hispánica », Sánchez Albornoz pronunciaba un enésimo discurso en favor de la reconciliación y la paz en el que además ponía de relieve lo que compartía con el periódico que había decidido rendirle tal homenaje:
“El ABC y yo diferimos un poco en la concepción de la magistratura suprema del Estado, pero nos unen muchas cosas. Nos une, en primer término, este amor a España, que ustedes han demostrado siempre y que yo creo que también he demostrado. […] Nos une además una concepción liberal de la vida. […] Es imposible mantener el ayer. Hagamos un mañana. Y eso nos une, me une a ustedes, porque ustedes están en esa misma línea, con las pequeñas o grandes diferencias políticas que puedan separarnos” (39).
El reconocimiento de este sector de la prensa y el agradecimiento del que hace prueba el homenajeado, contrastan con el único acto fallido de la estancia de Sánchez Albornoz en España, relacionado con el republicanismo y más precisamente con sus vínculos con el partido político Acción Republicana. Desde su llegada a Barajas, antiguos miembros de AR habían manifestado su deseo de tributar un homenaje al que había sido presidente del partido en el exilio durante diez años y continuaba siéndolo de manera honoraria. ABC fue el diario en anunciar la celebración de tal homenaje en forma de cena prevista para el 18 de mayo « en virtud de encarnar el mejor símbolo de reconciliación nacional » (40). Ahora bien, a la hora de desplegar la noticia se publicó la información facilitada por CIFRA, el servicio informativo nacional de la agencia de prensa EFE, fuente utilizada asimismo por La Vanguardia por lo que sendos periódicos cubrieron el evento de forma similar, esto es, asociándolo a la otra cena organizada para ese mismo día en homenaje al también profesor Enrique Tierno Galván, líder del Partido Socialista Popular.
En escuetos titulares de los que se desprendían apenas unas líneas quedaban así reunidos dos nombres propios, símbolos de recorridos científicos indisociables del compromiso político y representación de dos visiones de la oposición, la heredera de la lucha del exilio y la resultante de la institucionalización de los organismos unitarios en la creación de Coordinación Democrática. Homenajes a vidas dedicadas a defender las libertades democráticas y a personalidades artífices de prácticas encaminadas a conseguir la unidad del republicanismo para el catedrático medievalista, del socialismo en el caso del catedrático de derecho político (41). Sólo La Vanguardia se hacía eco de las amenazas telefónicas recibidas en la librería Antonio Machado encargada de vender las invitaciones para asistir al homenaje, por parte de « un individuo no identificado que calificó al historiador de ‘rojo y republicano’ ». Al día siguiente, la prensa informaba de la suspensión del homenaje por desautorización gubernativa de los contenidos políticos del acto expresados en intervenciones, discursos y difusión de propaganda impresa, y señalaba que la decisión de suspender la cena procedía de los propios organizadores que habían preferido aplazarla a la espera de la supresión de la claúsula que desde el gobierno imponía tales condiciones (42). El diario El País informaba que el restaurante Angulo en el que debía desarrollarse el acto había recibido llamadas amenazadoras al parecer de la extrema derecha y que el propio Claudio Sánchez Albornoz había sido víctima de dos amenazas de muerte. Las declaraciones de éste en una conferencia de prensa ponían de relieve su rechazo a asistir a un « banquete de mudos » y se convertían en una ocasión para reafirmar su condición de republicano, pero también su defensa del liberalismo que le llevaría de nuevo a posicionarse políticamente utilizando las claves del pasado así como su rechazo radical al extremismo que encerraría de manera implícita una predisposición a la violencia. Se trataba de una nueva llamada a la moderación de los españoles como única vía de evitar tanto la dictadura como la revolución, los dos amenazantes espectros del pasado.
“Continuaré siendo republicano hasta que me muera. He sido y soy el mismo de siempre […] ¿Qué quieren que vayamos al banquete a rezar el rosario ? Esto es una injusticia de los que nos gobiernan. No hubiéramos dicho nada que hubiera encendido el país. ¿No merecíamos un poco de respeto ? Somos hombres de paz que queremos cambiar a España. Soy un demócrata, liberal, católico y socializante. Yo no he sido nunca un rojo. Soy un liberal, como Azaña” (43).
