Andrés Nin - Los problemas de la revolución española

LOS PROBLEMAS DE LA REVOLUCION ESPAÑOLA


Autor: Nin, Andrés.
Editor: Ruedo Ibérico.
Lugar y fecha: París, 1971.
Páginas: 230. 17,5 X 23 cm.


CONTENIDO

Se trata de una compilación de textos de Andrés Nin, a cargo de Juan Andrade, que aparecen en lengua española más de treinta años después de que fueran inicialmente concebidos. De hecho, es una justificación de las posiciones tomadas por el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), centro polémico de las divergencias entre los movimientos de agitación obrera en torno a la guerra de España.

En ellos vemos cómo la guerra civil y la revolución españolas ofrecen características que no se han presentado luego en casos análogos de la Europa del Este, China, Corea, Vietnam y Cuba: la presencia de dos importantes corrientes obreras revolucionarias independientes de los dos partidos tradicionales: el socialdemócrata y el comunista. Estos dos movimientos independientes fueron CNT-FAI y el POUM, anarcosindicalista el primero y marxista-leninista el segundo. Consideración que hace que el comentario a la obra que nos ocupa deba ir unido, completándose mutuamente, al de la titulada Les anarchistes espagnols et le pouvoir, de César M. Lorenzo.

El movimiento CNT-FAI representaba en España a masas de trabajadores de una importancia por lo menos igual a la de todos los partidos marxistas y la otra central sindical juntos. Hay que recordar cómo la intervención anarcosindicalista contra los nacionales fue fundamental y decisiva en toda Cataluña. Pero luego, el anarquismo se encontró perdido en una revolución que había predicado durante años, pero para la que no se había preparado ideológica ni materialmente. La acción de CNT-FAI fue desafortunada para sus propios objetivos: en su actuación gubernamental llegó a formar parte de un gobierno estalinizante -el de Negrín-, una de cuyas primeras finalidades fue la liquidación de toda corriente obrera no comunista, con lo que abonó el terreno para la hegemonía estalinista en España.

Cuatro capitulaciones fundamentales de CNT-FAI facilitaron la consolidación del Partido Comunista: la aceptación de la disolución del Comité de Milicias de Cataluña; el reconocimiento de la insignificante fuerza sindical filo-estalinista en la región catalana; su pasividad ante la liquidación del POUM, y la entrega -desarmados y sin garantía- de los participantes en «las jornadas de mayo de 1937».

El POUM fue fundado en septiembre de 1935, como resultado de la fusión del Bloque Obrero y Campesino (BOC) y de la Izquierda Comunista Española (ICE). Entre sus dirigentes, Andrés Nin se impuso, cuando la guerra civil, a todos por su autoridad y las necesidades de la realidad. Luego, la lucha del Partido Comunista por el poder absoluto llevaría a la eliminación del POUM y al asesinato del propio Nin.

La guerra civil española se produjo en plena prepotencia de Stalin, «cuando su criminalidad estaba en el punto culminante». La importancia de la guerra -por otra parte- daba valor mundial a todo movimiento de agitación obrera que desarrollara nuevas corrientes y revalorizara el pensamiento marxista después de la experiencia rusa. La burocracia estalinista vio el peligro y desencadenó una terrible campaña -nunca vista hasta entonces fuera de la Unión Soviética- para acabar a sangre y fuego con el POUM.

Otras circunstancias ayudaron a los comunistas y, entre ellas, la beligerancia que comenzó a concederles Largo Caballero desde 1936. Al surgir el Alzamiento, las dos fuerzas de combatientes más importantes en la zona republicana eran: PSOE-UGT en Madrid, Asturias y resto de España, y CNT-FAI en Cataluña y algunas provincias de Andalucía. El P. C. se presentaba como el único partido que deseaba garantizar el «orden» contra el caos «anarcosindicalista», asimilándose a una buena parte de los militares profesionales republicanos. Además, la ayuda militar internacional en combatientes era canalizada solamente por los comunistas.

