Stanley G. Payne - Falange

FALANGE. HISTORIA DEL FASCISMO ESPAÑOL (1)


Autor: Payne, G. Stanley
Editor; Ediciones Ruedo Ibérico.
Lugar y fecha: Paris, 1965
Páginas: 254, de 23,5 x 15 centímetros


CONTENIDO

Esta obra, presentada por el traductor Francisco Farreras en un prólogo de cinco páginas consta de un breve prefacio de su autor, diecisiete capítulos, no pocas notas aclaratorias, ocho páginas de bibliografía y un pequeño índice onomástico. Según el traductor informa, "su autor se interesó en el fenómeno singular del fascismo español y reunió los materiales para presentar una tesis doctoral en la Columbia University, trabajo que se convirtió luego en el presente libro.

En efecto, aquí está cronológicamente ordenado un nada escaso haz de noticias y comentarios sobre la Falange Española, desde Los antecedentes, título del capítulo I hasta La política del Régimen durante la segunda guerra mundial, que constituye el contenido del decimosexto capítulo, detrás del cual el último sólo vale como recapitulación y síntesis bajo el epígrafe: Epilogo. El principio del fin.

Aunque a la natural limitación temática del estudio se añade esta otra, cronológica, el lector se encuentra ante un estudio de cierta ambición que. como se advierte, no pretende ser exhaustivo, pero en cambio, no desdeña el detalle accidental ni la anécdota cuando le salen al paso.

Así discurren los catorce capítulos intermedios, que se ocupan sucesivamente de El nacimiento del Nacional Sindicalismo, José Antonio Primo de Rivera, Fundación de la Falange, Poesía y terrorismo, La lucha sobre la táctica y el mando, El Partido de José Antonio, Las elecciones de 1936, La Falange en pleno holocausto, La Falange al iniciarse la guerra civil, José Antonio en Alicante, Las milicias de Falange, Intrigas políticas en Salamanca, La Falange partido único (1937-1939) y La Nueva España del Caudillo, hasta desembocar en los dos últimos más arriba aludidos.

"Las violentas tensiones de la historia europea en el curso del siglo XX se polarizan en torno a dos fenómenos: las luchas entre clases sociales y las guerras entre Naciones". "La combinación del nacionalismo con el socialismo o el corporatismo se conoció comúnmente con el nombre de fascismo". "La última de las naciones de Europa Occidental en desarrollar un movimiento fascista nativo fue Espana". "La Unión Patriótica no fue, en modo alguno, concebida al estilo de un partido fascista autoritario". "A Primo de Rivera le traicionó siempre la conciencia de culpabilidad de su usurpación del poder".

Sobre estas afirmaciones capitales, a las que hay que añadir que "En España no existía un sentimiento nacionalista semejante al nacionalismo de las clases medias organizadas que imperó en otras naciones continentales durante el siglo XX", el autor se hace eco del "júbilo y las mejores esperanzas" despertados por la proclamación de la II República "en casi toda la nación", sin mucha más crítica. De ahí despega en el capítulo II el nacimiento del Nacional Sindicalismo por obra de Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, para entrar en el III ya en el estudio de la figura de José Antonio, tras unas someras líneas descriptivas de la situación de la derecha y las clases conservadoras a partir de abril de 1931. El fundador de la Falange aparece como una personalidad fundamentalmente intelectual, de ideas abiertas y liberales, generosa, que se proponía la síntesis de valores revolucionarios y espirituales, disociados en la escisión izquierda-derecha que dividía a los españoles. Resulta expresivo el recuerdo del comentario de El Sol al acto de la Comedia, que calificaba de "movimiento poético" a aquella nueva agrupación: "lo rechazamos en primer lugar por querer ser fascismo... y en segundo lugar, por no serlo de veras, por no ser un fascismo hondo y auténtico".

