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	<title>Éditions Ruedo ibérico &#187; Actos</title>
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		<title>Ruedo ibérico en la Sorbona</title>
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		<pubDate>Sun, 23 Aug 2009 12:10:57 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[Ruedo ibérico]]></category>

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		<description><![CDATA[El 19 de mayo de 2009 el centro UNED de París organiza una Conmemoración de los 70 años del inicio del exilio de 1939 en el anfiteatro Richelieu de la Sorbona, a la cual se convida a Marianne Brull a participar en una Mesa redonda en tanto que representante de Ediciones Ruedo ibérico
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			<content:encoded><![CDATA[<div id="attachment_493" class="wp-caption alignnone" style="width: 310px"><img src="http://www.ruedoiberico.org/blog/wp-content/uploads/2009/08/2009-05-16-eri-en-pantalla-300x200.jpg" alt="2009-05-16-eri-en-pantalla" width="300" height="200" class="size-medium wp-image-493" /><p class="wp-caption-text">Ruedo ibérico en la Sorbona!</p></div>
<p>El 19 de mayo de 2009 el centro UNED de París organiza una Conmemoración de los 70 años del inicio del exilio de 1939 en el anfiteatro Richelieu de la Sorbona, a la cual se convida a Marianne Brull a participar en una Mesa redonda en tanto que representante de Ediciones Ruedo ibérico</p>
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		<title>Ruedo ibérico: un desafío intelectual</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Jun 2009 19:39:42 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Actos]]></category>
		<category><![CDATA[Video]]></category>
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		<description><![CDATA[Exposición organizada por la Residencia de Estudiantes de Madrid en 2004
Comisario Nicolás Sánchez Albornoz


Itinerario posterior de la exposición
CUENCA   Fundación Antonio Pérez   del 3 de abril al 29 de junio de 2009
TOULOUSE   Instituto Cervantes de Toulouse  del 4 de febrero al 6 de marzo de 2009
LISBOA   Instituto Cervantes [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Exposición organizada por la Residencia de Estudiantes de Madrid en 2004<br />
Comisario Nicolás Sánchez Albornoz</p>
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<p><span id="more-253"></span></p>
<p><strong>Itinerario posterior de la exposición</strong></p>
<p>CUENCA   Fundación Antonio Pérez   del 3 de abril al 29 de junio de <strong>2009</strong><br />
TOULOUSE   Instituto Cervantes de Toulouse  del 4 de febrero al 6 de marzo de <strong>2009</strong><br />
LISBOA   Instituto Cervantes de Lisboa   del 6 de noviembre de 2008 al 22 de enero de <strong>2009</strong><br />
LONDRES   Instituto Cervantes de Londres   del 23 de abril al 30 de mayo de <strong>2008</strong><br />
PARÍS   Instituto Cervantes de París   del 14 de febrero al 4 de abril de <strong>2008</strong><br />
VALLADOLID   Sala municipal de exposiciones de la Casa Revilla   del 10 de octubre al 11 de noviembre de <strong>2007</strong><br />
LYON   Instituto Cervantes de Lyon   del 18 de enero al 28 de febrero de <strong>2007</strong><br />
ÁMSTERDAM   Instituto Internacional de Historia Social   del 6 de octubre al 14 de noviembre de <strong>2006</strong><br />
VALENCIA   Biblioteca Valenciana   del 10 de marzo hasta el 11 de mayo de <strong>2005</strong><br />
A CORUÑA   Fundación Luis Seoane   del 25 de noviembre al 6 de marzo de <strong>2005</strong><br />
MADRID   Residencia de Estudiantes   del 9 de junio al 25 de julio de <strong>2004</strong></p>
<p><a href="/blog/2009/05/intervencion-de-francois-maspero-con-ocasion-de-la-inauguracion-de-la-exposicion-en-paris-en-2008/">Texto completo de la intervencion de F. Maspero en Paris</a><br />
<a href="/blog/2009/06/%e2%80%9cy-el-cinismo-sin-llegar%e2%80%9d/">Texto de la intervencion de J. Herralde en Madrid</a></p>
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		<title>“Y el cinismo sin llegar”</title>
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		<pubDate>Sat, 27 Jun 2009 19:32:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>coordinadora</dc:creator>
				<category><![CDATA[Actos]]></category>
		<category><![CDATA[Artículos sobre Ruedo]]></category>
		<category><![CDATA[Ruedo ibérico]]></category>

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		<description><![CDATA[Homenaje a Pepe Martínez y el Ruedo ibérico
Jorge Herralde
En los años 60, la década por excelencia de la edición política, que prosiguió en la década posterior y en cuyas postrimerías casi desapareció hasta muchos años después, en mi opinión tres figuras descolgaban por encima de todas, tres faros, tres ejemplos para cualquier editor con vocación [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p><strong>Homenaje a Pepe Martínez y el Ruedo ibérico</strong></p>
<p><strong>Jorge Herralde</strong></p>
<p>En los años 60, la década por excelencia de la edición política, que prosiguió en la década posterior y en cuyas postrimerías casi desapareció hasta muchos años después, en mi opinión tres figuras descolgaban por encima de todas, tres faros, tres ejemplos para cualquier editor con vocación antifranquista. Eran el italiano Giangiacomo Feltrinelli, el francés François Maspero y el español José Martínez.<br />
También debe destacarse en especial a Jérôme Lindon, que en sus Éditions de Minuit, además de lanzar el <em>nouveau roman</em>, tomaba arriesgadas posturas, personales y editoriales, respecto a la guerra de Argelia y la tortura de las tropas francesas, y desde luego el formidable catálogo de Giulio Einaudi, muy próximo políticamente al PCI. En España la excepcional labor de Carlos Barral en Seix-Barral fue casi exclusivamente literaria, alejada de ensayos políticos.</p>