Ejemplo clásico de la actuación comunista son las «jornadas de mayo» de 1937 en Barcelona. Para reprimir el poder hegemónico de los sindicatos de la CNT en Cataluña, el Comisario de Orden Público de Barcelona -estalinista- se presenta con guardias a incautarse del edificio de la Central Telefónica. Con esta acción se inicia una batalla violenta en la que las fuerzas obreras no comunistas se hacen dueños de casi toda Cataluña durante cinco días. Pero la deserción de los jefes marxistas de CNT-FAI hace que, en resumidas cuentas, el POUM pague por todos.

El Partido Comunista pacta con los republicanos «pequeñoburgueses» para utilizarlos como tapadera, orientación expresada sin ambages en la célebre carta confidencial de Stalin a Largo Caballero, el 21 de diciembre de 1936. «España fue, pues, el primer campo de maniobras donde un partido comunista aplicó los métodos que, después de la segunda guerra mundial, habían de dar a otros partidos comunistas de Europa el éxito que obtuvieron para la imposición de las actuales democracias populares.»

La sangrienta liquidación del POUM se emprendió en junio de 1937. La Pasionaria pronunciaría en aquella ocasión su cínica frase: «Es demasiado pronto para eso»... El Comité Ejecutivo del POUM fue detenido en la noche del 16 de junio de 1937. Largo Caballero había presentado su dimisión el 15 de mayo, aislado frente a la proposición comunista para declarar el POUM fuera de la ley. Le sustituyó un aventurero intelectual impuesto por los comunistas: Juan Negrín.

Andrés Nin, maestro y periodista, traductor como principal medio de vida (había traducido la «Historia de la Revolución rusa» de Trotski y realizado versiones al catalán de clásicos rusos), ingresó en 1911 en el Partido Socialista. Diez años más tarde parte a Berlín, para trabajar en los Sindicatos Rojos de la Europa central. Posteriormente en Rusia es expulsado del Partido en 1927. Está en España desde 1930. Rompe con Trotski en 1934. Cuando fue asesinado era secretario político del POUM. El 25 de junio de 1937, «Mundo Obrero» da la noticia de que Nin se encontraba en Burgos, liberado de Alcalá por un grupo de oficiales de Falange. Los oficiales pertenecían realmente a la Brigada rusa de Orloff, de guarnición en El Pardo, y su «liberación» era sin duda sin retorno.

En los escritos de Andrés Nin podemos ordenar sus temas fundamentales en forma cronológica, como sigue:


Fin de la Dictadura.

El problema del fin de la Dictadura es que no deja detrás de ella partidos ni hombres, y para gobernar -como dice Cambó- faltan partidos organizados y fuerzas disciplinadas. Tras ella quedan dos perspectivas: convocatoria de Cortes y nueva Constitución -camino de la revolución- o compromiso entre la dictadura y la burguesía industrial concediéndose cierta libertad a las organizaciones obreras y a la prensa. De aquí surgen agitaciones obreras, huelgas... Pero en todo caso una cosa es clara: las clases poseyentes sacrificarán a la Monarquía en un intento de salvarse.


La República.

El 14 de abril es una etapa en el proceso revolucionario del país, que puede calificarse de «largo malestar». La República es obra de la pequeña burguesía, que perdió su fe en la eficacia de la dictadura, consideró a la Monarquía como causante de todos sus males y vio en la República el remedio de todos ellos.

Reitera el autor que el 14 de abril es una etapa, no una revolución, porque realmente toma el poder la burguesía: muy lejos se está aún del objetivo. Kautsky, en los tiempos en que era aún revolucionario, dijo algo de aplicación al caso: «La República es la forma de gobierno bajo la cual los antagonismos sociales hallan su expresión más acentuada

Para Andrés Nin la República no fue más que una tentativa desesperada de la burguesía y de los grandes terratenientes para salvar sus privilegios. La misión de los comunistas debía consistir en desvanecer las ilusiones democráticas, demostrando la imposibilidad para la burguesía de dar satisfacción a ninguna de las aspiraciones de las masas.

