Éditions Ruedo ibérico
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LA DESTRUCCIÓN DE GUERNICA


Autor: R. Southworth, Herbert [sic]
Editor: Ruedo Ibérico.
Lugar y fecha: Paris, 1975.
Páginas: XXIV + 535.


CONTENIDO

El libro consta de una presentación de Fierre Vilar, un prefacio del autor, una nota preliminar histórica y tres capítulos: El suceso, la controversia y las conclusiones. Siguiendo su costumbre, Southworth dedica mucho más espacio a la controversia (296 páginas) que al conjunto de acontecimientos y conclusiones (112 y 92 páginas, respectivamente). Termina el libro con una extensa bibliografía (13 páginas) y un índice patronímico (14 páginas).

En el prefacio el autor nos indica que este libro nació como parte de una revisión de su anterior obra, "El mito de la cruzada de Franco", que comenzó en 1967. Añade Southworth que inicialmente se centró sobre las preguntas ¿cómo fue destruida Guernica? ¿Por quién fue destruida?, y más adelante decidió plantearse una tercera interrogante. ¿Por qué fue destruida? Si hacemos caso al autor, sólo mientras respondía a estas cuestiones se dio cuenta de que debía hacer un esfuerzo adicional para explicar la controversia que sucedió a la catástrofe y ahondar en los orígenes, características y asombrosa duración de esta polémica, en especial el diferente tratamiento que tuvo la noticia en Francia y los países anglosajones.

En la nota preliminar, Scuthworth presenta un breve estudio geográfico-histórico de las provincias vascas desde 1930 a 1937, con unas breves alusiones a las guerras carlistas del siglo XIX y sus consecuencias político-económicas. Termina con un breve párrafo sobre la villa de Guernica, su posición geográfica, valor económico y significado regional.

Southworth divide el primer capítulo en cuatro apartados, en los que estudia sucesivamente las noticias procedentes de Bilbao, la respuesta de Salamanca, las condiciones de trabajo de la prensa extranjera en la zona nacionalista y las noticias enviadas desde Vitoria.

En el primer apartado, Southworth analiza los informes de los corresponsales británicos Steer, Holme y Monks y del belga Corman, que representaban a "The Times", "Renter", "Daily Express" y "Ce Soir", respectivamente. Holme y Monks habían sido expulsados de la zona nacional, y de creer a Peter Kemp igual habría sucedido con George Steer, aunque Southworth pone en duda esta afirmación; en cuanto a Corman, había estado en Asturias cuando la revolución de Octubre de 1934 y en 1936 hizo acto de presencia en los frentes de Aragón y Madrid y en abril de 1937 estaba terminando su libro "Salud, camarada".

Ninguno de los cuatro estuvo en Guernica durante el bombardeo. Tuvieron conocimiento de la noticia en Bilbao, a la hora de la cena del 26 de abril de 1937, y en seguida recorrieron tan pronto como les fue posible los 30 kilómetros que median entre ambas villas vizcaínas. Monks, Corman y Holme enviaron sus telegramas desde Bilbao a tiempo para que pudieran ser incluidos en los diarios británicos de la tarde del 27. El que tuvo más éxito inicial fue Holme, ya que su telegrama a la agencia Reuter sirvió de base a los textos que publicaron dicha tarde los diarios "News Chronicle", "Evening News" y "Evening Standard". Un cuarto diario de la tarde publicó la noticia, "The Star", pero su relato no se ajusta al texto de Reuter y en él se dice que su corresponsal estaba en Guernica a las cinco de la tarde y que presenció el bombardeo. Southworth escribe que no ha podido identificar a este corresponsal y que Holme le ha asegurado recientemente que no recuerda a ningún corresponsal de "The Star" en aquellos días, pero a Jesús Salas no le ha resultado trabajoso localizar al autor de dicho relato y comprobar que también llegó a Guernica cuando los aviones ya habían vuelto a sus bases.

Southworth ilustra a continuación al lector de que en la mañana del 28 de abril "The Times" publicó la versión de Steer, "Daily Express", la de Noel Monks, y el telegrama de Reuter fue reproducido por "The Glasgow Herald", "Manchester Guardian" y "Daily Herald". "Daily Post", "Daily Mail" y "Daily Telegraph", y el comunista "Daily Worker" también dieron noticias del bombardeo.

