Éditions Ruedo ibérico
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Prólogo del traductor


Esta es una triste historia. La historia de una quimera, que apenas ocupará unas líneas en la apretada crónica de nuestro tiempo, pero en la que se ha visto envuelto el destino de muchos hombres. Y para quienes creen que importa más cada individuo concreto, cuya vida se desgrana día tras día entre inquietudes y esperanzas, que los grandes conceptos abstractos en cuyo nombre se mata y se muere -Patria, Revolución, Imperio, Orden, siempre con mayúsculas- ésta no será una obra ociosa. Evidentemente el tremendo interrogante -¿para qué?- de la guerra incivil española no hallará respuesta ni justificación en sus páginas. Más modestamente el autor se ha propuesto explicar cómo y porqué aquello pudo llegar a ocurrir. Probablemente al cabo de un cuarto de siglo la evocación de la trágica aventura de este ensayo español de fascismo irritará a muchos, descontentará a otros y acaso también deje indiferentes a algunos... Por eso, junto a los méritos del autor habrá que ponderar aquí -aunque suene a lisonja- el arrojo del editor que, contra viento y marea, es decir, desafiando las posibles críticas adversas y desoyendo el consejo de sus amigos, ha querido incorporarla al repertorio de obras de documentación histórica y de información crítica que constituyen el ya nutrido fondo editorial de Ruedo Ibérico. Esto es jugar limpio.

Y, respetando las reglas del juego, antes de pasar a analizar las razones de sus apasionados detractores, permítasenos exponer nuestro propio juicio sobre el autor y su obra. Joven estudioso norteamericano, Stanley G. Payne enfocó su lente de historiador sobre esa imprecisa y efímera forma de fascismo que fue la Falange. Tras la lente había unos ojos muy azules, de mirar claro y penetrante. Esta límpida mirada constituye también una garantía del juego limpio del autor. Sin partidismo preconcebido, sin pasión y sin malicia, el historiador se enfrenta con un tema que suscita las más vivas controversias en España y fuera de ella. Historiar hechos recientes, cuyos protagonistas -víctimas y victimarios- viven todavía es empresa difícil. Payne nos dice que ha recurrido al método favorito de su maestro Tucídides; el testimonio directo de los actores. Procedimiento cuyos riesgos reconoce francamente el propio autor, quien, en una oportuna nota, advierte que "el lector debe tener presente que los recuerdos personales fácilmente se encuentran sujetos a exageración". Sin embargo, a pesar de sus precauciones no ha podido evitar que la carga sujetiva acumulada en los testimonios de los protagonistas hiciese perder cierta objetividad a la obra. Historiador honesto, Payne ha querido apoyar su relato, siempre que ha podido, en documentos o en testimonios directos y las abundantes notas que ilustran el texto dan buena prueba de ello. Naturalmente, cada uno de los protagonistas consultados ha aprovechado la oportunidad para "componer su figura", narrando los hechos del modo que consideraba más favorable para él. Es humano. Lo que ocurre es que la suma de tales interpretaciones subjetivas de los hechos hace que se magnifique la empresa en su conjunto. La obra pierde mesura, se desequilibra y, sin que el autor se aparte de su norma de objetividad, puede parecer parcial y hasta partidaria. Así resulta que las fechorías que se atribuyen a falangistas son casi siempre anónimas, mientras que los ambiciosos propósitos "revolucionarios", los proyectos más o menos generosos aunque quiméricos y hasta las críticas contra el tortuoso Franco, tienen nombres propios. Se produce así una distinción maniquea entre "buenos" y "malos" o, como se dice ahora, entre puros y traidores que depende, en última instancia, de la apreciación de las personas entrevistadas.

Afirmábamos antes que este libro puede ir a parar a las manos de -por lo menos- tres tipos de lectores. Empecemos por el menos nutrido: el de los indiferentes para quienes la última guerra civil española pertenece ya al pasado histórico junto a las precedentes del siglo XIX. Poco de lo que aquí se relata les interesará, porque ni siquiera es divertido. Esos dejarán el libro tras de hojearlo superficialmente. Y harán bien, si no quieren correr el riesgo de caer en la categoría de aquellos a quienes su lecturas, por otras razones, irritará.

