Éditions Ruedo ibérico
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EL MITO DE LA CRUZADA DE FRANCO


Autor: Soutworth [sic], Herbert Rutledge.
Editor. Ruedo Ibérico.
Lugar y fecha: París, 1963,
Páginas: 314


CONTENIDO

Dentro de sus pequeños manuales, inicia la editorial criptocomunista de París Ruedo Ibérico, la serie "Critica" con esta novela que lleva por subtítulo la aclaración de "critica bibliográfica". Toda ella gira en torno de dos publicaciones españolas -a las que pretende ser réplica-: La literatura universal sobre la guerra de España, de Rafael Calvo Serer, y La guerra española y el trust de los cerebros de Vicente Marrero. El titulo de "crítica bibliográfica' se ajusta a su contenido; en apariencia, no es obra de tesis, sino de análisis erudito y bibliográfico, mucho más ocupada de la versión literaria de los hechos que de su misma realidad. Basada sobre una determinada investigación bibliográfica y al margen de históricas pesquisiciones, ha de considerarse solamente en su justo valor sin una mayor trascendencia.

El capítulo de la novela sigue la clasificación que Calvo Serer hace de los autores que tratan de nuestra guerra: "La generación perdida" (Hemingway, Dos Pasos y Malraux), brigadas internacionales, combatientes con Franco, escritores soviéticos, revolucionarios y anarquistas, comunistas que dejaron de serlo, poetas ingleses, católicos antitotalitarios, católicos en favor de la España nacional, nacionalistas franceses y autores de estudios de conjunto. El autor añade dos capítulos: uno sobre la leyenda negra, pretendida critica de la obra de Julián Juderías, y otro titulado "la cruzada", en el que se ataca especialmente a la Iglesia Católica en relación con nuestra guerra.


JUICIO CRITICO

Como decimos anteriormente, el autor considera, más que la realidad misma de los hechos ocurridos en uno u otro bando durante nuestra guerra, su repercusión en la literatura mundial, las filias y fobias de los escritores, sus narraciones testificales o de referencia, verídicas o deformadas. Southworth, quien se confiesa bibliógrafo impenitente, analiza las obras citadas de Calvo Serer y Marrero a la caza del error de detalle o de una errata tipográfica, po- niéndolas gozosamente de relieve. Aduce referencias bibliográficas en defensa de sus opiniones o en réplica de sus antagonistas con un respeto a la letra de imprenta ya rebasado. Lo que no le impide tratar, con frivolidad gravemente culpable cuestiones de verdadero fondo y sobre las que hay un océano de testimonios escritos. Así, el tema del terror en la zona roja es tocado solamente muy de pasada por el autor, que lo trata de "demodé" en la hora actual. El más breve de los capítulos de la obra, el número cinco, de solo siete paginas, debe su brevedad al hecho de que se refiere a escritos sobre el terror rojo, en particular a la revolución anarquista.

En apoyo de que se trata de una acumulación de citas bibliográficas -que nada demuestran sino una paciente y tendenciosa labor del autor- tenemos el hecho de que las páginas del libro se reparten casi por igual entre el texto y las actas bibliográficas. Asimismo una errata de la bibliografía del libro "La Guerra de Liberación Nacional", del que es principal colaborador García Arias, es elevada por Southworth a título de su capítulo XII, con el gozo de un entomólogo que ha descubierto una nueva especie de mariposa. "Spanica zwischen Tod und Geburt", de Peter Merin. Con estas y otras observaciones Southworth pretende probar que desde la España nacional se ha tratado el tema de la guerra con imponderable ligereza bibliográfica. Las grandes verdades de- jan de serlo cuando se hacen parciales: ahí está el reciente libro de Juan García Duran para probar que la irresponsabilidad bibliográfica no es patrimonio de un solo bando sino que, por desgracia para todos, parece realmente un vicio temático. Pero con una bibliografía se pueden cometer pecados más graves: por ejemplo el convertir la técnica bibliográfica en un instrumento destructivo de tendenciosidad sistemática. Esto es lo que rezuma de cada página de Sothworth [sic], que en ocasiones llega al insulto y a la blasfemia (pág. 180). Con empeños como éste no se aclara la situación bibliográfica en torno a nuestra guerra. Solo se echa un poco más de fango sobre la penumbra.