El capítulo Poesía y terrorismo insiste sobre la ambición estética de la Falange; pero registra ya la aparición de la violencia, José Antonio la había invocado, más retóricamente que con intención de aplicarla. "Los dirigentes falangistas tal vez creyeron que sus discursos no serían tomados en serio por las izquierdas, pero se equivocaron... España parecía constituir la última esperanza del socialismo europeo", puede leerse. "El primer derramamiento de sangre lo produjeron las izquierdas en Daimiel, el 2 de noviembre de 1933: un jonsista funcionario del Estado, fue muerto a puñaladas. Un mes más tarde, Ruiz de Alda escapó a un atentado al pasar por Tudela, camino de Pamplona; su coche fue capturado e incendiado por un grupo de atacantes. Durante la venta del quinto número de FE, el 11 de enero de 1934, se produjo una pelea en el curso de la cual fue muerto a tiros un joven de veintidós años, simpatizante de Falange. Otros incidentes semejantes empezaron a producirse en las Universidades de Sevilla y Zaragoza, en las que el SEU era relativamente fuerte. Antes de finalizar el mes, otros cuatro falangistas fueron asesinados en diversos lugares del país". "Esta sucesión de atentados contra el naciente movimiento fascista, sin respuesta, hicieron que algunos dieran a la Falange el sobrenombre de Funeraria Española y a su líder el de Juan Simón, el Enterrador. Después de un ataque de unos pistoleros en el curso de un acto de propaganda electoral en Cádiz, sin represalias, ABC llegó a afirmar que "el nuevo partido tenía más semejanza con el franciscanismo que con el fascismo". José Antonio recoge con repugnancia las solicitaciones de la derecha para responder con violencia a la violencia y sus burlas por la pasividad con que la Falange iba encajando uno tras otro los atentados y veía acrecentarse su nómina de caídos sin otra reacción que declaraciones o notas a la prensa. Por ejemplo: "Falange Española no se parece en nada a una organización de delincuentes ni piensa copiar los métodos de tales organizaciones, por muchos estímulos oficiosos que reciba". Pero "era evidente que había que dar una réplica más eficaz a todos estos ataques".

Todavía precedió la fusión con las JONS, en cuyo acto cayó otro falangista. Aún murieron en marzo otros dos y sufrió el mismo José Antonio un atentado en el centro de Madrid. La Falange no tuvo más remedio que integrar en su poesía inicial la dialéctica de los puños y las pistolas: "Contra la voluntad de José Antonio y hasta contra sus esperanzas, la dialéctica natural de su movimiento impulsaba a la Falange hacia una carrera de violencias".

Reprimida por el gobierno de la derecha triunfadora y acosada en las calles por la izquierda derrotada, la Falange, hacia mediados de 1934 no había logrado producir ninguna profunda impresión en el panorama de la política esñola. Así comienza el capítulo VI -La lucha por la táctica y el mando- que describe las diferencias internas entre las principales figuras de la ya FE de las JONS.

"José Antonio superó a Ledesma en la cualidad de que éste carecía mayormente: una personalidad valerosa y sugestiva. Redondo, Ruiz de Alda y todas las demás gentes se apresuraron a reafirmarle su lealtad. La Falange era, a partir de entonces, José Antonio". Así termina el capitulo sexto. La caracterización del movimiento falangista y la descripción de su figura capital se va a completar en el siguiente, expresivamente titulado El partido de José Antonio. Pero antes, el autor, un par de páginas más arriba, ha cuidado de señalar los rasgos fascistoídes que por aquella época se hacían claramente perceptibles en otros sectores de la derecha, como en el Bloque Nacional de Calvo Sotelo, que aspiraba a "la conquista del poder para estructurar un Estado auténtico, integrador y corporativo" y la mismísima CEDA, que "declaró oficialmente que tenía el propósito de modificar la Constitución republicana para facilitar la creación de una asamblea corporativa escogida por los cabezas de familia y los miembros de grupos profesionales y no elegida por la fuerza numérica de las masas". "La Falange ya no siguió teniendo el monopolio del fascismo, aunque las JAP de camisas verdes no fuera un grupo muy enérgico. Cualquiera podía elegir en España la marca de fascismo aguado que más le conviniese".

"Según José Antonio, España necesitaba un Estado fuerte dominado por una minoría revolucionaria que era incapaz de crear una élite de clase media semejante a las minorías liberales francesas o inglesas". "Es dudoso que José Antonio tuviese temperamento fascista en el sentido convencional del término." "Aunque José Antonio escribió luego un prólogo para la traducción española de Il Fascismo, de Mussolini, y tenía en su despacho un retrato del Duce junto a la fotografía de su padre, en realidad no sentía ninguna admiración por el líder italiano. Decía a sus íntimos que Mussolini no había creado un nuevo sistema jurídico ni realizado una revolución..." "Los nazis le parecieron un grupo deprimente, rencoroso y dividido. Cuando regresó a España, la estima que había tenido antes por el nacionalsocialismo se vino abajo".

Estas frases, escogidas casi al azar, porque abundan, dejan patente el despego con que José Antonio y la Falange de aquella hora contemplaban los movimientos fascistas y nazi: "La mayoría de los dirigentes del partido tenían el mismo criterio". Ramiro Ledesma, Onésimo Redondo, Ruiz de Alda, entre ellos. Será en efecto muy posterior, ya en plena guerra de España, y obra de segundones y advenedizos, la pretensión y el intento de hacer de la Falange una puntual traducción castellana de los partidos totalitarios imperantes a la sazón en Italia y Alemania. Por el entonces de que aquí se habla, las fórmulas verdaderamente fascistas que se habían aclimatado en España, "El Jefe no se equivoca". "Todo el poder para el Jefe" habían venido curiosamente a insertarse en una agrupación populista y democristiana de la derecha.