<p><span id="more-237"></span></p>
<p><strong>Primeros pasos</strong></p>
<p>Volviendo a los tres editores insurrectos por excelencia, mientras los Feltrinelli poseían una de las mayores fortunas de su país y Maspero era de familia acomodada, Pepe Martínez, que nació en 1921 en un pueblecito valenciano, era hijo de un minero anarquista. Se exilió en París en 1948, como miembro activo de las Juventudes Libertarias, donde reencuentra a Nicolás Sánchez Albornoz, a quien había conocido en 1946 como miembro de la FUE, y éste lo conecta con Paco Lamana, Barbara Probst Salomon y Paco Benet, con quien codirige la revista <em>Península</em>, de la que salieron dos números, abogando por la revolución democrática, y que fue su primera experiencia editorial contestataria. En 1950 conoce a Francisco Carrasquer y en 1955 sigue los cursos de Pierre Vilar en la Sorbona. Empieza a tomar contacto con la profesión editorial gracias a su compañera Elena Romo, que le pasa diccionarios Larousse para la corrección de textos. Pero fue gracias a la joven estudiante Marianne Brüll como en 1957 ingresa en calidad de jefe de producción en la editorial Hermann, donde estaría cinco años, hasta 1962, en que fundó Ruedo ibérico. En Hermann aprendió el oficio, de la mano de Adrian Frutiger, un reputado tipógrafo suizo, el gran maestro de Pepe Martínez, quien se convirtió, en palabras de su amigo y colaborador Antonio Pérez, en “una auténtica enciclopedia tipográfica”.</p>
<p>Y en 1961 constituyen Ruedo ibérico, con recursos limitados, una constante en la historia de la editorial, cinco fundadores de diversas sensibilidades antifranquistas: Nicolás Sánchez Albornoz, Vicente Girbau, Ramón Viladás, Elena Romo y Pepe Martínez, que  es quien ejercerá de director de la editorial hasta el final.</p>
<p>Sus propósitos son nítidos: luchar contra la censura franquista y también contra la autocensura forzosa de quienes publicaban en España. Y así como otras editoriales de exiliados se dirigían a los mismos exiliados, desde el inicio se planteó vender en España y publicar básicamente libros de ensayo, más castigados por la censura. Al año siguiente se publicó el primer libro, que causó una gran conmoción: <em>La guerra civil española</em> de Hugh Thomas.</p>
<p><strong>El catálogo de Ruedo ibérico</strong></p>
<p>El primer título de la editorial, en 1961, fue, en efecto, un éxito resonante: <em>La guerra civil española</em> de Hugh Thomas, un historiador que no era ni es nada revolucionario precisamente. Era una obra muy documentada y con voluntad objetiva, que daba, por tanto, una visión de la contienda que no tenía nada que ver con la hagiografía de la cruzada. Poco después, en 1962, otro libro, E<em>l laberinto español</em> de Gerald Brenan, con el significativo subtítulo de <em>Antecedentes sociales y políticos de la guerra civil</em>, que abarcaba desde 1874 hasta 1936, es decir, era una suerte de introducción, espléndida y con una clara perspectiva de izquierdas, al libro de Thomas, y los dos conformaban una suerte de díptico imprescindible para muchos lectores españoles.</p>
<p>De la valiosísima trayectoria de Ruedo ibérico en París (1961-1977) subrayaría varias áreas. Los libros en torno a la guerra civil, en los que destacan, aparte de los ya citados, <em>El mito de la cruzada de Franco</em> de Herbert Southworth, <em>Diario de la guerra de España</em> de Mijail Koltsov, <em>Revolución y contrarrevolución en España</em> de Joaquín Maurín, <em>Los problemas de la revolución española</em> de Andrés Nin,<em> El reñidero español. Relato de un testigo en los conflictos sociales y políticos de la guerra civil española</em> de Franz Borkenau, <em>Breve historia de la guerra civil</em> de Gabriel Jackson y el primero de los libros que un joven Ian Gibson publicó sobre Lorca. Otra veta es la de jóvenes autores españoles, a menudo con seudónimo, que inciden frontalmente en temas contemporáneos, como Ignacio Fernández de Castro, Luciano Rincón, Juan Goytisolo, Juan Martínez Alier, Manuel Vázquez Montalbán o Jesús Ynfante con el celebérrimo libro sobre el Opus Dei, la “Santa Mafia”, así como libros colectivos como el valiosísimo <em>España hoy</em>.</p>
<p>Entre las obras anarquistas destacan la magna obra en tres volúmenes <em>La CNT en la revolución española</em> de José Peirats, <em>Los anarquistas españoles y el poder</em> de César M. Lorenzo y las memorias de Cipriano Mera y Juan García Oliver (las de este último ya editadas en España, en 1978), y también análisis más contemporáneos como <em>Crítica de la izquierda autoritaria en España 1967-1974</em> y <em>El anarquismo español y la acción revolucionaria 1961-1974</em>.<br />
Asimismo figuran <em>La pell de brau</em> de Salvador Espriu, <em>El pensamiento político de Castelao</em> y <em>Galicia hoy,</em> mientras que en los varios volúmenes dedicados a Euskadi destaca el apoyo prestado a la editorial vasca Mugalde para la publicación de <em>Operación Ogro: Cómo y por qué ejecutamos a Carrero Blanco</em>.<br />
Encontramos también en el catálogo figuras de disidencias varias como Trotski, Bujarin, Fernando Claudín, Carlos Franqui, Castoriadis, Lefort.</p>
<p>Y finalmente una deriva más erótica y licenciosa, en una onda similar a la del editor francés Jean-Jacques Pauvert, con títulos como <em>La revolución sexual</em> de Wilhelm Reich, la célebre <em>Emmanuelle</em> o textos de Georges Bataille y Xavier Domingo. Una deriva que completaba la transgresión total a la que no hacía precisamente ascos el nada mojigato Pepe Martínez.</p>