Analizadas estas ideas generales de la obra, y antes de pasar el [sic] examen de detalle de algunos aspectos que consideramos fundamentales, juzgamos oportuno extraer algunas enseñanzas de la temática general del libro. Serenamente conscientes de la verdad y razón de nuestra guerra, no está por demás hacer breve referencia a nuestra pereza literaria y a cómo se forma generalmente la opinión mundial sin oirse casi voces españolas. Y parece llegada la hora de salir de este adormecimiento. Estamos plenamente de acuerdo con Marrero y con la idea de crear una "Biblioteca de la Cruzada", con la necesidad de reunir, antes que se pierda, toda la documentación de nuestra guerra, ahora dispersa o no sistematizada. Entre dejar a nuestros enemigos el trabajo de in- ventar los hechos o escribir nosotros mismos como producto de una depurada investigación, media un abismo sobre el que todavía tenemos posibilidad de elección.

El primer "mito" de nuestra guerra es, para el autor, el hecho de que Franco se levantase para impedir una rebelión comunista. Estudia asi los documentos que se conocen sobre dicha revolución (páginas 247 a 258). En especial, las opiniones de Madariaga y Thomas -no sospechosos de "franquismo"- molestan sobremanera a Southworth, ya que ambos defienden la validez de esos documentos que dan fe de la existencia de una amenazante revolución comunista. Hug [sic] Thomas, de tendencia bien izquierdista, los considera "probablemente auténticos". Pero, sin embargo, no son necesarios para rebatir la tesis del autor. Como dice Georges-Roux "en la coyuntura del momento -primavera del 36-, los marxistas no tenían más que levantar un dedo para apoderarse enteramente del aparato estatal". En abril y mayo se estaba ya en pleno caos: una revolución de la anarquía preparaba el camino a la otra, la comunista.

La progresiva sovietización de la "República" es otro hecho bien conocido y perfectamente estudiado, no sólo por autores de la zona nacional, sino también por escritores del otro bando. Pero a Southworth le molesta sobremanera que Burnett Bolleten [sic], en "The Grand Comouflage [sic]", diga que con la caída de largo [sic] Caballero y la formación del Gobierno Negrín (149) asumieron los comunistas el poder en España.

No consigue la obra alterar una verdad incontrovertible: la guerra pasa a un plano internacional con la aparición de fuertes contingentes de las brigadas internacionales, en noviembre de 1936, frente a los nacionales que se aproximan a Madrid. Según el autor, "con la ayuda de Alemania e Italia pudo transportar (Franco) a España a los moros y a la Legión Extranjera..." (pagina 40). Podemos recordar aquí que el paso del Estrecho se realizó en julio con faluchos, tres aviones "Breguet" y un "Fokker"; el famoso paso del 5 de agosto lo realizaron dos buques correos con muy poco apoyo y frente a la bien surtida marina roja.

El segundo "mito" es, para la obra, la heroica defensa del Alcázar de Toledo. No creemos que el autor pretenda con sus modestas líneas empañar siquiera una fama de ámbito mundial. Pero, puesto que dedica un espacio tan amplio a la gesta, parece interesante comentar algunas de sus aseveraciones: busca, con espíritu ramplón, pequeñas diferencias de detalle entre los escritos sobre la defensa para intentar deducir cínicamente que "podría hablarse con más propiedad del heroísmo de los sitiadores" (página 63). La conversación telefónica entre Moscardó y el miliciano le lleva a disquisiciones sobre el uso del teléfono en aquellas circunstancias, que debió ser nueva invención. Acaba diciendo: "si la llamada telefónica tuvo lugar, no fue sino un "bluff" del jefe de milicias" (página 53). Aquí el cinismo alcanza alturas inexploradas. Una amenaza de muerte de los rojos era cosa muy seria para calificarla frivolamente de "bluff". Y los hechos lo confirmaran tristemente.

En la cuestión del Alcázar hay dos puntos fundamentales sobre los que el autor quiere construir su teoría, tendente desde luego a arrojar sobre la gesta la mayor cantidad posible de lodo. El primero lo constituye la conversación telefónica entre el Coronel Moscardó y el jefe de milicias. Southworth deja en entredicho la posibilidad de la comunicación telefónica el 23 de julio. Otro punto es el destino de los rehenes en poder de los defensores...