Ese sentimiento de injusticia lo encontramos igualmente en las declaraciones realizadas al periódico El País por parte de uno de los organizadores del acto, el también exiliado Francisco Giral, recién llegado de México para la ocasión. El científico lamentaba tal decisión tras el interés que el acto había despertado, como demostraban las más de quinientas invitaciones vendidas y las adhesiones recibidas de México, Francia y Estados Unidos, al tiempo que expresaba un sentimiento de extrañeza e incomprensión ante tal medida gubernativa pues, por un lado, rechazaba cualquier carácter subversivo que pudiera asociarse a la iniciativa, para definirse como « gente pacífica, no queremos violencia ni extremismos, sino la dialéctica de la razón »; y por otro, porque no lejos del restaurante elegido se había podido realizar el homenaje al profesor Tierno Galván que sí había sido autorizado. Horas después, desde Oviedo, Sánchez Albornoz calificaba la prohibición de « campanada de la policía » e insistía en que el contenido del acto se reducía a hablar de « cosas de paz » (44). Parece que esta insistencia en la inocuidad de los viejos sectores del republicanismo no resultaba convincente a los ojos de las fuerzas de seguridad del Estado. Pese a su escasa influencia entre los organismos unitarios de oposición, ARDE seguía representando la defensa del régimen republicano por lo que la lectura de su participación en la vida política quedaba asociada a una amenaza hacia la monarquía. Meses más tarde, la solicitud de legalización presentada por ARDE fue rechazada por lo que no pudo tomar parte en la campaña electoral de los comicios del 15 de junio de 1977, para ser finalmente aprobada en agosto del mismo año.
El final de un retorno anunciado
En vísperas de su retorno a Buenos Aires, el intenso programa de actividades desarrollado por Claudio Sánchez Albornoz durante los dos últimos meses se cerró con una intrigante cita con la monarquía el 30 de junio, día del recibimiento del Rey en el Palacio de la Zarzuela. La prensa puso de relieve el carácter secreto del encuentro y se limitó a señalar la presencia en el mismo de la Reina Sofía y del ministro de Educación, Carlos Robles Piquer, así como a comunicar las impresiones del historiador, optimistas en cuanto a un porvenir favorable a la evolución democrática de España. Sólo fueron filtrados algunos comentarios anecdóticos sobre la audiencia y ello pese a que el interés periodístico de dicho encuentro fue reavivado cuarenta y ochos horas después de su salida hacia Argentina, al coincidir con la crisis gubernamental provocada por la dimisión de Arias Navarro que dio paso al primer gobierno de Adolfo Suárez. Pura coincidencia o no, en las declaraciones realizadas ya una vez de regreso en Buenos Aires, el historiador apuntaba la dificultad de pasar de una « dictadura férrea a un sistema democrático », la necesidad de « desarrollar una labor lenta, paulatina y meditada minuciosamente » y de « obrar con decisión y sin muchos titubeos », si bien mantuvo la incógnita sobre el contenido de esa conversación con el monarca de la que no desveló nada más que que había versado « sobre lo divino y lo humano » (45).
El episodio volvió a ser actualidad dos años después, en 1979, con motivo de la publicación en España de un nuevo libro de Claudio Sánchez Albornoz. Se trataba de un compendio de reflexiones reunidas bajo el título Confidencias, en el prólogo del cual se podían leer unas líneas a modo de justificación a posteriori de la aceptación de aquel encuentro con el Rey:
“Es notorio a muchos que fui requerido para ir a la Zarzuela. Azcárate había visitado a don Alfonso XIII en el Palacio Real sin dejar de ser republicano; bien podía yo acudir a conversar con su nieto sin dejar de serlo. Y había que alentar al nuevo rey a avanzar por el camino de la democracia. Esa fue la realidad” (46).
Tales declaraciones suscitaban la admiración de quien prologaba el libro, el contemporaneísta Carlos Serrano Seco, quien resumía a la perfección el valor del regreso del exiliado como encarnación de la idea democrática y garantía de que los tiempos de la dictadura formaban parte definitivamente del pasado. Soplaban vientos favorables para una lectura del proceso de transición en clave de concordia, compartidos por el autor que había sido el encargado de poner el broche de oro a la acogida periodística del retorno de Sánchez Albornoz. Con un « ¡Gracias, Don Claudio… y hasta pronto », había firmado un elogioso balance en las páginas de ABC donde se enaltecía el espíritu liberal del exiliado y se le agradecía su presencia en España considerada como el mejor regalo de la primavera política, así como el carácter oportuno y saludable de su testimonio (47).