<p>En cuanto a la difusión de los libros, demos la palabra a su gran amigo Francisco Carrasquer, un conocedor del tema, que en una entrevista en el <em>Avui</em> afirmaba: “Entre los más vendidos de la primera época podemos mencionar, en orden decreciente, <em>La prodigiosa aventura del Opus Dei</em> de Jesús Ynfante, <em>El laberinto español</em> de Gerald Brenan, <em>La Guerra Civil española</em> de Hugh Thomas, <em>El mito de la cruzada de Franco</em> de Herbert Southworth y <em>Franco. La obsesión de ser. La obsesión de poder </em>de Luis Ramírez (seudónimo de Luciano Rincón)”.</p>
<p><strong>Cuadernos de Ruedo ibérico</strong></p>
<p>Los<em> Cuadernos de Ruedo ibérico</em>, cuya historia está tan íntima e intrincadamente enlazada con la de la editorial, y ambas identificadas, claro está, con Pepe Martínez, tuvieron un papel aún más relevante que la propia editorial, como bien adivinó Pepe, en su función de información ágil, denuncia política y reflexión teórica.<br />
Podría decirse, al menos en mi caso, que la lectura de los <em>Cuadernos de Ruedo ibérico</em> y de <em>Triunfo</em>, que mediante sus artículos sobre política exterior informaba oblicuamente sobre la realidad española, fueron de extrema importancia formativa. Ambas, de forma significativa, desaparecieron el mismo año, 1979.</p>
<p>Los <em>Cuadernos</em> empezaron a publicarse, con su característico formato casi cuadrado y su elegante y sobria maquetación, el 25 de julio de 1965, con vocación bimensual, y su último número, el 63-66, apareció en 1979.<br />
Su primera etapa, hasta el número 42, de 1974, es de clara inspiración marxista con el antifranquismo como referencia. En los primeros números, con Semprún, Claudín y Vicens, recién expulsados del PCE, y Castells, García Rico y Antonio Pérez, siempre bajo la batuta de Pepe. Y también desde sus inicios tuvo la colaboración, especialmente en el ámbito literario, de Juan Goytisolo. A partir del nº 6, en 1966, van aterrizando y coexistiendo con los anteriores los jóvenes cachorros universitarios del FLP (o los sucesivos felipes), una lista innumerable. Por citar unos nombres: Leguina, Nacho Quintana, Luciano Rincón, Fernández de Castro, López Campillo, José Luis Leal, Maragall, Comín, Vázquez Montalbán, Tomás de Salas. Y colaboran activamente Colodrón, Salvador Giner y dos nombres imprescindibles que acompañarán al editor hasta el final: José Manuel Naredo y Martínez Alier. Teniendo en cuenta los nombres citados y otros muchos más, resulta sangrante la indiferencia u hostilidad con que fue acogido Pepe a su regreso, y tanto más cuando los socialistas formaron gobierno.</p>
<p>En la segunda época, inaugurada con el nº 43-45, en 1975, se definía una línea antiautoritaria, es decir libertaria en un sentido amplio, con un consejo de redacción formado por Naredo, Martínez Alier, Colodrón y el propio Pepe. Una línea que lo enfrentó con sus antiguos colaboradores marxistas de la etapa anterior. Y en 1977, con Marx. Bakunin, un número monográfico sobre anarquismo coordinado por Francisco Carrasquer, se inaugurará una etapa específicamente libertaria que concluirá con el suplemento <em>CNT: ser o no ser. La crisis 1976-1979</em>, redactado casi íntegramente por Pepe Martínez bajo su seudónimo de Felipe Orero, que fue recibido con el silencio glacial de los cenetistas.<br />
Éste fue el triste final de los <em>Cuadernos</em>, con Pepe cargado de deudas, enfrentado con sus antiguos colaboradores que estarían pronto en el poder y sin ninguna influencia entre los anarquistas organizados.</p>
<p><strong>Circulación en España de Ruedo ibérico</strong></p>
<p>¿Cómo conseguir las publicaciones de Ruedo ibérico?<br />
Hablo de mi experiencia personal y la de muchos otros jóvenes barceloneses atraídos por la mítica editorial. Por una parte, los viajes, en especial a Perpignan, donde a principios de los 60 unos cinéfilos barceloneses, bajo el nombre de Linterna Mágica, organizaban exhaustivos <em>weekends</em> cinematográficos en los que descubrimos el mejor cine internacional, desde luego inaccesible en España (recuerdo los memorables ciclos dedicados a la Escuela de Nueva York o al <em>free cinema</em> británico). Pese al apretado programa, sacábamos tiempo para ir a ciertas librerías que tenían sus altares revolucionarios de Ruedo ibérico, cuyos libros luego pasábamos camuflados por la frontera con cierta zozobra. Si uno llegaba a París, estaba la visita obligada a la Joie de Lire, la librería del editor François Maspero, donde podían satisfacerse ansias bibliográficas revolucionarias de amplio espectro, o más adelante, en 1970, se podía acudir a la propia librería de Ruedo ibérico, en la rue de Latran.<br />
Tampoco era tan difícil encontrarlos en Barcelona. Ruedo ibérico se distribuyó de forma bastante continuada durante muchos años básicamente gracias a dos importadores: uno era el editor y librero Siegfried Blume, gran amigo de Pepe Martínez, y el otro, Rufino Torres, un ex guardia civil que, por razones obvias, conocía bien los entresijos fronterizos, y que incluso, en una ocasión, alertó a Pepe de que tenía un “topo”, un informador en Ruedo. En América Latina, otro editor y amigo, Juan Grijalbo se ocupó del tráfico de libros.</p>
<p>Una vez en Barcelona, las librerías más arriesgadas tenían su rebotica con ejemplares prohibidos para clientes de confianza. En mi caso, mi librero de cabecera era Enric Folch, el ahora director de Paidós y entonces director de Áncora y Delfín, un auténtico maestro suministrando información confidencial y sumamente persuasiva acerca de los tesoros ocultos recién llegados.<br />
