Éditions Ruedo ibérico

Presentación


Las representaciones culturales de un país dicen mucho de las relaciones de poder del mismo, de su universo social, de las imágenes que necesita transmitir. Por ello, en un país capaz de exportar con orgullo su desafío de modernidad y su proceso de construcción política como modelo de transición pacífica de un régimen dictatorial a un sistema democrático, las Ediciones Ruedo ibérico no deberían requerir ningún tipo de presentación. La defensa de las garantías constitucionales arduamente solicitadas en pro del restablecimiento de un marco de libertades tendría supuestamente que extenderse a la recuperación legítima de todos y cada uno de aquéllos que aportaron su grano de arena para desmontar esa dictadura y reflexionar sobre el futuro democrático del país. En este sentido, la obra llevada a cabo por esta editorial constituye el suficiente aval de la tarea realizada durante los años de su existencia (1961-1982), reflejo del contexto histórico que la impulsó a nacer y testimonio de la evolución política protagonizada por los herederos del régimen y los integrantes de la oposición. Sin embargo hoy, dos décadas después de su desaparición resulta necesario rescatar la labor de esta empresa que desencuentros fortuitos o buscados, desventuras comunes o excepcionales, y decepciones personales y colectivas, relegaron al olvido.

Quizás el porqué de este desenlace habría que buscarlo en esa representación escénica en la que se convirtió la España de los ochenta y en la que Ruedo ibérico permaneció entre bastidores para ocupar el espacio de un espectador privilegiado. Fruto de los cambios en el panorama político, su papel tenía que plegarse a una mutación forzada. Pero a esas alturas, su trayectoria no dejaba lugar a dudas sobre la función desempeñada a lo largo de dos cargadas décadas y su propio itinerario constituía por sí solo una referencia en la historia cultural española. Como en toda obra de teatro que se precie, el primer acto destinado a hacer frente a las estrecheces culturales del franquismo y a servir de guía informativa y de lazarillo en un país condenado a la ceguera impuesta por la censura, anunciaba el segundo, abierto al desarrollo de la investigación, del pensamiento crítico y de la expresión artística, para dejar paso al acto final, a la propuesta ideológica teórica y práctica. Sin desperdicios en un tiempo de vértigo, en constante lucha contra el reloj, los entreactos habían permitido materializar los vínculos entre la oposición del exilio y la del interior, así como plasmar los derroteros de la izquierda, tan frágiles e inseguros como impregandos de la realidad coetánea.

Curiosamente actores y guiones permanecen todavía vigentes. Nombres que desfilaron en las portadas de sus publicaciones siguen figurando entre las firmas más valoradas entre escritores, politólogos, historiadores, sociólogos o economistas, y temas que fueron seleccionados para ilustrar miles de páginas con objeto de estimular toda polémica, continúan suscitando más de un debate digno de la más rabiosa actualidad. Mientras, la empresa que les dio cabida y el director que tomó el riesgo por bandera fueron las víctimas de esa capacidad de anticipación, no sólo carente de valor en su momento, sino además contraproducente ya que despertó en el público el desconcierto propio de toda obra de teatro con final anunciado.

Como en un bello y estudiado programa teatral de temporada, en su periodo parisino las Ediciones Ruedo ibérico a través de sus diferentes colecciones recorren los clásicos y los contemporáneos y manejan a la perfección la variedad de tonos discursivos, pasando de la seriedad a la frivolidad, de la denuncia a la provocación. Sólo unas líneas para traer a colación la diversidad de intereses que llegó a suscitar, y que quedó reflejada en los diferentes títulos que fueron engrosando su producción: la colección España Contemporánea, dirigida por el propio José Martínez desde 1962 a 1977, la Biblioteca de cultura socialista, dirigida por Jorge Semprún entre 1969 y 1976, o la colección Mundo Contemporáneo con publicaciones desde 1962 a 1976, cohabitan con otro tipo de expresiones, como las obras integradas en las secciones de Crítica-Humor-Ensayo, entre 1971 y 1974, las obras literarias que recorren los tres géneros Novela-Teatro-Poesía, entre 1962 y 1976, o las colecciones más breves en el tiempo como El Viejo Topo, dirigida por Carlos Semprún Maura entre 1970 y 1972, o Buen amor, loco amor, dirigida por Carlos Varo entre 1975 y 1977.

A este importante trabajo habría que añadir los libros publicados en francés, los publicados en coedición y aquéllos simplemente editados por competidores, en numerosas ocasiones del otro lado del océano, pero distribuidos por Ruedo ibérico. Sin duda, merece una mención especial la posición ocupada por la revista del mismo nombre concebida y financiada en el seno de la esitorial, Cuadernos de Ruedo ibérico, y muy especialmente sus suplementos, obras de dimensiones considerables que además del esfuerzo material que implicaban reflejan un trabajo concienzudo y perfeccionista, así como una prueba evidente de la predisposición a crear tribunas de expresión en un terreno que había permanecido yermo durante décadas. Por su parte, la etapa española que se desarrolla en Barcelona entre 1977 y 1982, supone un momento culminante en la trayectoria de esta empresa que coincide con el repliegue de algunos de los actores, pero también del público que deja de lado la acogida y la lectura para adoptar una posición de progresivo y mortífero abandono.

Con la desaparición de las Ediciones Ruedo ibérico la platea del teatro quedó vacía, sólo algunos incondicionales permanecieron dispersos en algunos palcos a la espera de esa sustancia intelectual, con la que pautadamente había alimentado los espíritus de miles de lectores durante las últimas décadas de estrechez cultural franquista. El consuelo de hoy es poder acceder a la consulta de un programa envidiable que más de una editorial en vida querría para sí, y conocer desde perspectivas otras que las dominantes un trozo de la historia reciente de este país nuestro, tan empeñado en venerar y en denigrar según las modas, dejando en el olvido lo que escapa a lo políticamente correcto, y despreciando esos raudales de pensamiento, crítica y reflexión encerrados en los libros editados. Su lectura representa el mejor homenaje a José Martínez, ese tramoyista de excepción sin el cual no se hubiera podido dar comienzo a la función ni vislumbrar un poco de luz entre las nieblas de ese proceso de transición democrática.


Aránzazu Sarría Buil
Talence, 15 de octubre de 2002