El recuerdo que Claudio Sánchez Albornoz quiere dejar al regresar a Argentina coincide con el autorretrato que había acompañado el anuncio manuscrito de su retorno enviado a la prensa tras treinta y siete años de exilio, y que queda resumido en la siguiente frase pronunciada durante su estancia: « Ustedes recordarán algún día a este viejecito que les estuvo hablando de libertad durante un buen rato » (48). Dirimida la dimensión de su experiencia política en favor de lo que él mismo valoró como la esencia de su existencia, esto es, su condición de historiador, protagonizó el retorno de un hombre anciano y apartado de la vida pública.
Su calidad de historiador se superpuso al valor testimonial que encerraba su discurso, dotándole de una credibilidad que en la pluma de la prensa conservadora apareció como incuestionable en el contexto de un proceso político de transición en el que la historia podía convertirse en arma de combate. Las declaraciones del exiliado y los comentarios a los que dieron lugar en los diarios de mayor difusión de la época contribuyeron a neutralizar este uso mediante la creación de un tejido discursivo de cohesión social y de una cultura política fundada sobre el principio de la reconciliación nacional. Los valores de paz, fraternidad y libertad adquirían la propiedad de antídoto capaz de evitar todo enfrentamiento político, mientras el patriotismo se suplantaba a toda realidad de desigualdad social, actuando como revulsivo de una temida lucha de clases. Su calidad de español, para ABC y de liberal para La Vanguardia Española, predominaron en unos relatos en los que la experiencia republicana era reducida a la esfera del pasado y como tal carecía de viabilidad para la construcción del futuro inmediato del país.
Las consecuencias de esta cobertura mediática no fueron nada desdeñables pues consiguió desvirtuar las categorías conceptuales y las exigencias políticas del exilio retornado, reduciendo su compleja diversidad al valor testimonial de determinadas personalidades. El retorno quedó cristalizado en una imagen en la que la vejez era asociada a la sabiduría y a la moderación, al tiempo que personificaba en la figura de Sánchez Albornoz una época y una estrategia de resistencia ya pasada e inoperante, encarnación del fracaso de los intentos por alcanzar la unidad del republicanismo. Asentando el retorno del historiador en un discurso que suponía la reapropiación del concepto de reconciliación y la enarbolación del proyecto democrático como valor antinómico de la dictadura, la prensa no sólo se hacía eco de un acontecimiento de gran fuerza emocional sino que ilustraba su capacidad de utilizar el soporte testimonial en aras de un proceso de transición acorde a los intereses ideológicos de las diferentes cabeceras.
El despliegue mediático realizado por la prensa más conservadora ahondaba en la fractura que separaba la actividad opositora del antifranquismo del interior de la lucha mantenida desde la tragedia del exilio, lo que encerraba asímismo el reflejo de un desencuentro generacional. La plasticidad del término reconciliación, propuesto por unos, defendido por otros y rechazado por unos pocos, dio muestras de su eficacia, al ser capaz de ocupar masivamente el espacio de la opinión envuelto en connotaciones positivas (49). Tal ocupación, en detrimento de la pervivencia de espacios de reflexión, contribuyó a desactivar todo proyecto de transformación social que planteara la necesidad de considerar la validez del régimen político vigente y concibiera el pasado como terreno de análisis sujeto a debate.
Ya en la década de los ochenta, el propio discurso de Claudio Sánchez Albornoz en favor de la reconciliación fue equilibrando las dosis dedicadas al olvido con aquéllas que debían desarrollar un ejercicio de la memoria pues afirmaba: « frente a la noble recomendación de olvidar, conviene recordar lo que jamás debiera repetirse para que las nuevas generaciones busquen el mañana que deseen, pero por sendas de paz y de convivencia » (50). Poco después de estas declaraciones, en julio de 1983, regresaba definitivamente a España, un país que estrenaba democracia, para fallecer en Ávila el 8 de julio de 1984.
Contribución a la Journée d’études Figures emblématiques de l’imaginaire politique espagnol à l’époque moderne et contemporaine, Université de Bourgogne, 13 Avril 2012, en prensa
Notas:
1. Aunque los primeros pasos de la polémica remontan a los años treinta, ésta cristalizará en el exilio con la publicación de la obra de Claudio Sánchez Albornoz España, un enigma histórico en México en 1957 como respuesta a La realidad histórica de España de Américo Castro, aparecida también en México en 1954 tras una primera versión del trabajo publicada en Buenos Aires en 1948 bajo el título España en su historia. Los detalles de lo que se convirtió en un enfrentamiento personal en José Luis Abellán, « La polémica de Sánchez Albornoz con Américo Castro » in VV.AA, Sánchez Albornoz a debate. Homenaje de la Universidad de Valladolid con motivo de su centenario, Universidad de Valladolid, 1993, p.45-52.