De la prensa de habla francesa sólo el comunista "Ce Soir" publicó la noticia en la tarde del 27. En la mañana del 28 dos diarios franceses ("L'Humanité" y "L'0euvre") y uno argentino ("La Nación") reprodujeron un telegrama de la agencia Havas procedente de Bilbao. Otros tres diarios franceses recibieron la noticia de la agencia progubernamental española Espagne y dos más utilizaron las publicaciones británicas como fuente de información.

La prensa norteamericana se benefició de las cinco horas de retraso horario y así el "Chicago Daily Tribune" pudo incluir en su última edición de la mañana del 27 una noticia urgente acerca del bombardeo de Guernica. Todos los diarios de la tarde tuvieron a su disposición los resúmenes de las tres agencias norteamericanas "Associated Press", "United Press" y "Universal News Service".

El 28 la noticia se extendió por todo el mundo.

En cuanto a las informaciones de origen vasco, Southworth sólo alude a las dos declaraciones del Presidente Aguirre (la primera a mediodía del 27 y la segunda dos días después), a la actividad posterior del canónigo Alberto Onaindía ("Padre Olaso") en París y a la emisión de radio del 4 de mayo, en la que intervinieron el ministro vasco de Justicia, Leizaola, y algunas personalidades guerniquesas. Ni rastro de las noticias de la prensa de Bilbao.

El primer mentís provino de Radio Requeté, a las nueve de la noche del 27, que se refirió a las declaraciones de Aguirre por Radio Bilbao y achacó el incendio de la villa a sus seguidores. Radio Salamanca añadió esta misma noche que los aviones nacionales no habían podido despegar en todo el día a causa del mal tiempo. Queipo de Llano insistió en el mismo tema y, según Southworth, aludió el siri-miri (sic), viento (sic) característico de la región. El autor cree que no fueron Vicente Gay ni Manuel Arias Paz los que prepararon el comunicado de Radio Salamanca, sino Luis Bolín, y que esta misma persona escribió el artículo "El incendio de Guernica", que apareció en la prensa nacional el 30 de abril, al día siguiente de la ocupación de la villa por las brigadas navarras. El 2 de mayo la censura de Salamanca aprobó un comunicado de la agencia Reuter que publicaron el "Morning Post" del mismo día y "The Times" del 4 de mayo, en el que se aceptaba como posible "que algunas bombas hayan alcanzado Guernica en los días en que nuestros aviones operaban contra objetivos militares importantes". Termina Southworth este segundo apartado del capítulo primero con unas reiterativas e innecesarias demostraciones de que la Aviación Nacional sí que voló el 26 de abril de 1937, pues este hecho ha sido afirmado por todos los tratadistas españoles serios desde 1969 y nunca había sido negado con anterioridad (Radio Salamanca aseguró que la Aviación Nacional no voló el 27, pero no dijo nada de la jornada anterior).

En el apartado tercero del capítulo primero, Southworth trata de patetizar al máximo la situación de los corresponsales progubernamentales en zona nacional y nos presenta a Luis Bolín como una fiera desenjaulada en busca de presa. No se plantea el tema de qué hubiera sucedido a corresponsales pronacionales de habérseles ocurrido tratar de enviar desde zona gubernamental reportajes ajustados a sus ideas.

El apartado cuarto del primer capítulo estudia las noticias procedentes de Vitoria después de las visitas a las minas de Guernica de los corresponsales italianos, alemanes, anglosajones y franceses (días 29 de abril y 1 y 3 de mayo). Dedica una decena de páginas al suceso Berniard. Después estudia los despachos de Botto (agencia Havas), Mévil, Massot, Holburn y Corney.

Southworth divide el capítulo segundo en controversia durante la guerra civil (polémica pública en los países anglosajones y en Francia y secreta en los papeles diplomáticos) y controversia entre 1939 y 1974. El exhaustivo comentario a la controversia durante la guerra aporta pocos datos nuevos a los planteamientos iniciales, por lo que, a efectos de esclarecer la verdad, carece de interés aunque sirve para que Southworth nos abrume con su poco útil erudición. Como excepción, debemos destacar el valor documental de un libro publicado en Londres en 1938, "Guernica: The Official Report", versión inglesa del informe de la Comisión oficial nacionalista del año anterior, que no llegó a editarse en España.