Y en el barrio de la editorial, en Sarrià, había también otra posibilidad de suministro: periódicamente, un hombre más bien provecto, con un maletín lleno de libros de Ruedo ibérico, de Ediciones Ebro o de la Librería Española de París, tenía su recorrido bien planificado: así, además de Anagrama, visitaba al arquitecto Emilio Donato o al futuro escritor José María Riera de Leyva, entre otros. Es decir, los lectores de Ruedo en Sarrià tenían nombres, apellidos y dirección. Y naturalmente los libros circulaban. Aunque fueran tesoros se prestaban, se leían, se discutían.</p>
<p>Se ha dicho, y es muy cierto, que los textos de Ruedo ibérico eran una formidable arma de contrainformación que ponía al descubierto las mentiras o silencios de la información oficial o permitida. Y en concreto los <em>Cuadernos de Ruedo ibérico</em> han sido considerados, unánimemente, una revista fundamental para la toma de conciencia de los jóvenes estudiantes españoles, la más importante plataforma de discusión política.</p>
<p><strong>Ruedo ibérico se instala en España</strong></p>
<p>Bajo el rótulo Ibérica de Ediciones y Publicaciones, entre 1977 y 1982 se publicaron 22 títulos, entre los que podrían destacarse algunos de los libros más valiosos del fondo de Ruedo ibérico -de Southworth, Borkenau, Nin, Brenan-, el volumen colectivo <em>Extremadura saqueada</em>, en 1978, un libro antisistema coordinado por Naredo, Mario Gaviria y Juan Serna, que fue un empeño de gran envergadura, y textos anarquistas con mención de honor para las memorias de García Oliver. También las <em>Crónicas sarracinas</em> de Juan Goytisolo.</p>
<p>Sin discutir, desde luego, la validez y el rigor de dichas publicaciones y la vigencia, incluso actualísima, de muchos de sus análisis y denuncias, Ruedo ibérico se instaló en España en un momento muy especial, bajo cuyos efectos sucumbieron o se vieron muy golpeadas numerosas iniciativas de editoriales progresistas.<br />
Yo mismo lo viví en Anagrama, a raíz de las elecciones que dieron el triunfo a Suárez, en junio de 1977, cuando se produjo lo que muy sintéticamente se llamó el desencanto, a raíz de un resultado que nada tenía que ver con la ruptura deseada, que ya se adivinaba imposible. Bruscamente desertaron los lectores de tales publicaciones. Y esto no es una opinión, sino aritmética editorial, de restas más que de sumas. Ello provocó, como es bien sabido, el cierre de revistas tan significativos del antifranquismo como <em>Triunfo, Cuadernos para el Diálogo</em> y <em>La Calle</em> y los graves problemas de muchas editoriales que habían luchado por ensanchar los límites de la libertad de expresión, por lograr nuevos espacios de libertad, según la terminología de la época, además de la tristísima defunción de Ruedo ibérico.</p>
<p>¿Adónde fueron a parar aquellos lectores perdidos, los lectores más politizados? Hipótesis de trabajo: desengañados, se marcharon a la India o se refugiaron en la heroína (no pocos tenemos amigos que cedieron e incluso sucumbieron trágicamente ante esas tentaciones), otros se pasaron a la novela negra (la responsable de Cinc d’Oros, la librería “roja” por excelencia de Barcelona, me contó un día: “Tenemos los mismos clientes, pero los que antes leían a Lenin ahora leen a Chandler y Patricia Highsmith”). Y otros pasaron de la militancia clandestina a la política legalizada y más o menos acomodada, dando por clausurada su formación teórica (y aquí los ejemplos son innumerables).</p>
<p>Este desencanto no fue privativo de nuestro país. También y en tiempos similares se produjo en Francia, tras la resaca del Mayo francés -significativamente Maspero tuvo que abandonar la edición y su empresa, convertida en La Découverte, se reorientó en una línea más acorde con los tiempos, y Christian Bourgois tuvo que sosegar “10/18”, posiblemente la colección de bolsillo más combativa de la época-, o en Italia, tras los “años de plomo”, en los que los responsables de Feltrinelli tuvieron que poner en marcha una enérgica operación de cirugía, tanto de programa como de colaboradores, o en Alemania, donde tras la disolución de la izquierda extraparlamentaria que encabezó Rudi Dutschke, el combativo editor Klaus Wagenbach tuvo también que replegarse.<br />
Debido a la cuasi desaparición de la censura, Ruedo ibérico perdió su función más específica: la publicación de aquellos libros que sólo una editorial en el exilio podría editar.</p>
<p>Pero ya antes, desde finales de los 60, desde la apertura que siguió a la ley Fraga, pese a sus limitaciones, secuestros de libros y procesos, se empezaron a publicar textos antes impensables, de forma cada vez más sostenida, con las editoriales empujando y empujando. Basta repasar los catálogos de la época de Laia, Cuadernos para el Diálogo, Península, Fontanella, Comunicación o Anagrama, por citar algunas de las más combativas, o Ciencia Nueva, Edima o Cultura Popular, desaparecidas en combate. Un alud de publicaciones, cada vez con menos tabúes, aunque persistía el de la Guerra Civil, que contribuyeron a diluir el impacto de las ediciones de Ruedo ibérico. Con la paradoja de que con la apertura de Fraga, el enemigo mortal de la editorial, se inicia el declive de Ruedo. Además, el escoramiento radical de <em>Cuadernos de Ruedo ibérico</em> la condenaba a un número restringido de lectores, con las consecuencias económicas obvias. Así, en tiempos más recientes, revistas como <em>mientras tanto</em> y <em>Archipiélago</em>, que en buena manera recogen el espíritu de los <em>Cuadernos</em>, tienen una estructura completamente artesanal, subsisten en economía de guerra, la guerra contra el sistema al que combaten.</p>