2. Juan Francisco Fuentes y Javier Fernández Sebastián, Historia del periodismo español, Madrid, Ed. Síntesis, 1998, p.322-325. José Javier Sánchez Aranda y Carlos Barrera, Historia del periodismo español. Desde sus orígenes hasta 1975, Pamplona, Ed. Eunsa, 1992. Francisco Javier Davara Torrego, « Los periódicos españoles en el tardofranquismo. Consecuencias de la nueva ley de prensa » Revista Comunicación y Hombre, n°1, 2005, p.131-147. Este autor incluye en su trabajo unas tablas basadas en los datos de la Oficina de Justificación de la Difusión (OJD) que recogen los datos en miles de ejemplares diarios vendidos de los periódicos nacionales entre 1960 y 1975. Así la tirada de ABC pasa de 169 000 en 1960 a 194 000 en 1965, para ascender a 204 000 en 1970 e iniciar el camino del descenso en 1975 con 187 000. Por su parte, la evolución de la tirada de La Vanguardia confirma su capacidad de adaptación a los nuevos tiempos con un aumento sostenido de sus ventas que pasan de 163 000 ejemplares en 1960 a 204 000 en 1965, 221 000 en 1970 y 223 000 en 1975. p.144.
3. « El exilio ha sido muy duro, pero realmente estos 70 días vividos en mi país, llenos de cariño y emoción por todas partes, me han compensado de esa larga noche en la cual he trabajado mucho en nombre de España », « El Rey recibe a Don Claudio Sánchez Albornoz », La Vanguardia Española, 1/07/1976.
4. La valoración del exilio en Claudio Sánchez Albornoz, Mi testamento histórico-político, Barcelona, Ed. Planeta, 1975, p. 62. « En sus últimos años se impuso una especie de apuesta personal: sobrevivir a Franco y volver entonces a España. ¡Jamás antes! En esto tuvo suerte. La vida le permitió ganar su apuesta. Volver al país, recoger honores merecidos, ser reconocido por todos, transformarse en un emblema del pasado para las nuevas épocas. », Reyna Pastor, « Claudio Sánchez Albornoz , historiador, maestro y militante », in VV.AA, Sánchez Albornoz a debate…, p.12.
5. « Hice gestiones para que vinieran a España tropas hispanoamericanas que evitasen la Guerra Civil », ABC, 18/04/1976, p.13 y « Albornoz: ni comunismo ni ‘bunker’ », ABC, 23/04/1976, p.28.
6. Jordi Gracia, A la intemperie. Exilio y cultura en España, Barcelona, Ed. Anagrama, 2010.
7. Fernando Larraz, El monopolio de la palabra. El exilio intelectual en la España franquista, Madrid, Ed. Biblioteca Nueva, 2009.
8. Florence Guilhem, L’obsession du retour. Les républicains espagnols 1939-1975, Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 2005.
9. C. Sánchez Albornoz, Mi testamento…, p.23.
10. Ibid., p.67. Un análisis de la actividad política desarrollada en defensa del proyecto constitucional de 1931 y de la Ley de Bases de la Reforma Agraria de 1932, en José Luis Martín, « Un historiador metido a político » in VV.AA, Sánchez Albornoz a debate…, p. 53-67.
11. Sonsoles Cabeza Sánchez-Albornoz, Historia política de la Segunda República en el exilio, Madrid, Ed. Fundación Universitaria Española, 1997, p. 321-389. Alicia Alted, La voz de los vencidos. El exilio republicano de 1939, Madrid, Aguilar, 2005, p.333-334.
12. Ibid., p.27-28. Las cursivas son del propio autor. Podemos encontrar otras declaraciones en el mismo sentido. Valgan estos ejemplos de muestra: « Yo he sido […] un historiador, por amor a España y por deseo de contribuir a su encarrilamiento histórico, accidentalmente consagrado a las gestas políticas » p.23; « …los hados me empujaron, sí, al cabo hacia la vida pública, pero tardíamente y cuando yo era ya un historiador que entraba accidentalmente en la política y no un político que descansaba de los embates de la lucha asomándose a la Historia », p. 26; “No he sentido palpitar en mí con fuerza una viva devoción hacia el juego de la vida pública. Y me ha sacudido en cambio, hasta torturarme, mi pasión de historiador. Acaso lo proceloso de mi vida haya lastrado mis actividades políticas, pero sin barrerlas por entero de mi talante », p.243. Una reflexión sobre políticos y hombres públicos que, desterrados de su país, se vieron obligados a buscar en su profesión primera una forma de vida en Mariano Peset, « Tres historiadores en el exilio: Rafael Altamira, José Ma Ots Capdequi y Claudio Sánchez-Albornoz » in José Luis García Delgado (ed.), El primer franquismo. España durante la segunda guerra mundial, Madrid, S.XXI, 1989, p.211-243.
