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Introducción


Por una extraña confusión entre causa y efecto, entre medio y fin, el anarquismo ha sido sucesivamente identificado -tanto por sus enemigos como por muchos de sus más fervientes admiradores- con la violencia irracional del "hecho individual" y con la inocua esterilidad del "pacifismo idílico" de todas las variantes del utopismo social. En muchos casos, esta identificación es la obra premeditada de objetivos propagandísticos bien definidos, que buscaban presentar el anarquismo como una ideología y una práctica puramente nihilistas, o sin trascendencia revolucionaria.

No debe sorprender, pues, que el activismo revolucionario anarquista de estos últimos años (1961-1974) haya sido abordado con la misma ausencia de objetividad crítica con que lo fuera en el pasado. Sin embargo, su proximidad táctica e ideológica con el movimiento internacional de protesta y de rebelión juvenil, y el hecho de que el anarquismo haya sido tradicionalmente la única negación concreta del Orden establecido, ha dado como resultado una revaloración de las ideas anarquistas, que han ocupado nuevamente el centro de las preocupaciones y de las luchas revolucionarias. Luchas que, dando de lado a las organizaciones reformistas decididamente integradas al Orden establecido, se habían quedado reducidas a un demagógico verbalismo revolucionario, a una rutinaria repetición de tópicos, crí ticas y programas reivindicativos.

Sin pretender atribuir al movimiento de protesta juvenil una importancia desmesurada, debemos reconocer que en el terreno de las ideas y en el de la práctica revolucionaria, esta impugnación ha sacudido los rígidos esquemas doctrinales en los que la Revolución había sido enclaustrada. En el corto lapso de tiempo de una década, esta simultánea y consecuente afirmación crítica y combativa de los sectores más inquietos de la juventud ha determinado un cambio fundamental en los planteamientos revolucionarios y en las relaciones entre las diversas corrientes que apelan a la Revolución. El hecho histórico más prometedor de nuestra época es esta sensibilización revolucionaria de la juventud, en un momento en que la "racionalidad tecnológica", con su "sociedad de la abundancia", sublima la alienación y da a la RACIONALIDAD AUTORITARIA su justificación óptima en el universo unidimensional de la Mercancía y la Ley.

En un mundo así estructurado, la violencia revolucionaria, aquella que se ejerce contra la racionalidad opresiva del Sistema por los elementos marginados o por las minorías que más duramente sufren la opresión capitalista y estatal, aparece menos justificada que nunca y más irracional que antes. En cambio, la violencia del Sistema se ve tanto más justificada y sublimada en la medida en que su soporte tecnológico se perfecciona y aparece como la emanación misma de la Fuerza. Y no sólo cuando esta violencia es ejercida por una superpotencia contra un pueblo más débil, sino también cuando va dirigida contra los propios ciudadanos, a través de las técnicas más modernas de la represión policiaca, en los países altamente desarrollados. La potencia y la precisión, la eficacia al nivel de destrucción y opresión tecnológica, acreditan la racionalidad de la violencia más aún que el triunfo sublimizaba las atrocidades de los vencedores. Y no tanto porque el Sistema, en su variante democrática o totalitaria, monopolice los órganos de información de masa, sino, más bien, porque éstos han alcanzado un nivel de perfección técnica tal que obliga al individuo a digerir constantemente sus mensajes, de acuerdo con un determinado proyecto de condicionamiento político y sicológico. En estas condiciones las comunicaciones de masa no tienen otra misión que el hacer pasar determinados intereses particulares como propios de todo el conjunto social, de modo que las necesidades políticas del Sistema se conviertan en aspiraciones y necesidades de la sociedad entera y de cada uno de sus miembros y cuya satisfacción favorezca la expansión de la vida social, garantice -con un mínimo de represión- el Orden público, las jerarquías y los privilegios, para que el Todo aparezca como la expresión fiel de la Razón.

Sin embargo, en su conjunto esta sociedad está muy lejos de ser razonable, tanto porque su desenvolvimiento no favorece la satisfacción de las necesidades y facultades más vitales del hombre, como porque la CONVIVENCIA PACÍFICA entre los pueblos descansa en la producción masiva de armamentos y en presupuestos astronómicos de defensa que podrían servir para liberar del hambre, la miseria y la ignorancia a millones de seres humanos, en ese "Tercer Mundo" que también perte nece al nuestro.

¿Cómo no calificar de irracional una sociedad que, para mantener un ritmo de crecimiento industrial dado, no ha vacilado en envenenar el aire que respiramos, las tierras y los océanos en una lenta pero continua destrucción del medio natural de vida del hombre, al mismo tiempo que hace pesar sobre la humanidad entera la amenaza de un apocalipsis atómico?