Ante la importancia de los hechos, hemos interrogado personalmente a varias personas "que estuvieron allí". Una de ellas fue quien levantó el auricular telefónico cuando sonó la llamada aquel 23 de julio. Era el Capitán Ayudante del Coronel Moscardó.

La historia de aquel teléfono es muy sencilla: el día 22. las "autoridades" Republicanas, cansadas de que los defensores rechazaran todas las intimaciones a la rendición intervinieron la línea telefónica. El día 23. cuando el miliciano en cuestión, Cándido Cabello, quiso hablar desde la Diputación Provincial tuvo que decir algo parecido a la operadora de turno: "Camarada. comunícame con el Alcázar". Como vemos, la cosa no ofrecía más dificultades.

Es una realidad que el hijo de Moscardó fue fusilado un mes justo despues de la famosa conversación, es decir, el 23 de agosto, el mismo día que era también fusilado el Teniente José Moscardó, el hermano mayor que lo fue en Barcelona sin ser identificado siquiera y por ser portador de un distintivo religioso. En opinión de los defensores del Alcázar, el miliciano Cabello quiso hacer un chantaje a largo plazo y sacar de él la mayor utilidad posible.

En cuanto a los rehenes (algunos por razón de protección personal) que el autor da a entender fueron sacrificados por los nacionales, conocemos el caso de uno que fue fusilado por razones graves, propias de la guerra y los demás abandonaron el Alcázar a su liberación.

Uno de los más innegables timbres de la gloria política de Franco está sin duda en su actuación para impedir la entrada de España en la segunda guerra mundial. Dice el autor (página 135) que del libro de Serrano Suñer "Entre Hendaya y Glbrallar" pueden extraerse (?) las dos razones que tuvo el Caudillo para no intervenir en el conflicto: 1) El agotamiento debido a la resistencia republicana en la guerra; y 2) El hecho de que Franco exigiese de Hitler como precio las colonias francesas en el Norte de África. El punto primero está claro que constituye una razón digna de un estadista y que fue hábilmente esgrimida por el Caudillo. El punto segundo no puede ser una razón: se ve perfectamente que es un "precio" imposible puesto a nuestra paz. Hitler no podía pagarlo exponiéndose a perder Vichy.

La frivolidad con que el autor trata el terror rojo no parece estar muy de acuerdo con el minucioso y ponderado Antonio Montero, cuando en la "Historia de la persecución religiosa en España, 1936-1939", dice (página XIII): "...en toda la historia de la universal Iglesia no hay un solo precedente, ni siquiera en las persecuciones romanas, del sacrificio sangriento, en poco más de un semestre, de doce Obispos, cuatro mil sacerdotes y más de dos mil religiosos". Podemos reproducir un párrafo de la obra que sólo sugiere sorpresa ante su crasa ignorancia o su cinismo: así dice Southworth (página 73) que "había una diferencia entre el terror rojo y el terror blanco. Las matanzas de este último eran, además, de mucho, más numerosas, bendecidas y disculpadas por la Iglesia". No parece probable que el autor haya leído la "Causa General", aunque la menciona en la bibliografía. También dice (página 146), tras discutir las cifras, que el número de sacerdotes muertos (según Montero) a manos de los republicanos fue solamente de cuatro mil ciento ochenta y cuatro. Creemos que en esta frase podía sustituirse lo de republicanos por rojos y quitar lo de solamente. Además, Montero (página 762) suma a éstos 2.365 religiosos y 283 religiosas, que Southworth tiene a bien no citar.

Afirma también "que los rojos (página 139) eran civiles escasamente entrenados y casi (?) desprovistos de los elementos necesarios". Solo que la situación en medios era exactamente la inversa. Georges-Roux dice a este respecto que "el Gobierno tenía en julio del 36 los dos tercios de la superficie del país y los tres cuartos de su población.... las capitales, los grandes centros industriales..., las fábricas, los arsenales, el armamento, el potencial de guerra..., la Marina". Tampoco es verdad lo de civiles escasamente entrenados: sus milicias estaban ya organizadas antes del 36, o si no. ¿cómo hubieran resistido tres años a "soldados bien armados y experimentados dirigidos por oficiales crueles", que dice Southworth?