Pero otros lo leerán con airado interés. Falangistas o antifalangistas, el tema no puede dejarles indiferentes porque fue la razón de su lucha a muerte, la yesca que encendió la hoguera en que se consumieron un millón de vidas españolas.

Para los falangistas "de buena fe" -que los hay ¡todavía ¡ y, sobre todo, los ha habido (y yo fui uno de ellos)- esta obra debería ser aleccionadora. Porque después de su lectura no les cabrá ya la excusa de que "no sabían", para explicar su adhesión ingenua a una cierta "Falange ideal". Los antifalangistas se indignarán tal vez ante esta afirmación -y yo no quisiera venir ahora a añadir más leña al fuego de pasiones que este libro atizará- , pero lo cierto es que después de 25 años de una propaganda abrumadora sistemática, unilateral y aplastante, todavía se ignora en España la verdad de lo que fue la Falange y, muy especialmente, entre ciertos falangistas. (Claro que al lado de éstos había los que "estaban en el secreto", precisamente los más interesados en que nunca se llegase a saber la verdad y que han sido los toscos artesanos de la colosal mixtificación que obras como ésta pueden contribuir a deshacer.) Y es que, paradójicamente, se sabe más acerca de la Falange fuera de España -y en España fuera de los medios falangistas- que entre los propios militantes de aquel partido.

Se asombraba el creador de la Falange de que "aún después de tres años, la inmensa mayoría de los españoles persisten en juzgarnos sin haber (...) procurado ni aceptado la más mínima información". Y en su testamento político constataba que durante su juicio se reflejaba en muchos rostros, "al principio hostiles", una expresión en la que le parecía leer esta frase: " !Si hubiésemos sabido...¡ ". "Aquella brecha de serena atención" que reclamaba Primo de Rivera se ha convertido después de la guerra en un frenético torrente de propaganda. Durante cerca de 25 años la radio oficial española ha venido repitiendo varias veces al día el disco rayado del himno de la Falange. Su emblema ha sido colocado a la entrada de todos los pueblos de España. La "formación política" impuesta en todas las escuelas, colegios, Institutos y Facultades españoles ha servido para machacar las mentes de los jóvenes españoles con la historia y la doctrina falangistas, al punto de que lo asombroso es que el país haya podido resistir a semejante intoxicación. Y, sin embargo,¿qué se sabe, en verdad sobre la Falange? Se podrá saber ahora -gracias a un tenaz estudioso extranjero- lo que en este libro se cuenta. En espera de que algún día pueda conocerse, al fin, la verdad, la verdad pura, toda la verdad.

En primer lugar existe -subsiste- el mito de los fundadores. Su muerte prematura y en circunstancias trágicas permitió forjar una mitología delirante. Mitos levantados las más de las veces sobre panegíricos como el de Onésimo Redondo "caudillo de Castilla". Pero montados en otros casos, como en el de Ledesma Ramos, en torno a silencios interesados. Hoy, desde la perspectiva histórica en que Payne se sitúa, Redondo se nos aparece objetivamente como "un joven agitador nacionalista al servicio de los remolacheros de Valladolid", cuyo fervor religioso se traducía en una forma de catolicidad inquisitorial, con tintes de antijudaísmo, que hoy puede considerarse como escasamente ejemplar y nada atrayente. En cuanto a Ledesma, hombre de poca seducción personal, en cuyo carácter influyó sin duda cierta dificultad física de expresión de un pensamiento por otra parte oscuro -aunque con ciertas intuiciones geniales que le llevaron a su rompimiento con la Falange-, el haber sido sistemáticamente silenciado por la cohorte de glosadores oficiales del partido, hizo que se crease -por contraste- en torno a su figura el mito de gran "revolucionario", frente al Primo de Rivera "político". Payne nos demuestra que lo mismo Redondo que Ledesma "vivían en un mundo de visiones apasionadas, lindante con la pura ilusión". (No en balde sus panegiristas han tenido que llegar a tergiversar el sentido de la palabra "visionario" para darle un significado positivo y hasta encomiástico.)