El partido de José Antonio, sin embargo, continuaba muy lentamente su desarrollo, tanto numérica que ideológicamente considerado y acumulando el recelo y la hostilidad de la derecha y la izquierda, pese al interés por empalmar con las alas más visiblemente afines del socialismo, el sindicalismo o la derecha socialmente más avanzada.

Así se llegó a la revolución de octubre de 1934, aquella en la que, según Madariaga, "la izquierda española perdió hasta la mínima sombra de razón para censurar el levantamiento de 1936". José Antonio hasta aquel momento "había manifestado claramente su hostilidad a toda colaboración con los militares...". Los sucesos le hicieron modificar su actitud: "tuvo que reconocer que la Falange era demasiado débil para influir por sí sola en los acontecimientos. En noviembre de 1934 preparó una carta a los militares, sin duda apremiado por Ledesma y Ruiz de Alda. En ella ponía de manifiesto la ausencia de sentido nacional de la izquierda y la incapacidad política de la derecha parlamentaria". "Al Ejército le va a corresponder, una vez más, la tarea de reemplazar al Estado inexistente".

Porque ese era efectivamente el mal de España, y la razón de ser de la acción política de José Antonio, que solo muy penosamente y muy contra su voluntad, iba viendo disolverse fatalmente las esperanzas que intentaba poner en aquellas figuras de la II República que se llamaron Gil Robles, Azaña, Prieto.

Sobre estos antecedentes tienen lugar las elecciones de 1936, en las que falló la maniobra de Alcalá Zamora y Portela para mantener el poder en manos del centro y comenzó la etapa de persecución de la Falange hasta el exterminio: El órgano comunista Mundo Obrero, exigía la "completa eliminación" de la Falange, publicando ilustraciones del "señorito sangriento José Antonio Primo de Rivera". Al día siguiente, "el 14 de marzo de 1936, FE de las JONS fue declarada fuera de la ley. Todos los miembros de su Junta Política que pudieron ser localizados en Madrid fueron detenidos y encerrados en la Cárcel Modelo. Sólo uno o dos de ellos consiguieron escapar".

Con esto comenzaba la definitiva clandestinidad de la Falange, ahora, en pleno holocausto, para usar palabras de S.G. Payne. En España llegaba la hora de las conspiraciones contra un Gobierno desbordado por los cuatro costados: las luchas callejeras estallaron "con una intensidad que no se había conocido en España desde el apogeo del terrorismo político barcelonés, en 1923. Los extremistas habían aventado sus últimos escrúpulos". Según un Mundo Obrero de la época, "Gil Robles formulaba públicamente una distinción entre "buenos" y "malos" terroristas:... los que se van por caminos de violencia creyendo honradamente que de esta manera se resuelven problemas nacionales y los que se van porque ahora el partido no puede repartir cargos ni prebendas".

En todo caso el Gobierno había conseguido la desarticulación total de la Falange: "El 10 de julio, Fernández Cuesta, que llevaba la secretaría clandestina de la Falange en Madrid, dio órdenes urgentes a todos los jefes provinciales de que enviasen a la capital, cuanto antes, a una persona de absoluta lealtad: sólo pudo establecer contacto con una provincia".

"La tensión crecía por momentos". "En Madrid, los odios y violencias aumentaban de hora en hora". "Después de la derrota electoral de Gil Robles, Calvo Sotelo se había convertido en el principal portavoz de las derechas. Había declarado reiteradamente su irreductible oposición a la forma de Gobierno republicano y había aceptado públicamente los retos que le habían lanzado las izquierdas. Aquella noche no fueron sólo amenazas. Calvo Sotelo fue introducido en una camioneta de la Guardia de Asalto y asesinado, abandonándose su cadáver en un cementerio de las afueras de Madrid. Esto hizo estallar el polvorín".

"La rebelión empezó prematuramente en Marruecos, aproximadamente a las dos de la tarde del 17 de julio". "Cuando las líneas del frente empezaron a estabilizarse, los rebeldes contaban con un máximo de 40.000 hombres en la península, y acaso menos".

"No hay ninguna prueba de que lo mismo el gobierno alemán que el italiano estuviesen al corriente del golpe que se preparaba, ni mucho menos de que lo hubiesen provocado". La situación era muy confusa. La Falange estaba "absolutamente desprovista de mandos y de representación oficial". "Ni siquiera existía una línea nacional de mandos. Como afirmaba un falangista, al principio no nos preocupábamos por el problema de la Jefatura Nacional porque nos angustiaba el montaje de kilómetros y kilómetros de frente de guerra, que era la cuestión inmediata de vida o muerte".