La Guerra de Liberación, como preludio de la segunda guerra mundial (página 9), puede admitirse en el aspecto técnico militar, como ya preveía el General Weygand, pero no en lo político. No creemos posible identificar la España nacional con los países totalitarios y ateos, ni queremos hacer el disfavor de colocar a los Gobiernos de las democracias en el plano de la camarilla asesina de la España roja.

Lo que da nombre a la novela es precisamente la consideración de nuestra guerra como Cruzada, que Southworth -en su línea- rechaza, naturalmente. Y quizá sea lo más fácil de rebatir. El 18 de julio de 1936 existían en España dos bandos irreductibles. El factor de cohesión de uno, del llamado bando nacional, era la Religión. Este factor amalgamaba diversas fuerzas políticas: requetés, de Renovación, falangistas y grupos patrióticos de hombres hasta entonces apolíticos. El aglutinante del bando rojo fue el odio a la Religión, hecho diferencial y faceta más destacada de nuestra guerra, como se refleja en las cifras antes citadas de Antonio Montero. La obra quiere negar el carácter de Cruzada subrayando intransigencias del bando nacional. No creemos sea éste el camino, ni que con ello se demuestre nada referente al móvil de la lucha. La Iglesia, tan prudente, se definió el 14 de septiembre de 1936 por boca del Pontífice Pío XI.

"Diríase que una preparación satánica ha vuelto a encender, y más viva, en la vecina España, aquella llama de odio y de feroz persecución abiertamente confesada, como reservada a la Iglesia y a la religión católica..."

En lo referente a la propia repercusión del Alzamiento en la literatura mundial, es evidente que, liberal ésta en su mayor parte, es anticomunista. Sin embargo, su postura respecto al bando nacional no era inicialmente favorable. Pero la Historia y su reflejo literario requiere un tiempo de sedimentación con el que los hechos quedan al desnudo, libres del celaje tendencioso que los encubría. Es un fenómeno claro de nuestra época -y los enfados de Mr. Southworth lo confirman- el viraje lento y progresivo de la opinión occidental. En aquella falsa opinión inicial concurrieron diversos factores: la especial inercia de nuestra leyenda negra, la propaganda deformada del exiliado y la especial pereza para escribir sobre todo aquello, fruto quizá del pleno conocimiento de la razón propia.

Se queja la obra de falta de referencia, en las nuestras, a los autores alemanes e italianos sobre nuestra guerra. En general, son obras donde se analizan aspectos de técnica militar de la campaña y, por tanto, fuera de lugar en un estudio político o literario sobre la misma.

No resulta tampoco el autor buen conocedor de la España actual: la censura (página 9) no es un muro. sino para impedir "la propaganda comunista, lo muy gravemente inmoral -prácticamente la pornografía- y los insultos al Jefe del Estado o ataques a las Instituciones". Más o menos, como en cualquier otro país occidental. Y también debería saber (página 136) que hoy día la mayoría de los delitos que podríamos llamar "políticos" corresponden al Tribunal de Orden Público, y que en los que deba conocer la Jurisdicción Militar pueden actuar los abogados como defensores.

Y es que resulta difícil conocer la realidad, tanto pasada como actual, de España o de cualquier país, rodeándose de una serie de textos escogidos por su tendencia, por muchas horas que se dediquen a su lectura.

Quizá pudiéramos terminar volviendo un poco por pasiva una frase muy reveladora de Southworth (pág. 7), tan reveladora que la reproduce en la portada del librito. "Los imperativos que obligan a España a buscar la integración económica en Europa han despertado cierta alarma..."; sólo que esa alarma no ha sonado "en los círculos intelectuales del régimen de Franco", que se encuentran justo en el centro de la corriente europeísta española. La alarma ha cundido precisamente entre los "círculos intelectuales" próximos a Southworth, al temer que esta entrada oficial de España en Europa acabe de desmoronar su propio "mito", ese pobre mito que, desde que el turismo y la Historia misma han hecho que sea Europa la que entra en España, está ya prácticamente reducido a los sueños de una docena de resentidos anacrónicos...

La búsqueda de conexiones entre la "alarma económica" y sus repercusiones "bibliográficas" como la del libro que juzgamos es una sencilla sugerencia que dejamos abierta al lector.


In Boletín de Orientación Bibliográfica nº 25-26, enero-febrero 1965