Pese a ello, las "buenas conciencias" siguen condenando, en nombre de un Humanismo que pretende no ser de clase, ni de raza, ni de religión, a cuantos recurren a la violencia para protestar y para luchar contra la injusticia y la opresión, mil veces más violentas o injustificables.

La singularidad de la sociedad contemporánea reside en la utilización del potencial tecnológico -que define la "posición de fuerza"- en lugar del empleo sistemático del terror, para obtener la cohesión de las fuerzas sociales antinómicas en torno de los dos polos de su dinámica social: el creciente y cada vez más complejo funcionalismo regulador e integrador -inclusive de los marginalismos más extravagantes- y el gigantesco desarrollo industrial que, por el momento, permite asegurar una continua elevación del "nivel de vida".

La mayoría de los integrantes de esta sociedad, incluidas las minorías más cultas e inteligentes, no se dan cuenta de que, reglamentada por un conjunto represivo, la libertad queda reducida a la categoría de símbolo abstracto y de soporte moral de la dominación. Una libertad dirigida, ordenada, vigilada, controlada y censurada, como lo es la libertad sublimada que nos ofrece esta sociedad, nada tiene que ver con la libertad instintiva, espontánea, que es la que está en el origen, como aspiración profunda, de la conciencia humana.

Es, pues, NORMAL y RAZONABLE que en un mundo mercantilizado al extremo y racionalizado autoritariamente la libertad sea también considerada como una mercancía, y que su valor siga las fluctuaciones del mercado.

En el nuevo mundo tecnológico del trabajo y de la PARTICIPACIÓN capitalista, la actitud negadora (de oposición) de la clase obrera se ha transformado en actitud de colaboración interesada en la continuidad y expansión de la sociedad establecida, en el mantenimiento y reforzamiento de sus instituciones. No se trata de la desaparición total de la lucha de clases; pero ésta se ve soslayada por una creciente colaboración en objetivos comunes: expansión, garantía del poder de compra, seguridad social, retiro, reconversión profesional, preocupaciones ecológicas, etc. La participación y la colaboración llegan a ser tan íntimas y amplias que los agentes de la explotación quedan enmascarados por una fachada de objetividad racional.

Estamos ante un Sistema que tiene la posibilidad material de estabilizar la sociedad y mantener el progreso técnico al servicio de la dominación, con virtiendo la racionalidad tecnológica en racionalidad política, alienante, inexorablemente opresiva. Poco importa, al respecto, que sea un sistema democrá tico o un sistema totalitario el que imponga esta racionalidad; en uno y otro caso se opera el mismo proceso de reducción individual y de bloqueo social. Ambos sistemas tienden a inmunizar el conjunto social contra toda negación, proceda del exterior o del interior, creando una solidaridad supranacional en defensa del Orden establecido. El sentido de esta SOLIDARIDAD ha sido definido, brillantemente y sin complejos, por uno de los consejeros del "consejero especial" del presidente Nixon, Henry Kissinger, en una fórmula que hasta el más obtuso y conservador de los financieros de Wall Street ha comprendido: "Este + tecnología y capital + un poco de buena voluntad = paz y provecho."

El capitalismo y el comunismo continúan, sin embargo, rivalizando a escala mundial, sin recurrir directamente a las armas, ya sea a través de las instituciones internacionales o por intermedio de pequeñas naciones. De esta manera pueden seguir justificando con la AMENAZA EXTERIOR el aplazamiento indefinido de la verdadera pacificación, conscientes de que ésta conduciría inevitablemente a la liberación.

Ni los armamentos ni la industria del siglo XX permiten a las "patrias" asegurar su independencia e integridad territorial, salvo en conjuntos de peso mundial; pero los nacionalismos continúan florecientes, y en su nombre las oligarquías políticas mantienen regímenes tiránicos que ni siquiera reconocen las libertades democráticas más elementales. Esto y el endurecimiento represivo, al este como al oeste, frente a la crítica y al rechazo de los Sistemas por la juventud, prueba que estos Sistemas son incapaces de transformarse en el sentido de una liberación auténtica de la vida social. De ahí que la juventud en rebelión piense que sólo términos negativos totales pueden expresar ahora las perspectivas de la liberación. Pero si la posibilidad de liberación parece estar identificada con el movimiento de rebeldía de la juventud -rebeldía instintiva y rebeldía política-, es en el activismo revolucionario anarquista donde se puede hallar la afirmación más precisa de la Negación, en su forma de violencia revolucionaria y de proyecto total contra la dominación. Entre las formas de rebelión, el activismo revo lucionario anarquista de estos últimos años es la última que podrá ser integrada por los Sistemas en vigor.