En el apartado segundo del capítulo segundo, Southworth, al estudiar los libros de la posguerra, se muestra escéptico ante un párrafo del libro de Belforte en el que se alude a que los bombarderos italianos de Soria atacaron a pesar de que este dato fue reproducido en la segunda edición del libro de Guido Maffioti. En cuanto a los frentes alemanes, cita Southworth una hipotética conversación de Goering con los americanos Sander y Joseph Maier en la prisión de Nüremberg, que el autor cree existieron realmente, aunque reconoce que nadie los ha visto desde 1949. Se apoya luego en la conferencia del arquitecto de Regiones Devastadas Gonzalo de Cárdenas Rodríguez, dada en Madrid el 3 de julio de 1940, para asegurar que 271 casas de Guernica quedaron totalmente destruidas (el 65 por 100 de todas las arrasadas en Vizcaya, que fueron 401).

El primer testimonio importante de la posguerra que aduce Southworth es el de Adolf Galland en 1953, quien reconoció que a su llegada a Vitoria, en mayo de 1937, la moral de la Legión Cóndor era baja como consecuencia del fracaso de Guernica, ya que en vez de destruir un puente que los republicanos usaban para el transporte de sus tropas y evitar daños en lo posible a la población civil, que era la orden recibida, los resultados del ataque fueron los contrarios. Por ello, añadía Galland, nadie hablaba de buen grado sobre Guernica.

Dos años después se publicó en España el libro de Galland, con algunos cortes en el texto, pero manteniendo el reconocimiento del bombardeo alemán. Simultáneamente, Monks editó sus memorias y mantuvo su relato de 1937.

Hugh Thomas, en su conocida síntesis de 1961, expuso la teoría de que la Legión Cóndor, amparada en las instrucciones de Mola del 31 de mayo de 1937, bombardeó la villa deliberadamente, con idea de destruirla, para comprobar los efectos de un ataque devastador. Este mismo año entró en escena el concienzudo historiador alemán Manfred Merkes, que admite el bombardeo alemán basado en las obras de Beumelburg y Galland; su obra tuvo poca difusión fuera de Alemania. Aznar admitió el bombardeo en la segunda edición de su "Historia", aparecida este mismo año.

En 1962 el americano Robert Payne aportó interesantes extractos de las memorias inéditas del sargento vasco Aristarco Yoldi. Al año siguiente salen a la venta en España las traducciones de las obras del francés Georges Roux y del inglés Cleugh, que admiten el bombardeo, aunque el primero lo achaca a una escuadrilla alemana y el segundo a la aviación de Mola. La traducción española de la biografía de Franco escrita por Claude Martin, que vio la luz en 1965 incluye una nota a pie de página que no tenía el original francés, en la que se dice que el bombardeo produjo numerosas víctimas.

El mismo año 1965, el norteamericano Gabriel Jackson aceptó la versión de Steer en su forma más exagerada y dio por seguro que los puntos esenciales de esta versión habían sido confirmados por muchos oficiales alemanes durante el proceso de Nüremberg, aunque es bien sabido que en dicho proceso no se trató del tema Guernica.

El primer español que se hizo eco de las versiones extranjeras fue Carlos Rojas, que dedicó a Guernica el noveno capítulo de su novela "Diálogo para otra España", publicado en 1966, siguiendo las tesis progubernamentales de Steer y Holme y las más independientes de Hugh Thomas y Cleugh. Este mismo año aparece la traducción española del libro del germano Dahms, que acepta la culpabilidad alemana incluso sobre hechos que no llevaron a cabo, da muchos datos inexactos y admite una cifra de muertos en Guernica, que ya no era sustentada por Hugh Thomas en la segunda edición de su famoso libro.

En 1967 ni Crozier, en su biografía de Franco, ni Luis Bolín, en sus memorias, aportaron menos datos de interés. Elena de Souchère, en su artículo en "Fígaro Littéraire", presenta un nuevo testimonio, el de Ángel Ojanguren y Celaya, empleado vasco del Consulado británico en Bilbao, que acompañó al cónsul Ralph Stevenson en su visita a Guernica el 27 de abril de 1937. Hills, otro biógrafo de Franco, aceptó no sólo la destrucción de la villa por la Legión Cóndor, como acto voluntario e independiente de las autoridades españolas, sino también la cifra de muertos que admitió Hugh Thomas en la primera edición de "The Spanish Civil War"; expuso por primera vez que Franco había tenido una tempestuosa entrevista con Von Funck, con motivo de esta extralimitación de los aviadores alemanes. La "Crónica de la guerra de España" dedicó su cuaderno 62 al tema de Guernica, que trató en su habitual método de presentación de textos de tesis encontradas.