Pero ya en septiembre, los consejeros nacionales presentes en la zona nacional, perdida la esperanza de un rescate de José Antonio y seguros de la pérdida de las demás figuras destacadas de la primera hora, "decidieron que lo más sencillo era confiar la dirección del partido a una Junta de Mando provisional, compuesta por siete miembros. Hedilla fue nombrado Jefe de la Junta de Mando; nadie tenía su ambición y era apreciado por su valor personal y su honradez". Según Payne añade, "La camarilla de Aznar -quien, como Jefe de milicias, era el único mando de rango nacional del partido que quedaba-, y los dirigentes del sur consideraban a Hedilla como un buen secretario ejecutivo, pero suponían que su falta de preparación intelectual no le permitiría desempeñar efectivamente la Jefatura del partido. Por tanto, la designación de Hedilla fue aprobada unánimemente".

Payne vierte ahora su atención sobre la propaganda del partido en aquel tiempo. "La demagogia de la Falange -dice- no era una demagogia materialista, llena de promesas concretas; era una demagogia fascista, que lo mismo predicaba unidad y sacrificio que justicia social y reformas económicas... la prensa del partido dedicaba un espacio considerable a informaciones favorables a los nazis, los fascistas italianos y los demás movimientos fascistas. Surgían incluso brotes esporádicos de antisemitismo..."

En tanto, el curso de la guerra exigía un mando único. "Los dos únicos candidatos eran Mola y Franco". "Mola reconoció que Franco tenía más crédito en el exterior y que era mejor diplomático que él". Sabido es que al fin se acabó eligiendo a Franco "un hombre al que [algunos significados camisas viejas] consideraban como el principal enemigo de la Falange".

José Antonio en Alicante, mientras, falto de información y contacto, hacía lucubraciones sobre la marcha de la guerra y las posibilidades políticas. En la zona nacional se multiplicaban a todos los niveles los proyectos de rescate, aunque "Entre algunos mandos de la Falange se tenía mucho miedo a José Antonio, porque sabían que desaprobaría su conducta y quedarían fulminantemente destituidos". "Para Franco la cuestión era muy delicada, dada la poca confianza política que la Falange tenía en él. Si se hace cargo de la operación y fracasa, cae la responsabilidad sobre sus espaldas. Si no hace nada, se le culpa de omisión. Dejó la iniciativa a la Falange y ayudó en la medida en que pudo". "Pese a las acusaciones de algunos falangistas no existen pruebas que justifiquen las sospechas sobre la conducta de Franco en esta cuestión. Ni siquiera los alemanes, que desconfiaban de muchos rebeldes (2) por considerarlos como reaccionarios, parecen haberlo puesto en duda".

José Antonio fue ejecutado al amanecer del día 20 de noviembre, junto a otros presos políticos. Al morir "no hubo en su actitud la menor jactancia ro-narios, parecen haberlo puesto en duda" [debe faltar algo en el texto original...}

El curso de los acontecimientos, sin embargo, vendría a plantear importantes problemas a la Falange y a depararle una etapa de trascendencia decisiva. Era preciso, de un lado, dotar de mandos y encuadrar en una seria disciplina a las milicias repartidas por diversos frentes, y se pensó en formar oficiales propios. "Hedilla consideró que semejante proyecto de formar oficiales falangistas era irrealizable, limitándose a proponer que se ejerciera un control político sobre las milicias, asignando a cada unidad, una especie de comisario político". Al fin se decidió crear dos "escuelas militares", pero el experimento fracasó.

Por otra parte, "a principios de 1937 los dirigentes falangistas aparecían divididos en tres tendencias. La primera y la más importante la constituía el grupo formado en torno a Hedilla, que demostró mayor decisión de la que suponían sus compañeros. Sin embargo, cuando se decidió a restablecer la disciplina en el partido, la oposición aumentó". "Hedilla estaba comprometido por su estrecha vinculación con una serie de intelectuales y periodistas recién ingresados en la Falange y más o menos influidos por el nazismo". "La segunda tendencia la componían los legitimistas de la Falange, es decir, los seguidores de José Antonio en un sentido estricto y formalista... Agustín Aznar era el principal representante de esta tendencia en Salamanca". Con él, Garcerán y Sancho Dávila. Por último, la tercera fracción en el seno de la Falange estaba formada por los recién llegados, oportunistas, antiguos conservadores, clericales, monárquicos y los tecnócratas pseudo-fascistas, partidarios de un corporativismo conservador". "La existencia de estas tres fracciones dividía profundamente a la Falange, en el preciso momento en que iba a definirse la futura estructura política de la España nacionalista".