Queda el caso de José Antonio Primo de Rivera, sobre quien la propaganda oficial del franquismo, sirviéndose de testimonios interesados de los que fueron sus amigos y colaboradores, ha operado una considerable mixtificación. Payne dedica a su figura una buena parte de su libro, con justa visión histórica, porque José Antonio "es" casi él sólo la Falange. El tema es vasto y Payne no trata, ni mucho menos, de agotarlo. Otras obras vendrán un día a poner las cosas en su punto. Pero nos parece oportuno subrayar aquí algunas notas que sirvan como de acompañamiento o apunte para la lectura de aquella parte de la obra. Hubo el José Antonio estudiante, en quien una educación británica dejó cierta impronta "liberal" que desdibujaría la imagen del "jefe fascista" que en realidad nunca llegó a ser. Es significativo, como lo señala el autor, que "durante los siete años de la dictadura de su padre tuvo buen cuidado de no mezclarse en ninguna actividad política". La versión que del joven José Antonio han dado sus compañeros y amigos que formaron después la Falange y más tarde la deformaron con Franco, silencia este interesante aspecto, y los hombres de izquierda que podrían dar testimonio de ello no lo han hecho hasta ahora porque por los azares de la política el amigo se había convertido para ellos en adversario.

Vino después aquella reacción sentimental en defensa de su padre, que le impidió juzgar objetivamente a la dictadura. El peso del ambiente familiar y el medio social de los Primo de Rivera influyó considerablemente en José Antonio. Hijo de un catedrático, de un médico o de un funcionario, el José Antonio admirador de Ortega, amigo de Miguel Maura, hubiese podido muy bien ser un joven republicano, como tantos otros -los mejores- de su generación. Abocado al vértigo de la política (renunciando con pesar a su vocación intelectual), como explica Payne la lentitud (de los políticos republicanos) en afrontar los problemas fundamentales acabaron de alejar a José Antonio del liberalismo político. Se produjo en él una reacción -característica de cierta clase media superior en la Europa de aquel momento- hacia el fascismo "que apelara a los sentimientos estéticos y a los instintos generosos", es decir, muy poco fascista. Se explica así que "los hombres de negocios manifestaron escaso entusiasmo en apoyar a Primo de Rivera", ya que consideraban que un líder fascista tenía que ser un hombre salido del pueblo; "si se quería conquistar a los obreros tenía que hacerlo uno de los suyos".

Luego aquel vértigo le arrastró y con él y contra él a otros muchos españoles. Dejamos al lector -si no lo ha hecho ya- que forme su propio juicio sobre los hechos que relata minuciosamente Payne. De todos modos, resulta notable el proceso de maduración de un hombre joven, sin experiencia y con escasa preparación política, en tres años de agitada vida pública. En sus escritos y discursos, la mayoría improvisados en la precipitación de la lucha, reunidos en un apretado tomo de 800 páginas, si hay pocas ideas originales, también hay pocas tonterías. Lo que hubiese hecho en otras circunstancias y en un proceso de lenta maduración se presta a toda clase de suposiciones más o menos gratuitas, en las que no vamos a entrar ahora. Pero todavía quisiéramos permitirnos un inciso sobre ciertos criterios "futuristas", sostenidos por quienes especulan sobre lo que José Antonio hubiera hecho de haber vivido ahora. En modo alguno puede justificar este nostálgico supuesto hipotético la fidelidad a un pretérito malogrado. Demasiada sangre, demasiadas victimas (cárceles, deshonor, destierro) se han acumulado sobre la historia reciente de España para permitirse esas autojustificaciones a posteriori en función de lo que pudo ser.