13. Ibid., p. 158 y 245.
14. Ibid., p.16. Evidentemente el calificativo de republicano también formará parte de su propia definición como recuerda R. Pastor: « Claudio Sánchez Albornoz, historiador, maestro y militante »…, p.10.
15. « Sánchez-Albornoz anuncia a ByN su viaje a España », Blanco y Negro, 06/12/1975 p. 31.
16. « Llegará el próximo día 23. Un año permanecerá en España Sánchez Albornoz », La Vanguardia Española, 02/04/1976, p.7. « Sánchez Albornoz vendrá a España el día 23 », ABC, 01/04/1976, p.16.
17. « Recuperar la Historia », La Vanguardia Española, 04/01/1976. Portada.
18. F. Larraz, El monopolio de la palabra… p.281-297.
19. ABC, 09/04/1976, p.18 y p.38; ABC Edición de Andalucía, 09/04/1976, p.8.
20. « Reconciliación entre los españoles, por encima de todo y cueste lo que cueste », ABC, 09/04/1976, p.18.
21. « Me marché porque en conciencia no podía unirme a ninguno de los dos bandos », Resumen de las declaraciones concedidas a la periodista Carmen Sarmiento, La Vanguardia Española, 23/04/1976, p.9.
22. ABC, 11/04/1976, p.6.
23. « Creo que los únicos que no desean que en España haya una democratización en serio y un Parlamento en serio son los comunistas y los franquistas. Los comunistas porque en un sistema democrático tienen poco que ganar y mucho que perder. En cuanto a los franquistas, no se dan cuenta del enorme peligro que corren descolocándose de la realidad del país. », ABC, 23/04/1976, p.28.
24. « Hice gestiones para que vinieran a España tropas hispanoamericanas que evitasen la Guerra Civil », ABC, 18/04/1976, p.13; « Homenaje a Sánchez Albornoz, en Buenos Aires, con ocasión de su regreso a España », ABC, 09/04/1976, p. 38 y « Eliminemos nuestras rencillas después de una guerra fratricida », ABC. Edición de Andalucía, 09/04/1976, p.8.
25. Pedro Massa, « Hoy llega a Madrid Don Claudio Sánchez Albornoz », ABC, 23/04/1976, p.39.
26. Ibid.
27. « Atención a Madariaga y Sánchez Albornoz », ABC. Edición de Andalucía, 18/04/1976, p.3
28. José María Ruiz Gallardón, « Catorce de abril », ABC, 15/04/1976, p.4 y Emilio Romero, « El Gobierno, ¿de quién es ? », ABC, 21/04/1976.
29. « De las declaraciones de don Salvador de Madariaga y de don Claudio Sánchez Abornoz se alababa la moderación, el aviso a los españoles contra esa sangre que, con frecuencia, se les sube a la cabeza, y que hizo correr, tristemente, otra sangre irrecuperable », Manuel Pombo Angulo, « Retorno », La Vanguardia Española, 20/04/1976, p.12.
30. Antonio Yáñez, « Cálido recibimiento popular en Barajas al historiador Sánchez-Albornoz », ABC, 24/04/1976, p.35 ; y « Tendamos de una vez por todas la mano al adversario de ayer para discutir, dialogar, en unas Cortes nuevas, la Historia de España », La Vanguardia Española, 24/04/1976, p. 11.
31. Luis Calvo, « Sánchez Albornoz », ABC, 23/04/1979; « La verdadera reconciliación », ABC, 24/04/1976, p. 3.
32. Pedro Rocamora, « Sánchez Albornoz en España », ABC, 24/04/1976, p.3.
33. Carmen Sarmiento, « Nosotros podemos ser demócratas, pero desde luego hay que educar al pueblo y frenarlo », ABC, 24/04/1976, p. 11. El libro de esta periodista del que han sido extraidas estas declaraciones es Sánchez Albornoz, cuarenta años después, Ed. Sedmay, Madrid. 1976.
34. « Tendamos de una vez por todas la mano al adversario de ayer… », art. cit.