<p>Durante mucho tiempo, ante un panorama político aparentemente tan bloqueado, tan pasteurizado, no se adivinaban nuevos jóvenes lectores radicalizados. Sólo en los últimos años, la asfixia neoliberal ha provocado una considerable respuesta antisistema, la salida del letargo. Y así, autores como Noam Chomsky, Naomi Klein, Richard Sennett o Susan George, entre otros, han despertado el interés de buen número de lectores insatisfechos con el statu quo. Lectores de la última etapa de Ruedo ibérico, diríamos.<br />
Pasando al ámbito empresarial, visto desde fuera, la propuesta de Ramón Viladás de albergar Ruedo ibérico en la estructura de Edicions 62, entonces con Oriol Bohigas y Castellet al frente, seguramente hubiera dado una mayor estabilidad y sosiego a la siempre precaria Ruedo ibérico, pero había factores psicológicos e ideológicos más complejos, así como la eterna suspicacia de Pepe ante una posible pérdida del control de la editorial. En cualquier caso la sugerencia no fructificó, por lo que sobran especulaciones.</p>
<p><strong>Una deuda</strong></p>
<p>Pagué parte de mi deuda personal con Pepe Martínez con la publicación de dos libros.<br />
El primero fue una voluminosa biografía de Albert Forment con el título <em>José Martínez: la epopeya de Ruedo Ibérico</em>, un libro muy bien recibido por la crítica, nada bien por algunas personas muy allegadas a Pepe (cosa que me apenó, pero así sucede a menudo con las biografías), y bien recibido por otros amigos y colaboradores suyos como José Manuel Naredo, Francisco Carrasquer, Ramón Viladás, Nicolás Sánchez Albornoz o su fiel amigo gallego Isaac Díaz-Pardo, en cuya galería Sargadelos de Madrid se presentó el libro. Incluso el muy cáustico Juan Martínez Alier, después de señalar insuficiencias y errores, celebró que por fin se hubiera escrito un primer libro sobre el tema. Asimismo, en la publicación anarquista <em>Solidaridad obrera</em>, Carlos Sanz afirmaba: “Pepe Martínez es con toda seguridad el personaje más importante del mundo editorial durante el franquismo. Este libro, al margen de interpretaciones erróneas o no sobre la personalidad de Pepe, cumple con su principal finalidad: reivindicar y recuperar la memoria de Pepe Martínez y Ruedo Ibérico; la publicación de su investigación ha valido la pena”.</p>
<p>El otro libro publicado por Anagrama fue la reedición aumentada de un <em>Cuaderno de Ruedo ibérico</em> que no fue colectivo sino, excepcionalmente, obra de un solo autor, Aulo Casamayor, seudónimo del prestigioso economista José Manuel Naredo. Un libro con un título contundente: <em>Por una oposición que se oponga</em>, todo un programa a trasmano de la postura de los partidos políticos de izquierda, a finales de 1976. Su subtítulo rezaba así: <em>Crítica a las interpretaciones del capitalismo español y a las alternativas que ofrece la “oposición política”</em>. Su prólogo a nuestra edición, de diciembre de 2002, empieza así: “El presente volumen plantea el análisis de la llamada “transición política” desde perspectivas diferentes a las habitualmente divulgadas. Muestra que el verdadero éxito de esta operación ha sido prolongar, sin “traumas”, bajo la nueva cobertura “democrática”, el tipo de sociedad piramidal que nos había tocado vivir bajo el franquismo, eso sí, debidamente renovada y asociada a lo más granado del capitalismo transacional y a la cúpula del poder político-militar mundial, gobernada por Estados Unidos”.</p>
<p>Un texto de una dureza diamantina que, lógicamente, levantó ampollas por su crítica frontal al Partido Comunista, al que tildaba de colaboracionista, y propugnaba una nueva izquierda, una izquierda radical que aspiraba a nuevas formas de acción y organización para la liberación de la especie humana.<br />
Cuando lo presenté en Barcelona afirmé que se trataba de un libro de referencia tan indispensable como incómodo para la derecha confesa como para la presente izquierda. Y concluí con una profecía nada arriesgada: “Un libro que debería provocar un debate político pero que es posible que se silencie”. Y así ocurrió, salvo con las contadas excepciones de rigor.</p>
<p>Si recuerdo bien, conocí a Pepe Martínez en la Feria de Frankfurt, a la que asistió desde 1971 hasta al menos 1978, mientras que yo empecé en 1969. Estábamos ambos en el área de los editores españoles y más de un año estuvimos en stands vecinos. El ritmo de trabajo era más sosegado que ahora &#8211; y en su caso lo importante y simbólico era la desafiante presencia de Ruedo ibérico-, por lo que teníamos tiempo para largas charlas, en las que exhibía su humor cortante y su vasto conocimiento tanto del milieu del exilio como de las conspiraciones del interior. Y también, claro está, sus entusiasmos de editor. Además, por su stand y en menor medida por el de Anagrama aterrizaban con frecuencia exiliados políticos, periodistas y colegas izquierdosos varios.</p>
<p>Naturalmente fui sensible al encanto personal de Pepe Martínez, reforzado por el aura de Ruedo ibérico. El historiador Antonio Elorza, que en su juventud fue un colaborador de Pepe, lo describe así: “Un tipo excepcional, de formación anarquista, gustos aristocráticos y talante autoritario, en grado sumo irascible”, “con rasgos que recuerdan la aventura equinoccial de Lope de Aguirre”. En suma, añade Elorza, “un personaje fascinante que, al igual que Juan García Oliver, el líder anarcobolchevique a quien tanto admiraba, llevaba dentro una formidable carga de destrucción”.</p>
<p>Un dandy “sempruniano”, según acertada precisión de Jordi Gracia, con una coquetería característica y personalísima: llevar la corbata por encima del jersey. Otro dandy muy distinto, Giovanni Agnelli, el gran patrón de la Fiat, se distinguió también con otro tic persistente: el reloj por encima de la camisa.</p>