Bernardo Gil Mugarza es el primer español que rechaza la teoría de que las tropas en retirada colaboraran en la destrucción de Guernica ("España en llamas", 1968), y el primero que reproduce extractos del posterior libro de Vicente Talón.

En 1969 Merkes publicó una segunda edición de su obra "Die deutsche Politik gegenüber dem Spanischen Bürgerkrieg", tan ampliada, que casi puede considerarse como una obra nueva. En ella publicó testimonios adicionales del bombardeo, los de Von Richthofen, Jaenecke, Meise y von Beust, que no aclaran suficientemente los hechos, pues los pocos detalles concretos suministrados no son concordantes. Este magnífico libro no tuvo la difusión que merecía. En España no lo citan V. Talón, Martínez Bande, Ricardo de la Cierva, ni Ramón Salas; Jesús Salas sólo lo hace en su segundo libro ("Intervención extranjera en la guerra de España"), que se puso a la venta en 1974. En el extranjero, Gabriel Jackson aún no lo conocía en 1975, según pudo comprobar el critico personalmente.

A partir de este año 1969, Southworth abandona el orden cronológico, sin justificar convincentemente el cambio de método. Resalta con exceso unas declaraciones y cartas de Ricardo de la Cierva a los diarios "Arriba" y "El Pensamiento Navarro" y a la revista "Historia y Vida" y comenta prioritariamente los libros de Jaime del Burgo ("Conspiración y Guerra Civil") y Martínez Bande ("Vizcaya"), cuyas referencias a Guernica son marginales y deja en segundo plano el libro específico de Talón "Arde Guernica" que, a pesar de sus errores, representó, sin duda, la mayor contribución al esclarecimiento de lo que realmente había ocurrido el 26 de abril de 1937.

Continúa luego Southworth comentando otros cuantos textos sin interés histórico alguno, pero no incluye en su libro los últimos descubrimientos de los hermanos Ramón y Jesús Salas, que aclaran lo fundamental de los hechos acontecidos, aunque aún dejen algunos puntos oscuros.

El tercer capítulo del libro comentado está dividido en cuatro apartados, el primero de los cuales se dedica a enjuiciar las actuaciones de Steer y Holburn y a ensañarse con Botto y la agencia Havas.

En el segundo apartado del capítulo, dedica 22 páginas al tema de los muertos causados por el bombardeo, sobre cuyo número no se define, zanjando la incertidumbre con la asombrosa conclusión de que los nacionales no han probado que fuera reducido.

El tercer apartado tiene por finalidad, según Southworth, aclarar cómo y por qué fue destruida Guernica. En realidad no hace sino repetir las divagaciones anteriores, con la excepción de añadir unas citas al libro de Jesús Salas "La guerra de España desde el aire" (dando a entender que este libro es posterior a los de Talón, Martínez Bande y La Cierva, aunque debiera saber que se terminó de escribir en 1967 y vio la luz en 1970) y el fascículo número 39 de la "Actualidad Española" (en realidad quiere referirse al núm. 38), de este mismo autor, pero sin recoger su argumentación.

Scuthworth analiza en el último apartado las razones de la persistencia de la controversia, que, según él, provienen fundamentalmente de que las acusaciones se publicaron en Inglaterra, en diarios conservadores, y fueron avaladas en Francia por un canónigo.


JUICIO

Escribe Fierre Vilar, en su presentación, que este libro de Southworth levantará cóleras. Nada más contrario a nuestra creencia. Para que una obra genere cóleras debe comenzar por apasionar y no creemos que este sea el caso de "La destrucción de Guernica". Es más, pensamos que aparte de algún crítico honrado, serán pocos los que agoten su lectura, aunque muchos compren el libro con la esperanza de encontrar la verdad sobre lo que ocurrió en la villa vizcaína, esperanza que pronto verán defraudada.