Queda el juicio -impreciso y provisional, porque en la cárcel carecía de información suficiente- de José Antonio sobre el movimiento militar reaccionario que provocó la guerra civil. Después de escrito el libro de Payne se ha publicado semiclandestinamente en España la obra de José María Mancisidor, Frente a frente, que contiene datos, hasta ahora inéditos, de los cuales se desprende una clara condenación por parte de José Antonio de la sublevación franquista. Se comprende que el régimen haya querido sustraer a la opinión española, durante cerca de 25 años, esta versión tan desfavorable para él. Versión que si no constituye una disculpa suficiente para descargar históricamente a Primo de Rivera de todos sus errores, contiene una acusación difícilmente soportable para quienes, habiendo sido sus colaboradores, se han prestado a servir al régimen surgido de aquella sublevación. Pero de éstos es mejor no hablar. Por ello, el relato de Payne se detiene, prácticamente, en 1945. Lo de después -lo de ahora- poco o nada tiene que ver con los falangistas. En rigor se trata simplemente de "franquistas" los únicos realmente consecuentes, que aceptan las cosas como son. Los demás, que no se llamen a engaño, porque eso es otra cosa.

Esta obra no pretende constituir un estudio histórico exhaustivo. Su autor se interesó en el fenómeno singular del fascismo español y reunió los materiales para presentar una tesis doctoral en la Columbia University, trabajo que se convirtió luego en el presente libro. Es ocioso, pues, buscar en él un análisis del fascismo como fenómeno universal, cuyos límites rebasan los del presente ensayo. La singularidad a que antes aludíamos responde a características españolas que impidieron que el verdadero fascismo, el que llegó a imperar en Alemania y en Italia, se implantara en España. El racismo, una de sus notas esenciales, no podía darse en España, donde no había judíos que perseguir. La otra nota, la del Estado totalitario como fórmula moderna de disciplinar las energías nacionales para favorecer el desarrollo de una burguesía industrial, tampoco; y la ambiciosa fórmula original de "la conquista del Estado" se transformó en una simple lucha por el poder. La única característica común a los demás fascismos -y, a la vez, diferenciadora- fue el nacionalismo, encarnado en España por los sectores más retardatarios del país, localizados en el campo castellano, andaluz y extremeño, donde triunfarían luego las fuerzas que, antes de pasar a constituir el franquismo, se llamaron nacionalistas. Y en cuanto a la gran bandera fascista de la Revolución, no pasó de ser un "slogan" demagógico tan inofensivo que ni engañó a los obreros ni llegó a asustar a los burgueses. Lo cual no quiere decir que aquel fascismo -si no como doctrina, por lo menos como fuerza- no haya triunfado en España. Ni que, como pretenden algunos falangistas, ni siquiera ha llegado a mandar. Si no logró imponerse en la escala nacional, creando un Estado falangista y realizando su programa de los veintisiete puntos, basta ver quienes han mandado y mandan en cada pueblo de España. Falangistas han sido -junto a los militares- los beneficiarios de un excepcional régimen de favor y privilegio. Falangistas fueron los señoritos andaluces que impusieron su dominio tras una despiadada represión, reforzando la vieja institución del caciquismo local con el decisivo argumento de las pistolas. El poder económico, la influencia social, el enriquecimiento sin freno ni control de los falangistas -originarios o de adopción- es harto evidente. Una encuesta sociológica en las provincias españolas sobre quiénes son los verdaderos detentadores del poder -que Payne no ha podido llevar a cabo porque exigiría mucho tiempo- aportaría datos irrefutables. Sobre este tejido basto y resistente, cuya trama constituye la esencia del franquismo y la razón de su subsistencia, la obra de Payne dibuja, como en un bordado adorno, los perfiles y relieves de los hechos y figuras que representan el argumento de la gran historia que está por hacer y a la que el presente libro viene a aportar una contribución fundamental.


Francisco Farreras