La Historia ofrecía tres ejemplos característicos cuyas lecciones debían aprovecharse. El primero es el de la revolución francesa de 1848, en la que el proletariado, tras de luchar en las barricadas, se convierte en un simple apéndice de la pequeña burguesía. Luego, el instrumento de la reacción sería el General Cavaignac. El segundo ejemplo es el de la experiencia de la revolución rusa. Cuando, en febrero de 1917, se derrumba la Monarquía secular de los Romanov por la acción de las masas obreras y campesinas, es la burguesía la que toma el poder. Durante los ocho meses de gobierno provisional la revolución estuvo parada. La contrarrevolución estuvo a cargo del General Kornilov.

Lo decía Lenin: en una lucha de clases no puede haber una línea media. Las aspiraciones de la pequeña burguesía consisten en substancia en querer lo imposible, en aspirar a esta «línea media».

En la revolución china -tercer ejemplo- el proletariado infeudó sus destinos al Kuomintang, partido eminentemente burgués. Chiang-Kai Shek fue el encargado de la represión contra el movimiento revolucionario chino.


La huelga de enero de 1933.

El error fundamental de este movimiento consistió en haberlo iniciado en la periferia y no en el centro. Los grandes levantamientos de masas han de iniciarse en los centros industriales importantes, que son los puntos neurálgicos del país, y ejercen una influencia decisiva en el resto del mismo. Las revoluciones europeas del 48 estallaron en París, Berlín y Viena. La revolución húngara se produjo en Budapest. Las dos revoluciones rusas de 1917 surgieron en Petrogrado: el resto del país siguió... Otro de los errores fue el declarar la huelga general en Barcelona el sábado, hecho sobre el que no hay que insistir. En fin, habría que repetir las palabras clásicas de Marx que gustaba de citar Lenin: «La insurrección es un arte, del mismo modo que la guerra. En primer lugar, no juguéis nunca con la insurrección si no estáis dispuestos a afrontar todas las consecuencias. En segundo, tomad la ofensiva: la defensiva es la muerte de todo levantamiento armado. Seguid la consigna de Danton: audacia, audacia y siempre audacia.»


Las lecciones del octubre rojo de 1934.

El equilibrio inestable de la República no podía sostenerse durante largo tiempo: la tensión produjo la revolución de octubre, pero la insurrección fue un movimiento sectario que movilizó casi exclusivamente a los miembros del Partido Socialista. Luego faltó un plan preconcebido y un Estado Mayor revolucionario. No se puede atribuir el fracaso a la traición de los anarquistas, con los cuales no se había contado, ni a la deserción de los campesinos, mal trabajados por la propaganda, ni a otra traición de vascos y catalanes, temerosos del cariz que tomaban los acontecimientos.


Las elecciones de febrero de 1936.

Los republicanos de izquierda se apresuraron a atribuirse primordialmente el triunfo. «Que no se hagan ilusiones. La victoria fue obtenida gracias a la participación entusiasta y activa de las masas obreras del país». Azaña perseguía como fin gobernar «para todos los españoles», «que es lo peor que se puede hacer en un período caracterizado por profundas y agudas contradicciones de clase».


El Alzamiento.

«Era necesario que fueran unos militares tan estúpidos como los militares españoles para que, al desencadenar la rebelión del 19 de julio, acelerasen el proceso revolucionario provocando una revolución proletaria más profunda que la propia revolución rusa...»

«El problema de la Iglesia ya sabéis cómo se ha resuelto: no queda ni una iglesia en toda España...»


JUICIO

El tema de la obra, radicalmente enlazado con el de la titulada Les anarchistes espagnols et le pouvoir, nos permite analizar la revolución marxista del 36 en su perspectiva más decisiva y polémica: la de las divergencias. Y la importancia del tema no lo es solamente desde el punto de vista de la praxis revolucionaria; lo es aún más porque nos ilumina las diferencias radicales entre el caso español y las vías «ortodoxas» hacia el comunismo.