Es inconcebible que una persona sepa tanto sobre todo lo que se ha escrito sobre el drama de Guernica y no se haya enterado de casi nada de lo que realmente ocurrió. Resulta también sorprendente que ahora que todos los historiadores alemanes y españoles recientes del suceso han reconocido los errores de la propaganda nacional de 1937, Southworth se empecine en mantener los errores de la propaganda de sus enemigos.

No producirá cólera entre los historiadores esta desfasada actitud, señor Vilar, más bien originará estupefacción en unos y regocijo en otros. En lo que sí damos la razón al señor Vilar es en su opinión de que Southworth no admite que se presente como historia una mixtura de medias verdades y mentiras. Southworth exige que se acepten el 100 por 100 de las mentiras de la propaganda contraria al bando nacional. Allá él.

Tenemos que agradecer al autor que el prefacio y la nota preliminar sean concisos, pues, en general, Southworth no parece compartir con Gracian la idea de que "lo breve, si bueno, dos veces bueno".

Como prueba de buena voluntad inicial pasaremos por alto frases como la siguiente: "Su ejército (el de Mola) no se componía sólo de soldados de la Legión Extranjera, de moros, de tropas italianas, de armamento alemán nuevo, de aviones y pilotos italianos, sino también de hombres y de aviones de la Legión Cóndor".

El capítulo primero es el más interesante, aunque el titulo no está de acuerdo con el contenido, pues a lo largo de sus 110 páginas no se nos dice lo que sucedió en Guernica, sino lo que los diversos informadores extranjeros dijeron que había sucedido, que, en general, tiene muy poco en común con la realidad. Un título más justo hubiera sido, pues, las noticias sobre el bombardeo.

Para todas las personas que pretenden ahora conocer lo que se escribió sobre Guernica en 1937, este capítulo debe considerarse como sumamente valioso, a pesar de la grave laguna de no reproducir las informaciones de los diarios de Bilbao. Lógicamente hay que suponer que estos periódicos estarían mejor informados que los extranjeros, pero Southworth los ignora y hay que suponer que deliberadamente, pues sus noticias difieren esencialmente de las exageraciones que se publicaban fuera de España, e incluso en otras zonas peninsulares aisladas de Vizcaya: Se da el caso curioso de que algunas reproducciones de desorbitados artículos extranjeros aparecidos en diarios bilbaínos fueron censurados por las autoridades vascas, que no quisieron ver publicados datos que podrían ser refutados fácilmente por gran parte de los evacuados de Guernica. Estos decisivos hechos deberían haber hecho vacilar a Southworth, quien, aferrado a sus prejuicios, se limita a silenciarlos.

El capítulo segundo es menos interesante que el primero, ya que, en general, la larga controversia de más de treinta años se centra en las mismas posturas iniciales, de forma que la exhaustiva recopilación de textos que nos presenta Southworth sólo es útil para eruditos con afición de coleccionistas. Eso sí, sirve a Southworth para ejercitar sus afiladas condiciones de crítico punzante, entre la reiterada falta de imaginación de los escritos pronacionales hasta los años 60. Pero últimamente los términos se invierten, pues el descubrimiento por Ricardo de La Cierva del informe Herrán y la continua labor investigadora del alemán Merkes, de Vicente Talón y los hermanos Ramón y Jesús Salas da frutos y permite al último presentar una síntesis plausible, que deja claramente al descubierto las tergiversaciones de Steer y sus amigos, aceptadas a pies juntillas por Southworth, que ahora sólo puede evitar el quedar en evidencia ante sus lectores escamoteando los resultados de las últimas investigaciones y de las primeras informaciones de Bilbao.