35. « Homenaje de la Universidad Complutense a Don Claudio Sánchez Albornoz. ‘Gritad lo que queráis, alborotad, defended vuestros intereses, pero fuera de la Universidad. La Universidad es un templo’ », La Vanguardia Española, 09/05/1979, p.7 y « Homenaje de la Universidad Complutense a Sánchez Albornoz », ABC, 08/05/1976, p.13.
36. « Pese a muchos, vivimos en Europa », El País, 01/06/1976 y « Sánchez Albornoz: el federalismo no es peligroso », El País, 09/06/1976.
37. « Una aurea ‘F’ a la Historia de España », ABC, 08/05/1976, p.38.
38. « Creo que he cumplido con mi deber. […] He venido a España con el corazón abierto, pues yo no he sido nunca un hombre de batalla, sino de paz. Hay que hacer una España nueva entre todos los españoles, y creo que lo que he hecho en el destierro ha sido una labor por la gloria de España », « Creo que he cumplido con mi deber », La Vanguardia Española, 07/05/1979, p.13.
39. « Homenaje de Prensa Española a Don Claudio Sánchez Albornoz », ABC, 17 de junio de 1976, p.48- 49.
40. « Cena homenaje a don Claudio Sánchez Albornoz », ABC, 16/05/1976, p.39.
41. « Hoy, en Madrid. Homenajes a los profesores Sánchez Albornoz y Tierno Galván », La Vanguardia Española, 18/05/1979, p.10. « Hoy, Homenajes a Tierno Galván y a Sánchez Albornoz », ABC, 18/05/1976 p.12.
42. « Amenazas de muerte, a Sánchez Albornoz, y homenaje suspendido », El País, 19/05/1976; « Suspensión del Homenaje a Don Claudio Sánchez Albornoz », La Vanguardia Española, 19/05/1976, p.11; « Suspendida la cena homenaje a Sánchez Albornoz », ABC, 19/05/1976, p.9.
43. « Flash », La Vanguardia Española, 20/05/1976, p.9. En la misma nota se incluye el texto facilitado por la Dirección General de Seguridad relativo a la supresión del homenaje en el que en cinco puntos se precisan el orden de los hechos y se especifica que la autoridad gubernativa condicionó el acto pero no lo suspendió dando como motivo que « Pese a lo manifestado por el solicitante, en la prensa del día 18 se hizo público que la citada cena homenaje a don Claudio Sánchez Albornoz iba a ser ‘de base a un grupo de antiguos miembros de Acción Republicana para intentar resucitar el antiguo partido de Manuel Azaña, bajo el nombre de Acción Democrática Republicana Española’, finalidad que en modo alguno fue declarada por los promotores ». La nota también se puede leer en ABC, 20/05/1976, p.8.
44. « Sánchez Albornoz, doctor ‘honoris causa’ en Oviedo », El País, 22/05/1976.
45. « El Rey recibe a Don Claudio Sánchez Albornoz », La Vanguardia Española, 01/07/1976, p. 10; « Sánchez Albornoz, recibido por el Rey », ABC, 01/07/1976 ; « ‘Mi entrevista con el Rey es secreta y no diré nada sobre ella’ », La Vanguardia Española, 03/07/1976; « Sánchez Albornoz: ‘Mi entrevista con el Rey es secreta’ », ABC. Edición de Andalucía, 03/07/1976, p.9.
46. Claudio Sánchez Albornoz, Confidencias, Madrid, Ed. Espasa-Calpe, 1979, p. 15-16.
47. « Dos meses y medio ha permanecido don Claudio Sánchez-Albornoz entre nosotros. Su presencia, multiplicada en entrevistas, en homenajes, ha sido el mejor regalo que esta ‘primavera española’ […] podía traernos, colándose por puertas y ventanas súbitamente abiertas, al cabo de una larga y hosca clausura. » Carlos Seco Serrano, « ¡Gracias, Don Claudio… y hasta pronto », ABC, 08/07/1976.
48. « Sánchez Albornoz, tras la suspensión de su homenaje », ABC, 20/05/1976, p.11.
49. Un análisis de las connotaciones positivas que envolvieron el uso en estos años del término reconciliación por parte de todos los grupos políticos en Javier de Santiago Guervós, El léxico político de la Transición española, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1992. p.39 y s.
50. Braulio Díaz Sal, « Hay que recordar los horrores de la guerra civil y no repetir los errores cometidos », La Vanguardia, 20/01/1982, p.29.