Papel esencial en esta operación iba a tener Ramón Serrano Súñer, "sin duda el político más sagaz que apareció por Salamanca durante toda la guerra". "En todo caso, Serrano Súñer era tal vez la única persona del Cuartel General rebelde que sabía lo que quería: establecer sobre bases jurídicas un nuevo Estado, esencialmente autoritario, capaz de impedir el retorno a los excesos democráticos que habían costado la vida a sus hermanos" José y Fernando, asesinados en zona roja. La unificación, pues, ya reclamada por los militares, recibía un nuevo eficaz impulso político.

Pero antes, el 16 de abril, tendrían lugar unos sucesos que favorecerían aún los designios de Serrano Súñer y sus colaboradores. En síntesis: la oposición a Hedilla "aumentaba vertiginosamente", y "temerosos de que pretendiera convertirse en Jefe Nacional con el apoyo del Ejército, los legitimistas decidieron desplazarle del puesto que ocupaba". Para ello, "cuando Hedilla manifestó su propósito de convocar al Consejo Nacional los disidentes se le adelantaron aprovechando una reunión por sorpresa, el 16 de abril". Dávila, Aznar y Garcerán redactaron un minucioso pliego de cargos contra el jefe de la Junta de Mando provisional y basándose en la norma, "grotescamente deformada", que preveía la sustitución del Jefe Nacional por un triunvirato, cuando aquél tuviera que ausentarse del territorio español durante cierto tiempo, le destituyeron, y se hicieron elegir ellos mismos autoridad máxima de la Falange. Horas después, a medianoche, Goya, un joven jefe de milicias consejero del S.E.U., partidario de Hedilla, pero amigo de Dávila, quiso mediar con éste y tratar de arreglar las cosas.

Goya, acompañado de López Puertas y otros tres falangistas, se dirigió a casa de Dávila. "Goya se adelantó para hablar con éste a solas. Apenas iniciada la discusión, degeneró en una pelea; nunca ha podido saberse quién disparó primero. En el segundo piso de la casa sonaron una serie de disparos. Cuando cesó el fuego, López Puertas y sus tres acompañantes se habían adueñado de la situación, desarmando a Dávila y a los de su escolta, pero Goya y uno de los que acompañaban a Dávila yacían muertos. Atraídos por los disparos acudieron los guardias civiles, que detuvieron a todos los presentes."

"El Cuartel General condenó enérgicamente estos desórdenes en la retaguardia, que acabaron por desacreditar ante el Ejército a la Falange. El incidente parecía demostrar, además, que los dirigentes falangistas no llegarían nunca a ponerse de acuerdo y que no podía contarse con ellos para llegar a la necesaria unificación." En estas circunstancias, muy poco peso podía tener ya la elección de Jefe Nacional a favor de Hedilla por diez votos contra ocho en blanco y otros cuatro dispersos entre otros tantos nombres que se hizo al día siguiente. Sólo horas después, el 19 de abril, se publicaba el "Decreto de Unificación". "A las cuarenta y ocho horas afluían al despacho del Caudillo mensajes de adhesión a su política de falangistas de todas partes; ninguno pensaba rebelarse contra ella La debilidad política del Partido nunca había aparecido tan crudamente expuesta... En el momento de la unificación, Manuel Hedilla fue completamente olvidado. En Salamanca, sus partidiarios se vieron totalmente rebasados por los acontecimientos."

La unificación, dice Payne, citando a Serrano Súñer, "fue, en rigor, un acto unilateral de Franco, aun cuando no faltaron algunas negociaciones previas con elementos de los partidos interesados, cuyos representantes más destacados quedaron notificados de las intenciones del Cuartel General; éste, sin embargo, no se decidió a dar el paso de la unificación que laboriosamente iba gestando, sino en virtud de los sucesos que se produjeron en Salamanca en los primeros días de abril".

Muy deficiente y oscuramente, a continuación, Payne informa de la negativa de Hedilla a asumir un "puesto preeminente en un consejo puramente honorífico"; su detención, su condena, de la que fue prontamente indultado, y su definitivo destierro a Canarias. "Como medida de precaución, casi todos los dirigentes falangistas importantes fueron detenidos durante algunos días por la Guardia Civil o la policía militar. La mayoría de ellos fueron puestos en libertad rápidamente, pero a los más conocidos por la intransigencia en sus convicciones se les aconsejó ir al frente y que permanecieran en él hasta el final de la guerra".

"La noticia de la unificación fue acogida con verdadera satisfacción en el campo nacionalista. Aparte del grupito que pululaba por el Gran Hotel, de Salamanca, en aquellos meses la gente sentía una gran indiferencia por la política."