Tanto en los países subdesarrollados como en los altamente desarrollados el rol revolucionario ha pasado a los "grupúsculos", a las minorías activas, y a través de ellos a la base. La juventud -en ruptura generacional- ha comprendido el papel integrador de las viejas formaciones de la Izquierda, y ha enarbolado la bandera de la acción revolucionaria que aquéllas habían arriado con el pretexto de la desmovilización progresiva de las masas a causa del "bienestar material" procurado por la "sociedad de consumo". Esta acción, tanto en su forma como en su contenido, se sitúa en el marco táctico y finalista que fue siempre el del activismo revolucionario anarquista; es decir, en el de la acción directa, en el del rechazo total del sistema opresivo, de todos los sistemas opresivos.

La característica más original de este activismo es el intransigente rechazo del sectarismo ideológico que hasta ahora mantuvo divididas las fuerzas que luchan por la Revolución.

La experiencia histórica ha demostrado que, como lo anunciaba la crítica anarquista, el poder es fuente de corrupción, inclusive el "poder revolucionario", y que no sólo el Estado representa el poder, sino que todo sistema de organización implica una forma primaria de poder. Por ello, la corrupción burocrático- autoritaria también se ha manifestado en las propias "organizaciones anarquistas". Entre las consecuencias más importantes de la actuación del activismo revolucionario anarquista de este último periodo, cabe destacar la denuncia y el rechazo del desviacionismo revolucionario en el seno del propio movimiento anarquista, y, por extensión, en el seno de la izquierda revolucionaria internacional. Esta denuncia y este rechazo alcanzarían en el Mayo francés repercusiones insospechadas que algunos llegaron a calificar de "crisis de civilización", y seguirían sirviendo de estímulo crítico y de respaldo ideológico indirecto para otras formas del activismo revolucionario internacional, en momentos en que el marxismo autoritario se ve refutado por una acumulación de experiencias y por el propio análisis de los nuevos teóricos de la doctrina marxista que han puesto al descubierto un aspecto fundamental que el marxismo había desdeñado: una de las condiciones previas y esenciales de la Revolución es la radical transformación de la mentalidad -en la esfera de la conciencia y del inconsciente- del hombre prerrevolucionario, del hombre condicionado y formado -en sus necesidades y en sus aspiraciones- por la vieja sociedad.

El conjunto de las relaciones sociales sigue dependiendo, al este como al oeste, de una diferencia de clases cada vez más rígida: ya sea entre capitalistas y productores, o entre dirigentes y dirigidos. Nunca, pues, como ahora, el combate revolucionario apareció como más necesario para que los hombres, todos los hombres, asuman sus propios destinos. Esta necesidad exige una continua adecuación de la estrategia revolucionaria a la realidad, obliga a adoptar los métodos para proseguir el combate en función de las realidades de cada momento, que permiten, sin disociar el progreso tecnológico del proyecto general de dominación, una conceptualización más neta del objetivo revolucionario (la transformación de la vida del hombre) y una mayor rapidez en la comunicación de la protesta y en la extensión de la rebelión. Las limitaciones propias del romanticismo revolucionario de las etapas anteriores son más fácilmente superables y el objetivo libertario de la Revolución reafirmado. Lo esencial de la tradición anarquista de negación reaparece continuamente como uno de los valores fundamentales de la crítica revolucionaria, en el sentido de intransigencia y pureza ideológica, de adecuación entre medios y fines, de fidelidad a lo que, en última instancia, es el objetivo supremo y el soporte de la lucha revolucionaria: la solidaridad y la libertad.

Los capítulos que siguen son en cierta manera una tentativa de explicación histórica del aporte del activismo revolucionario anarquista (1961-1974) al desarrollo del activismo revolucionario internacional. Dado el peso específico y cuantitativo del anarquismo español en el seno del anarquismo internacional y su condición de movimiento exilado, el activismo revolucionario anarquista de este último decenio es el resultado del proceso puesto en marcha por la última tentativa de recuperación revolucionaria del Movimiento Libertario Español: la reunificación de la CNT y la reanudación de la lucha antifranquista. Hemos considerado necesario, pues, comenzar por el estudio de este proceso independientemente del interés que pueda tener el estudio de esta tentativa para la mejor comprensión del proceso de descomposición del antifranquismo y de la consiguiente afirmación del fascismo español en el concierto de las naciones "democráticas" y "socialistas". Pese al carácter nacionalista de la lucha antifranquista, el activismo revolucionario practicado por los grupos de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias tuvo siempre una proyección internacionalista, tanto en la denuncia de los intereses extranjeros que sostienen al fascismo español, como en la búsqueda de la solidaridad de los movimientos antifascistas de otros países, y en la integración de la lucha antifranquista dentro del cuadro de las luchas del activismo revolucionario internacional.