El capítulo tercero es, con gran diferencia, el peor de todos. La catadura moral de Southworth queda al descubierto con su inelegante y fácil diatriba contra Botto, que por estar difunto carece de posibilidades de reacción; este implacable alegato hubiera podido tener justificación de haber sido necesario para demostrar la existencia del bombardeo, pero es incalificable una vez que españoles y alemanes admiten que Guernica fue bombardeada. El segundo apartado del capítulo es, quizá, aún más sorprendente. Vicente Talón ha demostrado, sin lugar a dudas, que el número de muertos debidos al bombardeo de Guernica es intermedio entre 100 y 200, y más próximo a la primera que a la segunda cifra. Esto mismo fue afirmado por el informe Herrán en 1937 y a idéntica conclusión llega Jesús Salas. Los primeros informes de Bilbao indican, según hace resaltar este último autor, que las bajas eran pocas comparadas con los daños materiales. Incluso los despachos iniciales de Steer, Holme, Monks y Corman hablan de algunos centenares, no de muchos centenares; en seguida la prensa extranjera eleva la cifra a 800 y luego llega a citar el millar pero esto nunca es reproducido por los periódicos de Bilbao. La cifra de 1.654 que recogió Hugh Thomas en la primera edición de su libro es muy posterior. Claro que no es la mayor, pues hay quien la sitúa por encima de los tres millares. Southworth no se encuentra con valor para sostener estas desorbitadas cifras, pero despacha el tema diciendo que los escritores pronacionales no han probado que el número de muertos fuese reducido. Tampoco se molesta Southworth en consultar el Censo de 1930, para conocer la población de la villa de Guernica en 1936, que, como nos dice Jesús Salas, no llegaba a los 4.000 habitantes, en vez de los 7.000 que acepta Southworth.

En el tercer apartado de este capítulo tercero, el autor admite, sin más, la versión que dieron los corresponsales Steer, Holme, Monks y Corman, sin desconfiar de que su visita conjunta a Guernica, horas después de que el bombardeo terminara, les permitiera tejer una explicación común, que presentaron con ligeras variantes.

Steer ya había visitado Durango días después de que fuera atacado, pero no se enteró qué aviones lo habían bombardeado (Southworth sigue sin enterarse treinta y ocho años después). Dos semanas después conoció el derribo de dos bimotores alemanes, el 18 de abril, a la vuelta de una acción sobre Bilbao, noticia que ocupó mucho espacio en la prensa de esta capital. De aquí que no temiera errar al asegurar que los guerniqueses identificaron como alemanes los aviones atacantes, a pesar de la insistencia en que la villa no había sido nunca bombardeada con anterioridad, por ser una ciudad abierta. Si no había soldados en Guernica y la aviación enemiga no la había sobrevolado nunca ¿Reconocieron sus habitantes a los aviones alemanes por ciencia infusa? Hay que insistir en lo difícil de la identificación, pues la mayor parte de los aparatos participantes en la oleada principal (Junkers-52 y Heinkel-51) eran tipos usados indistintamente por españoles y germanos. Algunos relatos concretan que ciertos testigos vieron cruces gamadas pintadas en los aviones, aunque es bien sabido que ese emblema no fue nunca usado por la Legión Cóndor. Más extraño es que reconocieran como alemanes a los tres primeros bombarderos que actuaron sobre el puente de Rentería, ya que Ramón Salas ha demostrado, sin lugar a dudas, que fueron tres Savoia-79 italianos.

Si Steer nos cuenta lo que quiera en un tema relativamente intrascendente como éste y los testigos se equivocan de lleno ¿qué se puede pensar de relatos provocativos como el de las pasadas reiteradas de grandes masas de aviones durante más de tres horas, el ametrallamiento a la población civil en el Ferial de la villa, etc.? Jesús Salas nos recuerda que la primera noticia de la prensa de Bilbao cuenta el bombardeo masivo de la villa entre las 18.30 y las 19.00, y fue precedido, según concreta el padre Onaindía y otros muchos testigos, por un ataque de bombarderos aislados a partir de las 16.50. Este ataque es el que realizaron los tres aviones italianos que despegaron de Soria y operaron sobre el puente en columna de a uno. A las 16.50 no había nadie en el Ferial por dos razones: la primera y principal porque el 26 de abril fue prohibido previsoriamente el mercado por el Delegado Gubernativo, señor Lazcano, como ha explicado Vicente Talón y la segunda, porque el mercado habría acabado a esa hora aunque no hubiera sido cancelado. Pero, de haber permanecido alguien allí a una hora tan tardía (el mercado era matinal; a esa hora de la tarde casi todos los varones solían estar presenciando en el frontón los partidos de pelota que ese día también fueron prohibidos por el señor Lazcano), el bombardeo del no muy lejano puente de Rentería por los tres aviones italianos los hubiera desperdigado. Aquí debemos recordar que Southworth sigue escribiendo que esta presencia italiana no tuvo lugar y que tampoco quiere saber que la Legión Cóndor llegó con 18 bombarderos como máximo (demostrado por Ramón Salas) hora y media después, como indicó la prensa de Bilbao, y estuvieron sobre la villa de 18.30 a 19.03 (en realidad bastante menos tiempo como ha razonado Jesús Salas recientemente, aunque probablemente dentro de este margen). Es normal que el aviso de fin del bombardeo no sonase hasta media hora después de que los aviones se alejaran, como nos recuerda el mismo Jesús Salas, lo que explica que los testigos dieran como hora de terminación del raid las 19.30 e incluso las 19.45. Esta es le explicación a las tres horas de permanencia sobre Guernica, que en realidad se redujo a breves periodos que no llegaron a treinta minutos en total. En cuanto a los daños el propio Southworth admite que los edificios en llamas al acabar el bombardeo sería de 40 a 50, como mucho, y añade que finalmente llegaron a quedar destruidas 271. Nadie ha explicado hasta ahora, según ha razonado Jesús Salas, por qué no llegaron los bomberos de Bilbao antes de las 11 de la noche (seis horas después de iniciado el ataque) y regresaron a la capital a las 3, tras cuatro horas de casi nula eficacia. Vicente Talón admite la posibilidad de que se fueran espontáneamente, tras la evacuación de la población de la villa y de las tropas en retirada, por miedo a caer en manos del enemigo, pero Jesús Salas no considera aceptable esta explicación dado el gran número de autoridades bilbaínas que había aquella noche en Guernica, que cita en su trabajo.