Después, sin duda, ante la fuerza de los hechos, se llegó a un diálogo entre el Cuartel General y una representación de los viejos falangistas. "El representante de Franco en las negociaciones emprendidas fue Ramón Serrano Súñer. El comité falangista designó, por su parte, al jefe provincial de Valladolid, Dionisio Ridruejo. Hombre honesto e inteligente, aunque muy apasionado, Ridruejo tenía entonces veinticuatro años." Y se llegó pronto a un compromiso, según el cual "los falangistas se comprometían a acatar la nueva jerarquía establecida en el mando, a cambio de lo cual, después de la guerra, se emprendería sinceramente la implantación del programa nacional sindicalista".

Bajo el epígrafe La Falange, partido único, Payne ofrece a continuación alguna noticia sobre la nueva singladura que iba a llegar hasta el año 39, los tiempos en que Fermín Yzurdiaga, Dionisio Ridruejo y Román Oyarzun estaban al frente de la Prensa y Propaganda de F.E.T.: "La prensa falangista abrumaba de elogios al Ejército. Seguía condenando, como antes, el liberalismo en todas sus formas y publicando artículos laudatorios sobre la Alemania nazi y la Italia fascista. En algunos momentos de excepcional beligerancia, los periódicos falangistas denunciaban ciertos aspectos franciscanos del catolicismo o declaraban que el Papa no era infalible en cuestiones políticas. También publicaban ocasionalmente diatribas contra los judíos, prácticamente inexistentes en España".

"Cuando Franco constituyó su primer Gobierno regular el 30 de enero de 1938, su cuñado fue nombrado Ministro del Interior y jefe Nacional de Prensa y Propaganda de F.E.T., a cambio de aceptar un gobierno de coalición con los conservadores y los monárquicos, los falangistas controlarían la retórica oficial del Gobierno." El único representante del Partido en el Gabinete era Fernández Cuesta, salido no mucho antes de la zona roja, que ocupó la cartera de Agricultura, "puesto que resultaba totalmente inadecuado para este señor", comenta Payne.

"Dos jóvenes, protegidos de Serrano, ambos falangistas, Antonio Tovar y Dionisio Ridruejo, fueron nombrados, respectivamente, Jefe de Propaganda y Director de Radiodifusión del Estado. Ridruejo, que sólo contaba veinticinco años, se dedicó a montar un aparato de propaganda totalitario, y los elementos más revolucionarios de la Falange ejercieron un control casi absoluto sobre la información. El joven Dionisio fue calificado de Goebbels español, comparación a todas luces excesiva, basa únicamente en la escasa estatura físicas de ambos."

El autor insiste aún en la acumulación de trazos: "... la labor propagandística de los tradicionalistas quedó prácticamente suprimida." A píe de página explica que, "por ejemplo, en la biografía de Mola, publicada en 1939 por José María Iribarren, todos los pasajes elogiosos para los carlistas fueron censurados. Se eliminó incluso una cita de Shakespeare, afirmando que Navarra sería un día el asombro del universo. Y donde Iribarren escribía que catorce mil requetés y cuatro mil falangistas respondieron al llamamiento inicial de Mola, el censor invirtió tranquilamente las proporciones". En nota al final del libro puede leerse: "Lo mismo les ocurrió a otros grupos derechistas. Los miembros de Acción Española, que fueron los principales promotores de la fusión de los partidos, vieron cómo se reducía prácticamente a la nada su propaganda durante el breve período en que Ridruejo impuso su política."

Las páginas que restan no dejan de tener ciertamente algún interés, pero lo esencial está reflejado y sustenta suficientemente la tesis de la obra de Payne: "El reajuste ministerial de 1941 permitió ampliar la base del régimen, dándole una estructura definitiva. Con dos nuevos puestos en el Consejo de Ministros, la Falange adquiría mayor influencia oficial que nunca, pero esta influencia Franco la otorgaba a un partido sumiso a sus órdenes." "La Falange había sido domesticada. Nadie pensaba ya en la revolución nacional sindicalista. Nadie se oponía ya a las combinaciones de Franco."

Cuando en 1943 regresaron a España los veteranos de la División Azul, el Secretario General de F.E.T., camisa vieja y emparentado con José Antonio, "Arrese le declaró sin ambages a Ridruejo: 'Yo soy un franquista', manifestándole que el Caudillo era la figura más lúcida de España, en lo cual no dejaba de tener cierta razón".


JUICIO

La tesis de Payne, la progresiva absorción de la Falange por el General Franco para disolverla en un movimiento infinitamente más amplio sometido a su autoridad, es tan discutible como casi todas las afirmaciones que toman por base la movediza plataforma de la política y la historia contemporáneas. El libro tiene un evidente valor informativo, documental; pero el estrictamente científico queda bastante por debajo. Y ello, por varias y diversas razones.