<p>Pienso que Pepe Martínez miraba con afecto las publicaciones de Anagrama, que también era una editorial abierta a las varias sensibilidades de la izquierda, con una subrayada tendencia hacia los marxismos heterodoxos y el pensamiento libertario. Es decir que Anagrama publicaba, en especial en sus Cuadernos, a Trotski, Maurín, el Che, Mao, Wilhelm Reich, Gunder Frank, Chomsky, su maestro Pierre Vilar, Lucio Magri, Santi Soler del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación), Bakunin, Kropotkin y naturalmente a los situacionistas. Y también, en otra vertiente, a Sade, Breton, Bukowski. Y Pepe sabía de los numerosos procesos y secuestros que había tenido la editorial. Y así como, en 1975, la ultraderecha española plantó una bomba, que causó serios daños, en la sede de Ruedo Ibérico en la rue de Latran, también en España se dedicaban a atacar librerías, con total impunidad, y además, en el mayor percance de la época, incendiaron el almacén de Distribuciones de Enlace, que albergaba los fondos de las ocho editoriales progresistas, entre ellas Anagrama, que componían la sociedad.</p>
<p>Pero no se trata de hablar de Anagrama sino sólo de subrayar las afinidades editoriales. Y una de ellas en especial. Como es lógico, Pepe Martínez, aunque muy tardíamente, descubrió y quedó deslumbrado por los textos de los situacionistas, tan radicales como él y también hedonistas, bebedores e insolentes (y también con su toque dandy: recuérdese la inusitada encuadernación plateada de la revista de la Internacional Situacionista). El 10 de febrero de 1981 escribió a Francisco Carrasquer informándole de sus recientes lecturas de Debord, Vaneighem, Sanguinetti, Vienet y del famoso panfleto <em>Sobre la miseria en el medio estudiantil</em>, e incluso intentó publicar <em>Sobre el terrorismo y el Estado</em> de Gianfranco Sanguinetti, y también a Antonio Negri, el líder de Autonomia Operaia, dos ejemplos de confrontación radical del capitalismo contemporáneo.</p>
<p>En mi trato con él, siempre cordial, nunca sufrí ninguna de sus legendarias cóleras, aunque para ser exactos asistí a una inesperada explosión. En mayo de 1977, después de casi dos décadas de exilio en París, Pepe Martínez hizo su primer viaje a España para preparar la implantación de Ruedo ibérico en nuestro país. Los editores amigos de Barcelona, entre los que recuerdo a Grijalbo, Castellet, Barral, Comín, Beatriz de Moura, brindamos con él por su regreso y en el curso de una comida muy cordial se le cruzaron los cables y empezó a atacar al pobre Alfonso Carlos Comín, miembro del PSUC y el ser humano más parecido a un arcángel que yo haya conocido nunca, acusando al partido comunista y, ya puestos, al propio Comín de todos los crímenes estalinistas en la Guerra Civil, hasta que la enérgica bonhomía de Juan Grijalbo logró apaciguarlo.</p>
<p>El 20 de abril de 1978 se celebró en la Galería Maeght de Barcelona que dirigía su viejo amigo Paco Farreras una gran fiesta para presentar oficialmente en España Ruedo ibérico y su filial Ibérica de Ediciones y Publicaciones, a la que acudió Tarradellas, también viejo y leal amigo del exilio, y la representación de todas las faunas de la izquierda, desde los supervivientes del grupo de Puig Antich hasta la izquierda liberal más moderada, como le cuenta a su amigo italiano Giorgio Agosti en una carta, en la que constata, lúcido: “Esa noche enterré un muerto, muerto desde hace meses: el viejo Ruedo ibérico. Pienso que lo enterramos todos los presentes. Se acabó esa especie de Frente Popular cultural que fue Ruedo ibérico durante más de quince años”. Y más exactamente, para decirlo en palabras de José Manuel Naredo, “Ruedo ibérico (para sus antiguos amigos de la oposición antifranquista) pasó de ser una plataforma útil a convertirse en un testigo incómodo de las componendas políticas de la transición”.</p>
<p>Cuando ya residía en Madrid, a mediados de los 80, pude reunir a los dos grandes amigos, Pepe Martínez y François Maspero, a propósito de la traducción de la novela de este último <em>Le sourire du chat</em>, que le propuse a Pepe y que aceptó. Pepe cuenta en una carta a una amiga italiana: “Las quasi-memorias de François Maspero, que fue mi colega, mi amigo y mi vecino en París. Era un editor de izquierda que se arruinó como yo. Pero él verdaderamente arruinado porque era rico. Hago esta traducción para un editor español que ha halagado mi vanidad diciéndome que Maspero y yo somos sus maestros: seguro que se arruina”. Por fortuna se equivocó, Anagrama se había salvado por los pelos de la quiebra a finales de los 70, tras el famoso desencanto y otros percances. Y por desgracia Pepe no pudo asistir a la presentación del libro de Maspero en Madrid en 1987, había fallecido solo y amargado, como demasiado bien sabemos, el año anterior.</p>
<p>Dejando de lado sus ciclotimias y susceptibilidades, o las especulaciones sobre carácter y destino, al contemplar el espléndido catálogo de Ruedo ibérico que él había construido, de forma irrepetible, un catálogo que es la demostración de su gran valía como editor, en él se reflejan sus grandes pasiones, la recuperación de la memoria colectiva, la contrainformación de las mentiras oficiales para propiciar la transformación en profundidad de la sociedad. También sus conocimientos tipográficos, la búsqueda de la belleza, de la dignidad estética de sus libros. Y su talento para alentar y propiciar y saber “ver” libros posibles pero aún no existentes y también la abnegada labor de convertir manuscritos poco elaborados en textos dignos de Ruedo ibérico.</p>