Southworth critica duramente, más adelante, a los escritores que admitieron una doble motivación a la destrucción de la villa: el bombardeo y el incendio deliberado. Pero no puede alegarse que exista una decisiva diferencia entre provocar un incendio y hacer poco o nada por extinguirlo (impedir que fuera contrarrestado, como algunos testigos declararon).

Que Guernica no era una ciudad abierta lo ha demostrado Martínez Bande, que sitúa en el plano de la villa los acuartelamientos de tres batallones, y Vicente Talón, que nos dice el nombre del servidor de una de las ametralladoras antiaéreas que la defendían. Que un bombardeo aéreo era previsible, escribe Jesús Salas no necesita otra justificación que la existencia de los refugios antiaéreos y de las ametralladoras antiaeronaves. Todas estas razones son olímpicamente ignoradas por Southworth.

A pesar de lo que escribe Southworth, podemos afirmar, de acuerdo con Jesús Salas, que el bombardeo de Guernica no fue ordenado por Berlín (allí no sabrían ni que esta villa existía), ni por Salamanca (nunca se inmiscuyó el Cuartel General del Generalísimo, ni siquiera la Jefatura del Aire, en señalar los objetivos de las acciones tácticas). Fue debido a una petición de las tropas de tierra a las Fuerzas Aéreas del Norte, que deseaban se interceptase el paso por el puente de Rentería, bien a las tropas que intentasen impedir el desplome del frente Lequeitio-Marquina o a las que trataran de retirarse de dichos sectores. La misma petición se hizo a la Aviación Legionaria y envió tres trimotores.

Siguiendo el razonamiento de Jesús Salas, parece encontrarse una diferencia de criterio entre ambas aviaciones en la diferencia de potencia de la formación lanzada sobre el objetivo, seis veces mayor la de la Legión Cóndor, aunque no debe olvidarse que la Aviación Legionaria sólo contaba con los tres bombarderos rápidos que utilizó y que la distancia de Soria a Guernica podría explicar la no participación de los bombarderos pesados, que ese día actuaron sobre Alcala de Henares. Pero debe descartarse el propósito deliberado de destruir el centro urbano, ya que, según ha demostrado Jesús Salas, la Legión Cóndor sólo bombardeó el puente de Rentería y la parte de la villa situada entre la carretera y el ferrocarril Guernica-Amorebieta, desde el puente citado hacia el sur.

La carga de bombas, contra lo que escribe Southworth, fue la habitual, aunque los resultados vinieran a ser totalmente diferentes por el cúmulo de factores que se reunieron la noche del 26 de abril de 1937.

En lo que está acertado Southworth es en achacar el gran éxito de la versión por él sustentada a que fuese divulgada por diarios anglosajones nada prosistas y avalada en Francia por un canónigo vasco, aunque hay otras razones de sobra conocidas, que no cita, que contribuyeron asimismo en gran medida.


In Boletín de Orientación Bibliográfica nº 113-114, enero-febrero de 1976, pp. 29-37