Bien pudiera ser la primera algo que, simultáneamente, por otra parte, presta una parte de su interés a la obra: el abundante recurso, según el autor mismo advierte en el prefacio, "al método de investigación histórica preconizado por Tucídides", esto es la conversación directa con los protagonistas o personajes más interesados en los acontecimientos. Inestimable material, sin duda, tiene que ser para un estudio riguroso el testimonio, sea oral o escrito, inmediato y privado, de los señores García Valdecasas, Saínz Rodríguez, Ridruejo, Hedilla, Gil Robles, Vegas Latapíé, M. Maura, Canales, que Payne consigue y maneja. Pero él mismo no puede por menos de admitir: "El lector debe tener en cuenta que los recuerdos personales fácilmente se encuentran sujetos a exageración".

Si las memorias en general, incluso escritas y publicadas, sometidas a juicio y eventual respuesta, constituyen una fuente histórica extraordinariamente expresiva, pero de manejo extremadamente difícil y delicado, por la dificultad de despejar la dosis de posible subjetivismo, consciente o subrepticiamente contenido en ellas, es fácil imaginar hasta qué extremos puede conducir el testimonio privado procedente además, en tan inmensa mayoría, de personas que desempeñaron en algún momento papeles relevantes en la política española o estuvieron muy cerca de ello y, después, por una u otra razón, se alejaron o incluso han pasado a una actitud de hostilidad.

Puesto a seguir el sugestivo método de la conversación y el cuestionario, un mínimo rigor exigía haber ampliado notablemente el número y la cualidad de los interlocutores, incluyendo en la nómina personalidades tan decisivas como pueda serlo Serrano Súñer, por ejemplo, cuya obra Entre Hendaya y Gibraltar, publicada hace veinte años casi, contiene una información deliberadamente insuficiente, según el autor mismo insiste en advertir. Y, por supuesto, Fernández Cuesta y Muñoz Grande, los dos Secretarios Generales de F.E.T. y de las J.O.N.S. en años que fueron evidentemente decisivos en la evolución e historia del Movimiento. Y no lejos de muchos importantes acontecimientos han estado, sin duda, quienes por entonces ejercieron los cargos de Vicesecretario General, como Manuel Valdés, Mora Figueroa y Vivar Téllez.

Y probablemente hubiera representado una contribución inapreciable, una serie paralela de entrevistas con Pilar Primo de Rivera, o alguna de sus más allegadas colaboradoras, Girón, los generales Asensio y Carlos Ruiz, y en otro plano, tal vez los actuales Embajadores Ibáñez Martín y Alfaro, el escritor Eugenio Montes, o personalidades como Julián Pemartín, y Herraiz, y Martínez de Bedoya, y otros muchos más periféricamente relacionados con la Falange, pero, con una gran seguridad, capacitados para aportar una información y unas opiniones muy dignas de tenerse en cuenta a la hora de intentar un balance sobre la historia de la Falange. Sin contar, claro, con que no pocas de las entrevistas mantenidas o los cuestionarios efectivamente propuestos y contestados son descaradamente insuficientes.

Está claro que ello hubiera resultado fácil, por varías y muy diversas razones, entre las cuales cabe anotar la no disimulada hostilidad del autor hacia el Estado español actual. Ello no atenúa el mérito de su concreto esfuerzo. Pero sí desluce en gran medida el resultado, porque a ningún observador medianamente atento puede escapársele que una nómina de testimonios puede muy fácilmente ser esencial y decisivamente incompleta y que ello en nada lo remedia ni la longitud ni la espectacularidad de los nombres. Utilizando exclusivamente palabras contenidas en el Credo, y por cierto en su efectivo orden, puede provocarse la impresión de que "Poncio Pilato fue crucificado, muerto y sepultado", sin más trámite que el levísimo de disimular la presencia de una coma. A los testigos de la acusación hay que oponer los testigos de la defensa. Aquí no se ha tenido esto en cuenta, y con ello el método de Tucídides, "el testimonio directo de los autores" queda gravemente comprometido. No puede prejuzgarse con esto, naturalmente, cual hubiera sido el resultado de una investigación por este camino llevado a cabo con rigor y amplitud aceptables, pero evidentemente sólo sobre esa condición hubiera conseguido el mínimum de validez. Así, el trabajo alcanza un indudable interés, pero no deja de mostrarse extremadamente frágil.

Una colección interesante de perspectivas, aun cuando estuvieran bien enfocadas, no sustituye jamás la vista panorámica, el dibujo de alzada, ni dispensa de ello, si de intentar Historia se trata. Y más aún por lo que pueda inadvertidamente ocultarse en una visión parcial, por mucho que se repita y multiplique, que por la deficiencia en sí pueda tener. Un estudio de más amplio horizonte, aún sin tanta inmediatez, nunca le hubiera permitido caer en la identificación del Conde de Mayalde con el de Motrico. Y, por cierto, que los dos hubieran sido, también, quizá, fuente de información valiosa.