<p>Un aspecto muy a tener en cuenta es la importancia de las innumerables cartas que Pepe Martínez escribió a lo largo de su vida y de las que, muy consciente de la importancia de su testimonio -la omnipresente obsesión de preservar la memoria histórica-, guardó minuciosamente las copias y ahora están depositadas en el benemérito Instituto Internacional  de Historia Social de Amsterdam.</p>
<p>Y voy a terminar esta intervención demasiado larga con dos citas. Una, de su amigo Juan Goytisolo acerca de la muerte de Ruedo Ibérico, en 1982, a causa de, dice lapidariamente, “el triple dogal de la confusión, el pasotismo y el desencanto” de la sociedad española. Y la otra, del propio Pepe. Dice así: “Y el cinismo sin llegar”&#8230; Una frase, desde luego, referida a sí mismo, viejo león malherido pero irreductible.</p>
<p>Texto de su intervención en el Seminario <em>Ruedo ibérico, un desafío intelectual</em> organizado por la Residencia de Estudiantes el 15 de junio de 2004 en Madrid con ocasión de la exposición del mismo título. Publicado en HERRALDE, Jorge, <em>Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos</em>. Anagrama, 2006, pp. 177-192.</p>
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		<title>Intervención de François Maspero con ocasión de la  inauguración de la exposición en Paris en 2008</title>
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		<pubDate>Sun, 31 May 2009 17:28:33 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Artículos sobre Ruedo]]></category>

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			<content:encoded><![CDATA[<p>« Lorsque nous aurons fait la révolution, une des choses les plus urgentes à faire sera de fusiller tous les flics et les juges. — Oui, mais par quoi les remplacerons-nous ? — Par les camarades les plus sûrs, les plus dévoués, les plus honnêtes de la CNT. — Mais ces camarades, au bout d’un certain temps, n’entreront-ils pas dans la peau des flics et des juges d’avant la révolution ? — Si, bien sûr. C’est pourquoi, au bout de dix ans, il faudra les fusiller à leur tour. — Et on les remplacera par d’autres camarades de la CNT, sûrs, dévoués, etc. ? — Oui, et bien entendu, il faudra fusiller ceux-là aussi au bout de dix ans. Et ainsi de suite. »</p>
<p><span id="more-57"></span></p>
<p>J’aimais beaucoup l’humour de mon ami José Martínez. Un humour souvent très noir. José Martínez —— que je n’ai jamais appelé Pepe, mais souvent don José — a été mon ami, un ami comme on en a peu dans une vie.</p>
<p>Aujourd’hui, quand j’y repense, je me dis que cette amitié peut paraître étrange. Je n’ai pas partagé, comme ses amis espagnols qui sont ici avec moi ce soir, des années très dures de luttes, de souffrances, d’espoirs. Je suis peut-être seulement un ami de l’extérieur. Je ne sais pas s’il avait d’autres amis français comme moi. Nous venions de mondes différents. Pourtant, nous avons été, pendant plus de dix ans, des amis très proches. Qu’est-ce qui nous rapprochait ? Le métier, bien sûr. Je me rends compte aujourd’hui que, pendant les vingt-trois ans où j’ai fait le métier d’éditeur, José Martínez a été le seul éditeur que j’ai vraiment connu, avec qui j’ai eu vraiment des liens d’amitié, des liens fraternels. (Encore que, en y repensant, j’en trouve un autre : Nils Andersson, des éditions La Cité à Lausanne, qui publiait pendant la guerre d’Algérie les livres interdits en France, et que la Confédération Helvétique a récompensé, plus tard, en l’expulsant vers son pays natal, la Suède.) Mais il y avait aussi quelque chose de plus fort que le métier. Chacun à notre manière, nous étions des hommes en colère.</p>
<p>Nous nous sommes rencontrés en 1963. C’est lui qui est venu me voir. J’étais éditeur depuis quatre ans, lui depuis deux ans. Il m’a dit que mon travail l’intéressait et qu’il voulait voir la tête que j’avais. Il avait onze ans de plus que moi, et une expérience beaucoup plus lourde que la mienne, un engagement militant plus fort, il avait souffert dans sa chair de la répression et aussi des trahisons, qui avaient forgé son regard sur la vie. Moi, au sortir de l’adolescence, j’avais connu les espoirs déçus de la Résistance française. Surtout, je venais de traverser la période de la guerre d’Algérie, et ma colère venait d’avoir vu mon pays se conduire en Algérie comme l’occupant nazi s’était conduit en France.</p>
<p>Nous étions des hommes en colère, et c’est cela, je crois, qui nous a réunis et que nous avons partagé. Albert Forment, le biographe de José Martínez, nous décrit ainsi : « François Maspero, que era un hombre de mirada franca y honrada, pero triste y depresivo al igual de su queridísimo amigo José Martínez, al que le unián parecidas convicciones ideológicas y la misma profesión… » Il oublie de dire que nous avons aussi beaucoup ri ensemble. Il y a eu une époque où je le voyais presque quotidiennement, lui et Marianne Brüll, la cheville ouvrière de Ruedo Ibérico. Nous prenions un café ou un sandwich dans un tabac de la rue Dante. Nous refaisions le monde ensemble. Et, comme on dit en français : ça n’était pas triste.<br />
Notre amitié a été quelque chose de très personnel. Il est très difficile d’en parler. De la définir. Au risque de paraître un peu pédant, c’était le fameux « parce que c’était lui, parce que c’était moi », de Montaigne et La Boëtie… </p>