Si las masas revolucionarias españolas canalizaron una tremenda energía en la dirección anarquista, llegando a constituir una pieza fundamental en el anarcosindicalismo internacional, el desarrollo de un movimiento marxista-leninista de la entidad que llegó a alcanzar en España, es también sin duda un fenómeno revolucionario aislado.

El difícil problema de la unidad revolucionaria se ha presentado siempre con agudas características en nuestro país, por los fenómenos apuntados. Vicente Rojo, en «Alerta los pueblos», llama la atención sobre esta falta de unidad como determinante de la derrota de su bando. Así, la historia de la zona republicana es la de la lucha del Partido Comunista por la eliminación de estos partidos que no podía controlar.

El fenómeno se repite con las mismas características en el momento actual: un comunismo «ortodoxo» que predica la utilización de las vías legales mientras otros grupos -marxistas-leninistas, trotskistas, Liga Comunista Revolucionaria, ETA, etc.- emplean la violencia como sistema. Los «ortodoxos» de turno, beneficiarios del foso pueblo-gobierno que los otros grupos intentan abrir, se rasgan sin embargo las vestiduras ante sus métodos. Es la historia tantas veces repetida de la revolución, sus beneficiados y sus luchadores.

En las palabras de Andrés Nin no cabe más claridad en cuanto a la utilización de la República por el comunismo como estación de parada. Los del POUM, Andrés Nin su portador en este caso, narran la revolución sin ambages en este libro, muy recomendable para «burgueses» e idealistas de la utopía.

Estas lecciones deben ser meditadas: «El problema de la dictadura es que no deja detrás de ella partidos ni hombres.» Las dos opciones son: o la repetición de la República, «camino de la revolución», o la alianza dictadura-capitalismo, «engendradora de agitaciones». Lo que queda claro en el análisis de Nin es que la revolución siempre tiene un camino y que la estabilidad política ha de ser dinámica, en lucha permanente por la libertad contra el totalitarismo comunista. Donde es más diáfana la obra es en la consideración de la República del 14 de abril, «el largo malestar», «la hora de los antagonismos sociales», de la antítesis marxista que va a abrir las puertas a la revolución. El comunista, tras incitar a la democracia republicana, debe «desvanecer las ilusiones democráticas».

Los caminos de la historia vuelven a repetirse, pero varían sus destinos como producto de diferentes circunstancias. En la Francia de 1848, tras la revolución viene «el poder burgués» y «la reacción» con nombre de General: Cavaignac; en la Rusia de 1917, un esquema análogo, el General se llama Kornilov; en China «la reacción» es Chiang-Kai Shek... Merecería la pena aplicar la investigación histórica al estudio comparativo de estos casos, el porqué de los triunfos y derrotas de la revolución.

Otro tema, el de la huelga de enero de 1933, nos llama la atención sobre la importancia de los barrios industriales, periféricos a las grandes ciudades, zonas socialmente inestables, objetivo rentable de la agitación y frecuentemente desatendidas: un plan de mejoramiento del medio e intensa acción cultural pudieran ser caminos para contrarrestar la acción disolvente de que son objeto estas zonas.

La revolución de Asturias, que movilizó casi solamente a los socialistas, fue el gran ejemplo. La lección de su fracaso no fue aprovechada. La incapacidad para corregir la falta de unidad llevó a la derrota y al éxodo de 1939 a la conjunción revolucionaria.

Es importante la llamada que se hace a la valoración correcta de la acción de las masas obreras en cualquier hecho de la vida política. Como ejemplo: las elecciones de febrero de 1936.

La lógica marxista de Andrés Nin se quiebra en un momento crucial: en la consideración del Alzamiento. También pudiera ser que quisiera fomentar el optimismo de sus compañeros en un momento que para él debió tener seguramente bastantes incertidumbres.


In Boletín de Orientación Bibliográfica nº 91-92, marzo-abril 1974, pp. 19-24