Pero a la dificultad que pueda tener, cuando la tenga, el acceso a determinadas personalidades, el autor se ha añadido la que representa su hostilidad, de principio y permanente, contra el Estado español. Ello, tal vez, le ha vedado la adquisición de no escaso material de primera. Ya se ha advertido la sustitución del término "nacionales" por el de "rebeldes". A esa actitud responde constantemente la obra. Significativo es, por ejemplo, la afirmación contenida en el prefacio, fechado de 1961: "Los últimos años del régimen de Franco han sido analizados con menos detalle debido a que de 1945 a 1955 la historia interna del régimen ha sido relativamente intrascendente. Dado que su estructura básica quedó establecida durante el periodo de 1936 a 1943, nuestro estudio se ha centrado en torno a dichos años".

El pasaje que se acaba de citar es, evidentemente, más que discutible, pero carecería de trascendencia si no pasara de establecer unos límites cronológicos a la extensión del estudio. Pero la parcialidad que revela repercute sobre el conjunto de la obra, dominándola hasta el punto de provocar un curioso sistema de simpatía y despegos temporales hacia la Falange, condicionado, esencialmente y en definitiva, por lo que él interpreta mayor o menor aproximación y servicio al Estado, con independencia de cualquier otro factor, incluso el eventual componente fascista o nazi que, a trechos, el señor Payne, con una u otra justificación, o sin ella, pretenda denunciar.

Porque entre la bibliografía deliberadamente hostil al sistema político español, la obra de Payne presenta la novedad de llegar incluso a la comprensión de la Falange, tantas veces injustificado blanco de tantas injustificables agresiones, no sólo en sus orígenes y su fundación, sino en amplios momentos, trechos y sectores. Exactamente, en todos aquellos en que cree poder percibir un punto de disensión con el Gobierno, una divergencia con el ejecutivo, algo que pueda interpretarse como despego u hostilidad hacia Franco. Por una vez se alteran los términos y el atributo "fascista" deja de ser la nota máxima negativa.

Así, la Falange aparece descrita con una cierta objetividad y simpatía en su etapa inicial, así como cada vez que pudiese aparecer como postergada. Nunca falta puntual la comprensión para la figura disidente, la que se va o la que es invitada a salir. Igual cuales hayan sido sus actuaciones o sus propósitos la ruptura o pérdida de contacto con Franco basta para redimir los nombres y las conductas más difícilmente conciliables con una actitud abierta, liberal, democrática. No deja de ser laudable la comprensión y el ejercicio de la piedad. Pero no deja de constituir un contrasentido dispensárselas a quienes, quizá sólo de palabra y al perder sus atribuciones, han dado muestras de espíritu liberal y amor a la democracia y no a quien con tantas dificultades a su alrededor acertó a construir desde el principio un Estado de todos para todos, regido constantemente por Gobiernos que han representado el interés general.

Anotado esto, no puede menos de llamar la atención la dureza, quizá el exceso, de algunas apreciaciones, que más de un lector se resistirá a aceptar sobre la actuación de los señores Tovar y Ridruejo al frente de las oficinas que tuvieron a su cargo.

El libro, por lo demás, no deja de mostrar algunos otros fallos especialmente en cuanto a la parte doctrinal se refiere, donde se echa de menos, por ejemplo, un más detenido estudio del pensamiento político expreso y vigente que rodeaba a la Falange en su nacimiento o los esfuerzos ideológicos que, acabada la guerra, se hicieron para responder a las nuevas exigencias, o al grado de desarrollo del Movimiento. En este sentido, es muy sensible la desatención a revistas como Jerarquía, la revista negra de la Falange, y Escorial, y el grupo intelectual que las animaba. Y tal vez injusto el olvido de la obra de Laín Entralgo, Los valores morales del Nacional-sindicalismo que, sin duda, no tiene menos interés histórico que las especulaciones doctrinales de Javier Conde o Juan Beneyto.

Párrafo aparte, y de gratitud en todo caso, merece la obra de Payne por las numerosas páginas dedicadas a José Antonio, en las que ha acumulado una larga serie de acertados rasgos que contribuirán, sin duda, a extender el conocimiento de la excepcional figura del fundador de la Falange en medios y ambientes, en que habitualmente no se le ha tributado el respeto y la objetividad que merece su estatura política, moral y humana.


1. La publicación en castellano de esta obra, estudiada ya en el "B.O.B." números 5-6, correspondiente a mayo-junio de 1963, reclama una nueva y más amplia atención del libro en estas páginas.

2. "Rebeldes" es el adjetivo que habitualmente emplea Stanley G. Payne por "nacionales", término universalmente aceptado durante la guerra frente a "rojos" o "republicanos"


In Boletín de Información Bibliográfica número 44-45, agosto-septiembre de 1966, pp. 21-30