<p>J’avais beaucoup d’admiration pour l’homme de métier. Ce métier qu’il avait appris chez le grand éditeur scientifique Bérès, et qu’il connaissait mieux que moi. J’ai toujours fait la différence entre le métier et la profession. Notre relation n’a jamais été fondée sur des questions professionnelles, je veux dire surtout  économiques. Martínez savait ce que peu de gens avaient compris, que mon entreprise ne disposait d’aucun capital, sauf notre travail. Je n’étais pas Feltrinelli. Il connaissait mes difficultés, je connaissais les siennes, qui étaient évidemment beaucoup plus grandes. Il me faisait part de ses difficultés à mener une entreprise qu’il voulait mettre au service de toutes les forces politiques espagnoles, y compris celles qui, souvent, ne correspondaient pas à ses convictions profondes, pour mettre fin à la dictature dans son pays. Mais je ne me suis jamais impliqué dans la vie intérieure de Ruedo Ibérico. Je connaissais peu ou pas du tout ses collaborateurs et ses auteurs. Je le voyais seulement travailler avec une force formidable. Lui et Marianne Brüll, dont je voyais que, sans sa présence constante, son acharnement à faire face à toutes les questions de gestion quotidienne, Ruedo Ibérico n’aurait pas tenu un mois.</p>
<p>Quand il m’a demandé d’être le directeur gérant de la revue Cuadernos de Ruedo Ibérico (parce que la loi exigeait un directeur français), c’est justement parce qu’il savait que jamais je ne me mêlerai de la rédaction. Et si j’ai accepté, c’est parce que je savais que jamais il ne m’impliquerait dedans. Question de totale confiance. Même chose, quand mon épouse, Fanchita González Batlle, cofondatrice de nos éditions, a été, pendant plusieurs années la gérante de la société Ruedo Ibérico.</p>
<p>La seule fois où j’ai été mêlé de près à ses éditions, c’est lors du procès à Madrid (je crois que c’était en 1972) de Luciano Rincón, auteur, sous le pseudonyme de Luis Ramírez, d’une biographie de Franco que j’avais publiée également en français, et de nombreux articles dans Cuadernos de Ruedo Ibérico. Évidemment, aucun des vrais responsables de la revue ne pouvait passer la frontière pour venir témoigner, et il fallait retenir José Martínez en se cramponnant à sa veste pour empêcher ce geste qui l’aurait mené à rejoindre son auteur et ami en prison. Je suis donc allé dire devant le tribunal d’ordre public que c’était moi qui avais rajouté les passages injurieux pour le généralissime. Pour deux raisons. D’abord j’étais un maniaque du délit d’injure à chef d’État étranger : la preuve en était que j’étais déjà poursuivi devant les tribunaux français pour avoir injurié le général Mobutu (évidemment, le rapprochement n’était pas très flatteur pour le chef de l’Etat espagnol…). Ensuite, et plus sérieusement, je voulais me venger, parce que le père de ma femme, Miguel González Batlle avait été fusillé en 1939 à Barcelone. J’ai donc témoigné à Madrid, j’ai évidemment été arrêté à la sortie du tribunal et expulsé. Une expérience intéressante. Ça non plus, ça n’était pas triste.</p>
<p>Ce qui m’a frappé, au fil de ces années, c’est l’immense prestige, tout à fait disproportionné avec la taille de sa maison, dont Martínez jouissait auprès des plus grands éditeurs étrangers : je pense à Feltrinelli et Einaudi en Italie, à Fondo de Cultura Económica au Mexique, à Losada en Argentine, à l’Institut du Livre à Cuba, ainsi que, par exemple, Carlos Barral, Pedro Altares et d’autres en Espagne. J’ai pu le constater, entre autres, chaque année à la Foire du Livre de Francfort. Pour eux, il représentait ce qu’il y avait de plus vivant et surtout de plus digne, dans la culture espagnole.</p>
<p>Nous nous sommes perdus de vue à la fin des années 70. Il est rentré en Espagne. De mon côté, en 1982, j’ai abandonné le métier d ‘éditeur. En 1986, j’ai eu la surprise de recevoir une lettre de lui. Il traduisait, pour Anagrama, mon livre Le Sourire du chat. Nous avons échangé deux lettres chacun, nous promettions de nous revoir bientôt. Il me disait de venir faire une conférence à Madrid, je lui ai répondu qu’il savait très bien que j’étais incapable de faire des conférences, et, dans sa deuxième lettre, il m’a dit, que, bien entendu, il s’était moqué de moi. Je lui avais aussi demandé de m’aider, pour un nouveau livre que j’écrivais, à trouver un mot péjoratif pour désigner les Français. Il m’a répondu que gabachos était archaïque et qu’il me conseillait Franchutes, quoique aussi assez démodé. Quinze jours plus tard j’ai appris sa mort.</p>
<p>J’ai bien compris que son retour en Espagne avait été un échec. J’ai bien compris que l’Espagne de la transition voulait tirer un trait sur le passé. En pensant à sa mort, je ne peux m’empêcher d’évoquer le poème de César Vallejo, Piedra negra sobre una piedra blanca, que Jorge Semprún m’a récité le jour où nous sommes allés ensemble sur sa tombe au cimetière Montparnasse : Me moriré en París con aguacero… Mourir en exil est une tragédie, mais plus tragique encore est ce sentiment, qui me vient parfois, que José Martinez est mort en exil dans son propre pays.</p>
<p>Ce que je n’ai pas compris, en revanche, c’est qu’il aura fallu ensuite plus de vingt ans pour que la mémoire de ce travail formidable qu’il avait fait soit ressuscitée. Je sais que ses amis qui sont ici ont tout fait pour garder sa mémoire, et particulièrement son camarade de toujours, Nicolás Sánchez Albórnoz. Je sais aussi que Jorge Herralde a courageusement sauvé cette mémoire en publiant, aux éditions Anagrama, sa biographie : José Martínez, la epopeya de Ruedo Ibérico. Et je suis heureux que ce soit La Résidence des étudiants à Madrid qui ait permis à cette exposition de voir le jour. Mais surtout, j’ai vu, au fil des ans, Marianne Brüll se battre contre l’oubli. Je veux lui dire ici toute mon admiration pour cette fidélité.</p>
<p>Paris, le 14 février 2008</p>
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		<title>En 2005 se dedica una calle en Villar del Arzobispo a José Martínez</title>
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		<pubDate>Sat, 11 Apr 2009 14:34:59 +0000</pubDate>
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